Los ‘fogones’ de Buenaventura

Los ‘fogones’ de Buenaventura

¿Cómo hacer de Buenaventura una ciudad incluyente, que exorcice el abandono histórico?

06 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Desde sus orígenes, Buenaventura ha llevado consigo el signo de la mala ventura. Su fundación, que se atribuye primero a Juan de Ladrilleros; y luego, a Pascual de Andagoya, no dejó actas escritas, ni registros ni el mínimo interés de poblar esta ciudad habitada por los indios buscajáes.

Ocho años después de su fallida fundación, el visitador Magaña, en una carta que les envió a los reyes de España, describió a la bahía de la Cruz como el “más malo de todos los puertos” y recomendó que, ante la escasa población indígena diezmada por los combates con los españoles y las enfermedades tropicales, era “menester importar una cantidad de negros para poblar el villorrio”.

Entre los siglos XVI y XIX, Buenaventura fue objeto de un abandono histórico, y si las élites del país se preocuparon por esta pequeña ciudad enclavada en el mar Pacífico, fue para exportar o importar sus mercancías.

De esta manera, se puede observar que desde un comienzo hubo una fractura entre ciudad y puerto, donde los comerciantes privilegiaron el puerto, dejando en el limbo a la ciudad.

Los comerciantes privilegiaron el puerto, dejando en el limbo a la ciudad

Buenaventura ha tenido dos momentos estelares: uno, en los años veinte, cuando ante la bonanza cafetera, los productores del grano tuvieron necesidad de modernizar el puerto, y construyeron el Ferrocarril del Pacífico, la carretera al mar y el emblemático Hotel Estación.

El segundo fue en los años sesenta, cuando ante el auge de la modernización del país, surge la empresa estatal Puertos de Colombia, que se convierte en la redención y ruina de Buenaventura.

Hablo de redención porque la empresa les dio empleo a miles de trabajadores bonaverenses, quienes pudieron de esta manera cubrir sus necesidades básicas. Sin embargo, al mismo tiempo, en la compañía se enquistó el tumor de la corrupción, que llevó a la compañía a su liquidación definitiva.

Durante este tiempo, la ciudad vivió una época dorada: alegre, bulliciosa y cosmopolita. Fue el esplendor del emblemático barrio La Pilota con sus ‘cabarets’ y sus bellas mujeres, y el apogeo de los llamados ‘fogones’ de Buenaventura, donde muchos trabajadores de la empresa, debido a sus altos ingresos, se daban el lujo de sostener, al mismo tiempo, dos y hasta tres familias.

En los años sesenta, Colpuertos fue la vaca que más leche dio en Buenaventura. Después vinieron los años ochenta y noventa, durante los cuales la ciudad vivió la bonanza perversa del narcotráfico, la violencia guerrillera y paramilitar, la corrupción endémica de sus autoridades locales y, al mismo tiempo, la irrupción de las compañías portuarias privadas.

Guardando las distancias, Buenaventura ha sido como el Congo belga, que describió Joseph Conrad en la novela ‘El corazón de las tinieblas’.

¿Cómo salir del limbo marcado desde su fundación? ¿Cómo hacer de Buenaventura una ciudad incluyente, que exorcice, de una vez por todas, el abandono histórico y haga por fin honor a su nombre?

FABIO MARTÍNEZ
www.fabiomartinezescritor.com

Columnistas

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