'Sí', un acto de amor

'Sí', un acto de amor

No sabremos, en el momento de votar el 'Sí', si los acuerdos van a funcionar, pero sí sabemos que ellos son una alternativa para cambiar el país entre todos.

15 de septiembre 2016 , 04:19 p.m.

Margarita Rosa de Francisco dice en su columna del jueves en este diario que votará ‘Sí’ en el plebiscito del 2 de octubre como “un acto fe”, después de haber leído y digerido el histórico mamotreto de doscientas noventa y siete páginas (acuerdos de La Habana), que los ciudadanos validarán o rechazarán en esa fecha.

Cuenta la columnista que el haber calificado como “un acto de fe” su decisión por el ‘Sí’ a la paz de Colombia en el siglo XXI le ganó unos cuantos insultos de parte de los amigos del ‘No’, que promueve el senador Álvaro Uribe; “la fe es ciega, vieja marihuanera” dizque le dijeron esos amables y buenos muchachos que siguen ciegamente las instrucciones del jefe supremo del Centro Democrático.

Pues, aunque uno se haya leído juiciosamente las doscientas noventa y siete páginas del ‘Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera’, vote ‘Sí’ o vote ‘No’, lo estará haciendo a ciegas, como en los matrimonios. Los novios han leído la cartilla del compromiso que adquieren al casarse, y se han jurado amor eterno, pero al dar el sí en la iglesia, en el juzgado o en la notaría, y estampar sus firmas en el documento pertinente, no tienen la menor idea de si el asunto les va a funcionar, como se supone que debería, o a los dos años se estarán separando o divorciando. Entran a ciegas en el florido y a la vez escabroso camino de la vida en común. La difícil convivencia. O también, a última hora, movidos por la duda, podrán arrepentirse y cancelar la boda con un ‘mejor no’, al estilo boyacense. Entonces vivirán el resto de sus días con la perplejidad de si la decisión que tomaron fue correcta o cometieron una equivocación que los privó de conocer la felicidad. Si hay algo peor que la incertidumbre inevitable del futuro, es la duda evitable del pasado.

Por eso da lo mismo que, como Margarita Rosa, los ciudadanos se hayan empujado completo el texto de los acuerdos de La Habana o que, como la mayoría, se satisfagan, para su decisión final en las urnas, con los resúmenes divulgados en los medios y las discusiones acerca de los pros y los contras de dichos acuerdos. Igual, en cualquier sentido que lo hagan, estarán votando a ciegas. El principio de incertidumbre es una ley de la vida. Nadie puede asegurar que los acuerdos van a traer efectivamente una paz estable y duradera ni que no la van traer. Esos acuerdos son una propuesta a los colombianos para silenciar los fusiles que han estado tronando largamente en el país y terminar de una vez y para siempre con esa guerra que lleva ya setenta años y que ha dejado millones de muertos y desaparecidos, millones de familias sumidas en la pena y en la ruina, llorando el recuerdo de los seres queridos, clamando por una justicia que no llega; millones de desplazados y de exiliados.

Lo que nos llevará a muchos a votar por el ‘Sí’ en el plebiscito del 2 de octubre es más que un acto de fe, un acto de amor. Un acto de amor por las víctimas de este conflicto miserable que nos ha degradado a la condición más ruin a que pueden llegar los seres humanos. Un acto de amor por los niños que hoy aguardan, con su inocente ternura y su alegría espontánea, que los adultos no los sigamos lastimando. Un acto de amor por todos los que padecen a diario sufrimientos injustos derivados del egoísmo y la avaricia, del odio irracional y de la ambición de poder de unos pocos.

No sabremos, en el momento de votar el ‘Sí’, si los acuerdos van a funcionar; pero sí sabemos que ellos son una alternativa para cambiar el país entre todos, para construir hombro a hombro, mujeres y varones, la paz que nos traerá desarrollo general e individual, progreso en condiciones de igualdad, una Colombia diferente, democrática, donde cabremos holgadamente los ciudadanos de distintas razas, religiones, sexos y opiniones. Una Colombia donde tener criterio propio no se tome como una actitud subversiva e incómoda.

Sabemos también que el ‘No’ no ofrece alternativa diferente a la de continuar con la guerra. Esa guerra asquerosa propiciada, estimulada y aprovechada por los terratenientes feudales y otros barones de inspiración medieval para perpetuar sus privilegios descomunales y casi nunca bien habidos.

Pero votar el ‘Sí’ como un acto de amor tiene que estar necesariamente acompañado por la convicción íntima de que ese voto es también un compromiso personal para participar, con coraje y decisión, en la tarea de hacer realidad los acuerdos que se van a apoyar en las urnas. El ‘Sí’, si el voto es un acto de amor, se convertirá en una partera poderosa de la paz, en un motor que hará realidad los acuerdos y que nos conducirá a salvo por los caminos de la incertidumbre.

Quizá suene a romanticismo, y lo es. Como observa Víctor Hugo en su ensayo sobre William Shakespeare (1864), es el romanticismo, cuya paternidad le adjudica al inmortal dramaturgo inglés, el que ha generado los grandes cambios de la historia. Y los seguirá forjando hasta que el ideal romántico de una humanidad humanizada y feliz se materialice.


Enrique Santos Molano

Columnistas

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