Pepe Sánchez

Pepe Sánchez

Colombia es un país único, que produjo una generación de maestros del cine obligados a resignarse con una película única.

29 de diciembre 2016 , 05:06 p.m.

No se llamaba José, pero le decían Pepe. Alicia del Carpio lo rebautizó en su programa ‘Yo y Tú’ (la serie de producción nacional más vista en la historia de nuestra televisión) al asignarle el papel de Pepe, protagonista principal de la comedia, al lado de Cuqui (Consuelo Luzardo). El personaje de Pepe caló con tal fuerza en el público que nadie imaginaba ni admitía que Pepe pudiera llamarse Luis Guillermo. Y así, durante los poco más o poco menos de diez años que la serie se mantuvo en el primer lugar de sintonía, hasta que Alicita, su creadora, directora y guionista, decidió ponerle fin, Pepe fue Pepe en los libretos y en la vida real. Pepe mató a Luis Guillermo y siguió llamándose Pepe Sánchez para el resto de sus días, que han concluido el 21 de este diciembre de este horrible 2016.

“¡Imposible!” les oí decir a varios de sus admiradores y admiradoras (que forman un jurgo infinito) “¿Pepe Sánchez no era inmortal?”. Casi. Yo también llegué a creerlo. Por desgracia, no lo era, aunque sí había alcanzado el prestigio, reservado a pocos, de ser una leyenda viva. Prestigio que, me consta, no buscó jamás. Pepe se escondió de la fama inútilmente en todos los rincones posibles, en todas las caletas a su alcance. Y la fama lo cazó, implacable. Esa maldita fama, que huye del que la persigue, y persigue al que le huye, fue también causa inocente de que Pepe Sánchez no hubiera podido cumplir su sueño más acariciado: hacer cine.

Las reseñas biográficas de Pepe Sánchez, muy avaras, que los periódicos, la TV y la radio nos han dado dicen que él “era hijo de un fotógrafo”. ¿Cómo puede alguien ser hijo de un fotógrafo, de un astronauta, de un bombero o de un lo que sea? ¿Acaso esos padres no tienen nombre propio? Pepe Sánchez, nacido Luis Guillermo, era hijo de Julio Sánchez, fotógrafo de profesión, uno de los más talentosos y célebres artistas de la fotografía en la primera mitad del siglo XX, y cuyas habilidades fueron heredadas por sus hijos Pepe y Carlos. Las fotografías que integran el álbum espléndido publicado en 1938 por la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá para celebrar los cuatrocientos años de nuestra ciudad son obra del ojo milagroso de Julio Sánchez, impecable para atrapar los detalles reveladores de un conjunto. Los periódicos y las revistas de los años veinte y treinta publicaron cientos de fotografías de Julio Sánchez. No se sabe si conservó un archivo o qué suerte corrieron los originales de su vasta labor fotográfica. Solo nos queda el famoso álbum mencionado, suficiente para apreciar la genialidad del progenitor de los Sánchez Méndez, Miguel, Pepe y Carlos.

La biografía de Pepe Sánchez, que algún día escribirá alguien, contiene rasgos personales, independientes de su trabajo, tan interesantes, con ingredientes en abundancia de drama y de comedia, que podrían dar origen a una novela o a un seriado de televisión. En cuanto a su vida como hombre de cine y de televisión (actor, director y guionista), pocos pueden ofrecer una obra tan compleja y completa en calidad y en cantidad como la que realizó Pepe Sánchez en los sesenta y dos años que le dedicó, con la pasión del creador, iluminado por una gran inteligencia y una sencillez inagotable.

Si bien ganó en su trayectoria cosa de quince premios, entre ellos el de director del siglo (veinte), mejor guionista y mejor actor antagónico, esos reconocimientos nunca borraron en él la frustración (no solo suya, sino de sus compañeros de generación) de no haber podido consagrar su tiempo entero al cine arte, a la realización de películas que enriquecieran a Colombia en el sentido de la grandeza espiritual e intelectual.

Colombia es un país único, que produjo una generación de maestros del cine, obligados a resignarse con una película única: Julio Luzardo, con ‘El río de las tumbas’, en la que Pepe fue asistente; Francisco Norden, con ‘Cóndores no entierran todos los días’, basada en la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal; Leopoldo Pinzón, con ‘Pisingaña’; Felipe Aljure, con ‘La gente de la Universal’; Pepe Sánchez, con ‘San Antoñito’, basada en un cuento de Tomás Carrasquilla. Todos ellos, directores brillantes, conocedores y amantes de su oficio, tuvieron que vivir en un país y una época paradójicos. Un país como Colombia.

Inmensamente rico en recursos de todo género, e inmensamente pobre en cultura política, económica y social por causa de una clase dirigente opaca, mediocre, avarienta y corrupta. Y una época marcada por la violencia, el narcotráfico y el auge del crimen organizado y desorganizado, actividades poco estimulantes para la actividad artística.

Sin duda, con la llegada de la paz, que al fin empezamos a vislumbrar, no ya como espejismo, sino como realidad (pésele a quien le pese), esas paradojas aciagas podrán ser superadas por las nuevas generaciones y en el siglo XXI ni siquiera la fatídica reforma tributaria de maese Cárdenas evitará que tengamos un país diferente y maravilloso. Pepe Sánchez no lo verá. Lo soñó, y de seguro se ha ido con el convencimiento de que su trabajo fue un aporte sustantivo para el logro de lo bueno incesante que nuestro país construirá en el porvenir.

Enrique Santos Molano

Columnistas

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