Pobreza, su enfermedad favorita

Pobreza, su enfermedad favorita

En América Latina, la situación de pobreza y desigualdad, fomentada sin piedad por el neoliberalismo, es aterradora.

02 de febrero 2017 , 06:17 p.m.

Durante años he escrito, en varias columnas y ensayos, que la pobreza no es un fenómeno económico, sino una enfermedad social creada por el interés económico de los poderosos y sostenida a lo largo de los siglos por ese mismo interés codicioso y avariento. La pobreza es la enfermedad favorita de los poderosos, no para sufrirla ellos, sino para aplicarla a los demás como el medio más efectivo de mantener a la humanidad sometida, o esclavizada, al servicio de unos pocos (el uno por ciento) que son dueños del noventa por ciento de la riqueza.

Ahora leo en un artículo de ‘El Espectador’ (2 de febrero, 2017) que la revista ‘The Lancet’, una de las publicaciones científicas más prestigiosas, trae un estudio de treinta investigadores, en el que se revela cómo “la pobreza acorta la vida mucho más que la obesidad, la hipertensión y el consumo excesivo de alcohol”. El estudio cuestiona con dureza a la Organización Mundial de la Salud (OMS) por su persistente negativa a incluir el factor de la desigualdad social y económica (la pobreza), pues su eliminación sí sería “determinante para mejorar la salud de la población”.

Pero la OMS no está interesada en mejorar la salud de la población. Como lo demuestra Daniel Estulin (‘El Club Bilderberg’), la OMS es un organismo entre los muchos controlados por el club de poderosos, y su acción se contrae a favorecer a un segmento de la población mundial, no a la población mundial. No figura en las intenciones de la OMS adoptar políticas que tiendan a combatir la pobreza ni la desigualdad que hoy imperan en el 90 por ciento de la población, incluidos los Estados Unidos, donde dichos males son particularmente graves y explican, además, el porqué de la elección de Donald Trump como presidente contra los deseos del establecimiento global y del Club Bilderberg.

La lucha contra la pobreza y la desigualdad, como la guerra contra la corrupción, ha sido el potrico de batalla de esos mentirosos de profesión, los políticos logreros, que buscan el voto de los ciudadanos crédulos, para después incumplirles lo que les prometieron y ponerse a las órdenes de los amos. Estamos tan acostumbrados al engaño y a la farsa que nos tiene escandalizados el hecho de que el presidente Trump esté haciendo lo que dijo que haría si lo elegían. Nos guste o no su política, debemos reconocer que Trump no está engañando a nadie.

La pobreza y la desigualdad en el mundo, y también la corrupción, tienen sus propias causas y sus propios remedios, como los tiene cualquier enfermedad. Las causas de la pobreza y de la desigualdad residen, desde el principio de los tiempos, en la concentración de la riqueza por unos pocos y en la explotación del trabajo de la mayoría, que son los productores de riqueza, por esos mismos pocos. Esto explica que todas las campañas que hemos visto para reducir el desempleo, mejorar el salario de los trabajadores y acabar con la pobreza fracasen una y otra vez. Tal factor de morbilidad y de muerte, la pobreza, que registra el estudio de ‘The Lancet’, está hoy peor que hace cien años. Es una buena noticia para el Club Bilderberg, pero es francamente pésima para el resto de la humanidad.

En América Latina, la situación de pobreza y desigualdad, fomentada sin piedad por el neoliberalismo, es aterradora. Ha llegado el momento de imitar el ejemplo del presidente Trump y proclamar ante el mundo: “América Latina primero”. Tenemos que combatir la pobreza y la desigualdad a nivel del continente, no de un país. Somos cuatrocientos millones de seres humanos dispersos y desinformados; cuatrocientos millones de liliputienses que si nos juntamos, haremos un gigante poderoso, no para enfrentarlo a Gulliver, sino para vencer la pobreza, la desigualdad y la corrupción que nos esclavizan. “América Latina primero”, para dar protección y dignidad a sus trabajadores, recuperar su inmenso mercado interno, rescatar el manejo de sus recursos naturales, explotados hoy por compañías extranjeras, y utilizar su riqueza en beneficio de los latinoamericanos.

No más neoliberalismo. Proteccionismo sí, un proteccionismo constructivo, no limitado a las tarifas arancelarias, que alejen la competencia, sino a políticas de creatividad e ingenio que nos permitan competir en términos de equidad e intercambio con los otros continentes. “América Latina primero”, soberana, no excluyente. Fue el legado que nos plantearon nuestros padres libertadores, Francisco de Miranda, Antonio Nariño y el inmortal Simón Bolívar. Ha llegado la hora de poner en práctica ese legado de grandeza. De otro modo, nos aguardan nuevos siglos de esclavitud y de degradación, de corrupción y de miseria.


Enrique Santos Molano

Columnistas

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