Carlos Marx, en su obra clásica, analiza las crisis cíclicas del capitalismo y las denomina "crisis de sobreproducción". No obstante, dicho género de crisis solo es concebible en una sociedad donde predomina el factor industrial y por consiguiente el meollo del negocio está en la producción y en la distribución. Sin importar que la acumulación del capital original proviniera -para dar paso, por ejemplo, a la Revolución Industrial- de fuentes distintas al trabajo productivo: tráfico de droga (opio, hachís) en primer lugar, seguida de la trata de esclavos, la minería, el contrabando y la piratería, dicha acumulación tenía siempre por objeto la creación de industrias y la producción abundante de bienes y servicios.
La industria que producía los valores de uso, y el comercio que los transformaba en mercancía, constituyeron la fuerza económica de la sociedad que nació a mediados del siglo dieciocho con la Revolución Industrial y que se prolongó hasta 1914. A lo largo de varias crisis cíclicas de sobreproducción, llegó en 1900 a la Belle Époque, la época de la ilusión de prosperidad que le hizo creer a la humanidad, con los inventos prodigiosos de entonces (el teléfono, los rayos X, el cine, el avión, el automóvil) que el hombre había recuperado el paraíso terrenal.
Cuando terminó la primera guerra mundial en 1918, la sociedad industrial había dejado de existir. La industria siguió, por supuesto, y también los grandes y los pequeños industriales, pero ya no era el factor determinante de la economía. A la sociedad industrial y comercial la sustituyó la sociedad financiera especulativa, que es, con la variante tecnológica y científica, un sucedáneo de la más pura economía feudal. Los bancos, las bolsas y las acciones entraron a mandar en la economía y por ende en la sociedad mundial. El 'crack' de 1929 y la Gran Depresión fueron la expresión de la primera crisis cíclica de sobreacumulación de capital. Ahora estamos ad portas de la segunda.
Nunca como hoy Europa había sido tan rica y floreciente. Nunca existió un imperio tan poderoso ni tan opulento como el de los Estados Unidos de América, ni siquiera el Romano. Nunca fue tan grande la capacidad de los países para producir en abundancia bienes, servicios y alimentos que satisfagan con amplitud los anhelos y necesidades de los seis mil y pico de millones de seres humanos que pueblan el planeta.
Nunca tampoco fue tan impresionante la sobreacumulación de capital y su concentración en unas pocas manos. El uno por ciento, o quizá menos, de la sociedad es el dueño del noventa y cinco por ciento, o quizá más, de las riquezas del planeta. Como diría el teniente Columbo: "Eso lo explica todo". El desenfreno especulativo ha llegado al máximo y está a tiro de estallar. Y cuando estalle, volaremos todos, los débiles y los poderosos; pero en esta crisis de principios del siglo XXI los únicos que perderán serán los que tengan algo que perder. Mientras más tengan, mayor será su pérdida.
Homero y los grandes trágicos griegos y también los romanos nos mostraron cómo el mundo antiguo estaba regido por dioses omnipotentes que disponían a su antojo del destino de los seres humanos. Esos dioses míticos con seguridad eran el uno por ciento de la época que poseía el noventa y cinco por ciento de la riqueza, como los dioses de hoy que tienen su olimpo en el Club de Roma o en el Club de París, desde donde deciden el destino de los pueblos y de las naciones. Un semidiós réprobo, Prometeo, les enseñó a los hombres que la humanidad es superior a sus dioses. Aquella hueste divina que dirigía el omnipotente Zeus o Júpiter era tan poderosa e hizo tan mal las cosas, que se destruyó a sí misma. Los dioses pasaron a ser una simple curiosidad mitológica y la humanidad siguió adelante sin ellos.
La crisis que ahora enfrentamos tendrá de bueno que se llevará por delante a nuestros dioses contemporáneos. Son tan poderosos, y lo están haciendo todo tan mal, que se autodestruirán sin remedio. La humanidad sobrevivirá. De tumbo en tumbo, el conjunto humano avanzará hasta conformar una conciencia colectiva, no manipulada por dios alguno, que le permita recuperar el paraíso perdido. ¡Bienvenidos a la crisis!
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