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Familia y escuela

Domingo 11 de diciembre de 2016
Columnistas
Óscar Sánchez

Óscar Sánchez

Familia y escuela

En escuelas oficiales y privadas se olvida que las familias no son clientes o beneficiarios sino comunidad educativa.

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El rol de los adultos, más allá de las maestras y los maestros, es clave en la educación. La evidencia científica muestra un vínculo fuerte entre las capacidades académicas, para el trabajo, para la vida plena, y el buen trato por parte de padres, madres y cuidadores. El mejor reporte lo dan decenas de estudios longitudinales que han observado rigurosamente a grupos de personas durante años para ver lo que reciben y logran a lo largo de la vida.

Y esos adultos son los que son. Una abuela criando, una madre soltera, separada o viuda a cargo de la prole (a veces un padre solo también). Con frecuencia, un grupo grande, como en las comunidades indígenas o en las familias extensas que viven juntas. Solo a veces una familia nuclear tradicional. Importa más que haya amor y compromiso que el modelo de familia. ¿Esos adultos asumen su rol determinante?

Habría que ver si el machismo no deja muy solas a las mujeres en la tarea. O si el sistema económico ofrece a cada trabajador el tiempo necesario para hacerse cargo de su familia. Y no olvidar que la mayoría de los casos de abuso sexual contra menores ocurren en la casa.

Necesitamos programas institucionales para ligar escuela y familia. En Bogotá, por ejemplo, hemos subestimado la complejidad del asunto, y los esfuerzos han dado poco resultado. La iniciativa ‘Día de la familia’ del Ministerio de Educación, aunque loable, por ahora no tiene mucho impacto. Entre tanto, un ICBF desbordado para proteger a los niños cuando la familia abusa de ellos poco previene.

Les pregunté a representantes de Fe y Alegría y de Red PaPaz, organizaciones con experiencia en acercar familias, comunidades y escuelas, sobre el impacto de la comunicación, las relaciones de poder y el nivel de colaboración entre familias y colegios en el proceso de desarrollo de los niños. ¿Qué tipo de actividades funcionan para que las familias ganen confianza con la escuela? ¿Qué rol deben jugar los docentes y directivos? ¿Qué hacen o dejan de hacer las autoridades públicas para generar esa relación? Las respuestas son muy interesantes.

En primer lugar, el eje debería ser la protección y desarrollo de los niños y niñas. Parece obvio, pero son frecuentes los espacios de gobierno escolar en los que se discuten más el dinero y la legitimidad de la representación adulta, que lo que pasa con los chicos. Y muchas escuelas de padres, un espacio definido por la ley, se convierten en mera obligación.

En cambio, un buen manejo de los momentos de orgullo (cuando los chicos realizan cosas y quieren que sus padres las conozcan) o de preocupación (conflictos que nunca faltan) hace que todos aprendan, comenzando por las autoridades escolares. Son fundamentales la orientación escolar y la coordinación de convivencia en el manejo de las crisis, la dirección de grupo para ayudar a los padres a reconocer los talentos e intereses de los niños, y la administración de las escuelas y su noción de servicio y gobierno.

Aunque los papás tienen poco tiempo, si la convocatoria es pertinente participan. Esa es la experiencia de las conversaciones y cursos, incluso virtuales, que enseñan a manejar de modo práctico situaciones difíciles. De otro lado, cuando los niños son más pequeños, los papás se interesan más en el seguimiento de su proceso escolar; así que mantener ese interés inicial es clave. También se sabe que las tareas escolares pueden ser una carga o una oportunidad de integración y reflexión para las familias. Deberíamos emular la experiencia de esas instituciones.

Entre tanto, el asistencialismo en la educación oficial suele reemplazar a la garantía de los derechos con corresponsabilidad. Por eso, la alimentación y el transporte dejan de ser un medio para el acceso y terminan por interesar más que la pedagogía. La escuela rara vez es un espacio abierto: rejas y muros, filas y desconfianza son lo común. Y en escuelas oficiales y privadas se olvida que las familias no son clientes o beneficiarios, sino comunidad educativa, pues dueños y directivos difícilmente se conciben como líderes democráticos cuya autoridad depende del colectivo.

Se requieren un esfuerzo coordinado de las entidades públicas y apoyar a los padres, madres y cuidadores que muestran liderazgo. Además, hay que vencer mitos como que el capital cultural de las familias depende del dinero, o que una familia ilustrada es insustituible. Si bien las escuelas policlasistas y diversas son una necesidad imperiosa en Colombia, lo son por el bien de pobres y ricos. Y aunque las familias con poca formación requieren apoyo para hacer un seguimiento adecuado al desarrollo académico de sus hijos, una comunidad popular sólida logra resultados maravillosos cuando los contenidos y la pedagogía de su escuela están bien contextualizados. De hecho, en escuelas de clase media y alta hacen mucho daño las relaciones con comunidades pobres basadas en la caridad y el temor. Y en escuelas de todos los estratos, la desconfianza que cunde en nuestra sociedad hace que unas familias se quieran cuidar de otras y le pidan al colegio jugar roles policivos, lo que atenta contra la formación ciudadana de nuestra población.

Bien lo dice la Constitución: la responsabilidad de la educación es de la familia, la sociedad y el Estado. ¿Estamos trabajando en equipo?


Óscar Sánchez

*Coordinador Nacional Educapaz
@OscarG_Sanchez

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