Lo difícil ha comenzado

Lo difícil ha comenzado

La violencia y la corrupción política son males que pueden pudrir el bien supremo de la paz.

02 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Si la parte fácil, que fue la de dialogar y llegar a los acuerdos de paz después de cuatro años de tensas conversaciones, de inmensos obstáculos, de oposición implacable por parte de los intereses poderosos que ven la paz como amenaza a sus privilegios, obtenidos merced a una guerra de siete décadas (o de setenta años, si la primera cifra no nos estremece) que ha costado tanta sangre y tanto dolor, y que ha dejado en la ruina a millones de colombianos buenos, honrados y trabajadores, si firmar esos acuerdos fue lo fácil, imagínense ustedes cómo será lo difícil, que es el recién comenzado posconflicto.

No acaba de nacer la criatura y ya hay una conspiración para asesinarla. Los conspiradores, que se esconden detrás de una tapadera con el nombre inocente y puro de Centro Democrático (“que de centro no tiene nada, este es un partido de derecha”, dijo enardecido su atávico presidente en un extravío de franqueza, y, por supuesto, de democrático tiene menos, digo yo), son astutos y han conseguido engañar a mucha, a muchísima gente, con falsedades bien condimentadas y adobadas, que los ingenuos, maltratados por la crisis y por la corrupción se han pasado sin mascar.

El primer golpe lo dieron con el plebiscito del 2 de octubre del 2016, donde el ‘No’ en contra de la paz le ganó al ‘Sí’ a favor de la paz por una mayoría ínfima y sospechosa de cincuenta mil votos. Hablando con la legalidad, de un voto en adelante una mayoría es una mayoría; pero en esa consulta plebiscitaria hubo muchas cosas ilegales y uno no se explica por qué el Consejo Nacional Electoral (CNE) se hizo el ciego y no las vio. Todo en la propaganda por el ‘No’ era engañoso. Se distribuyeron vallas que inducían a los ciudadanos a pensar que el plebiscito era para elegir presidente a ‘Timochenko’, jefe de las Farc-Ep. Que la paz no era tal paz sino una artimaña para entregarle el país a la guerrilla. Que los guerrilleros iban a recibir inmensas fortunas para desmovilizarse, mientras que un colombiano del común apenas ganaba lo de un salario mínimo. Que las Farc, con la paz, quedarían impunes y se adueñarían del poder y les quitarían sus propiedades a los colombianos de bien. Y miles de infundios por el estilo, que calaron en la gente y la llenaron de miedo.

En manos de los ciudadanos de Colombia reposa la decisión de si recorren el camino de la paz

Esa publicidad tramposa, que llevó a la mitad del electorado colombiano participante a votar contra unos fantasmas, ya era motivo indiscutible para adoptar, por parte del CNE, la decisión valiente de anular el plebiscito. Sin embargo, había también otros motivos de bulto. El temporal que sacudió ese día a la costa Caribe hizo que la mitad de los ciudadanos en la región con disposición de votar no pudiera ejercer ese derecho fundamental. Por radio se advirtió del fenómeno y se hicieron llamados al CNE para suspender los comicios en el Caribe y completarlos tan pronto mejorara el tiempo. Además de ciego, el CNE es sordo y no escuchó aquellos reclamos. Si la votación de la costa Caribe se hubiera completado, ¿no habría dado la vuelta a favor del ‘Sí’ la modesta mayoría del ‘No’? Esa duda tremenda quedará flotando.

Los promotores del ‘No’ salieron a reclamar su triunfo con el mismo brío con que habrían salido a gritar “¡Fraude, fraude!” si hubieran perdido. Desde entonces no han desperdiciado tiempo ni espacio para “hacer trizas” el proceso de paz, como lo tiene prometido el autoconfeso neofalangista presidente del Centro Democrático, doctor Fernando Londoño y Hoyos.

La creencia de que la corrupción (enquistada en la vida colombiana junto con la violencia); el malestar económico, generado por la gran crisis mundial en gestación, que no se sabe cuándo va a estallar, pero que estallará de un momento a otro, como lo advierte un reconocido economista; el descontento por la precariedad de los salarios; la desesperanza de encontrar una vida mejor, y otros varios factores adversos, instila en miles de ciudadanos la idea de que la paz no nos ayudará a resolver esos problemas. En los campos, después del cese del fuego entre el Gobierno y las Farc-Ep, los espacios dejados por la guerrilla veterana han sido rápidamente ocupados por bandas criminales, que están asesinando impunemente a los líderes sociales y sembrando el terror. Se dice de una de ellas que ya tiene presencia en veintitrés departamentos. “Así, ¿cuál paz?”, preguntan ciudadanos escépticos y desanimados, y además estimulados por la propaganda falaz del neofalangismo centrodemocrático.

Pues esa es una parte de las dificultades peligrosísimas, aunque no insalvables, que va a encontrar la paz durante el posconflicto. Es un error grave, una equivocación suicida, meter en un mismo canasto los frutos podridos con los frutos buenos, y dar por hecho que los buenos están podridos. La violencia y la corrupción política son males que pueden pudrir el bien supremo de la paz, si no atinamos a separarlos. Con la paz estamos aptos para combatir y derrotar la corrupción, la violencia y todas las consecuencias deplorables que se desprenden de esas lacras. Sin la paz, permaneceremos eternamente sometidos a tales miserias.

Con la serie reciente de decretos para legalizar el ingreso de las Farc a la vida democrática y su conversión en partido político, el gobierno del presidente Santos reitera su voluntad de avanzar por el camino hacia la paz. A su turno, las Farc han demostrado su decisión de no dar un paso atrás en el cumplimiento de los acuerdos de paz alcanzados en La Habana y firmados en el Teatro Colón de Bogotá.

No podemos alegar que ahora los enemigos de la paz nos engañan. Las palabras sinceras, afirmativas, inequívocas del presidente del neofalangista Centro Democrático, “si ganamos las elecciones en el 2018, haremos trizas los malditos acuerdos de La Habana” no fueron dichas en vano. Como en su tiempo Laureano Gómez, sus herederos, los falangistas de hoy, están decididos a hacer invivible la república. En manos de los ciudadanos de Colombia reposa la decisión de si recorren el camino de la paz, lleno de obstáculos, sin duda, pero que finalmente nos llevará a la bienaventuranza económica, política y social; o escogen el camino de la guerra en el que inevitablemente sucumbiremos todos. O no todos. Tal vez los pocos afortunados que se lucran y enriquecen con la guerra tienen previsto cómo salvarse, y continuarán siendo los gananciosos.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

Columnistas

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA