La democracia entre rejas

La democracia entre rejas

La ultraderecha brasileña ha logrado meter entre rejas a Lula da Silva y a la democracia del Brasil.

13 de abril 2018 , 12:00 a.m.

La ultraderecha continental en general, y la de Brasil en particular, están felices por la condena y detención del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, mundialmente conocido como Lula. Creen los fascistas brasileños evitar así que Lula, a quien las encuestas dan sin excepción como ganador de lejos tanto en la primera como en la segunda vuelta de las elecciones de octubre, sea candidato.

De hecho la tramoya político-judicial-mediática montada, primero, para darle a Dilma Rousseff un golpe de Estado institucional (pero inconstitucional por completo) y, segundo, armar contra Lula una trama que podría ser cómica, si no fuera monstruosamente infame, no ha tenido otra mira que atajar la candidatura de Lula, no mediante una acción democrática como sería la de vencerlo en las urnas, sino por el empleo de unos funcionarios gangsteriles, verbigracia el juez indigno Sergio Moro, que siguieron todo el tiempo, aparentando surtir los trámites procesales, un libreto al pie de la letra, con el desenlace marcado de antemano: meter a Lula en la cárcel.

Ya tienen entre rejas al estadista más importante de la historia del Brasil, y a una de las personalidades más eminentes de nuestro tiempo; pero, como Lula lo dijo poco antes de entregarse a las fauces del juez Moro (¿Juez? ¡Que risa! Si no es más que un monigote): “Mis sueños no los pueden aprisionar, y las ideas no se encarcelan”.
¿De qué acusaron a Lula? ¿Cuál fue el acto de corrupción por el que se lo condenó a 12 años y un mes de prisión?

¿De qué acusaron a Lula? ¿Cuál fue el acto de corrupción por el que se lo condenó a 12 años y un mes de prisión?

Moro (me tiembla la mano para decirle juez a un funcionario que ha deshonrado para siempre el ejercicio de la justicia) lo acusó de haber recibido un apartamento en pago de privilegios, que el mismo Moro desconoce, otorgados por el presidente Lula a una compañía constructora. En su momento se volvió viral la transcripción del interrogatorio formulado por Moro al expresidente.

Después de preguntarle en cien formas cómo había obtenido Lula el departamento que Moro le adjudicaba, y de recibir del “acusado” la misma respuesta precisa de que él no era dueño de ningún departamento distinto al que poseía de tres décadas atrás, el expresidente le preguntó a su interrogador: “¿Tiene usted alguna prueba de que yo sea dueño del apartamento que usted dice?”. Moro respondió con la desfachatez propia de un funcionario corrupto: “No tengo ninguna prueba, pero tengo la convicción”.

¿Desde cuándo la justicia se aplica por convicciones? Tener una convicción, sin las pruebas materiales que la sustenten, es como tener una piscina sin agua. No se puede nadar en ella. Y tampoco se puede juzgar, ni menos condenar, a nadie por una convicción que carece en absoluto de un sustento probatorio irrefutable.

Además, la defensa de Lula presentó las pruebas de la convicción contraria a la de Moro: que Lula no era dueño del apartamento citado por Moro (cosa que Moro se tenía muy bien sabida), y que jamás había puesto un pie en ese inmueble. La convicción de Moro se basaba solo en las declaraciones de un ejecutivo de la compañía que supuestamente le obsequió el apartamento a Lula, y que fueron obtenidas porque le garantizaban al “confesante” la rebaja de varios años de cárcel. Lo que llaman en Brasil una “delación premiada”. Una delación premiada falsa de principio a fin, como lo probaron los abogados de Lula, con documentos fehacientes, y que le sirvió a Moro para formarse una “convicción” e imputar a Lula. Las arbitrariedades que en adelante cometió Moro contra el expresidente podrían surtir uno o dos nuevos capítulos de la ‘Historia universal de la infamia’.

Lula fue condenado indefectiblemente por las distintas instancias a las que apelaron sus abogados. Una le impuso seis años de prisión, y otra se los dobló a doce años y un mes. La Justicia de Brasil es sin duda una costa llena de Moros.

Cuando el Tribunal Supremo Federal comenzó a estudiar la solicitud de ‘habeas corpus’ para el expresidente, presentada por sus abogados, corrió el rumor de que una mayoría de magistrados se inclinaba por un dictamen favorable a este. Entonces los militares hicieron sentir su voz y amenazaron que “habría sangre” si Lula era absuelto. Naturalmente, los magistrados se asustaron y la sentencia final fue de cinco votos a favor del ‘habeas corpus’ y seis en contra.

No obstante estar encerrado en una celda de quince metros, las encuestas lo siguen dando como el favorito para ganar esos comicios. Los barrotes han impulsado su ya inalcanzable ventaja.

Todos sabemos que durante los cuatro períodos (el último, inconcluso por el golpe de Estado contra Dilma) en que gobernó al Brasil el Partido de los Trabajadores, cuarenta millones de ciudadanos que vivían en la indigencia salieron de pobres y se incorporaron a la corriente productiva del país. En esos años de gobierno petista, el Brasil se convirtió en la quinta economía mundial y en una de las democracias más admiradas del planeta. Hoy se contempla con desprecio al otrora gigante suramericano.

Ahora, la ultraderecha brasileña ha logrado meter entre rejas al expresidente Lula da Silva y a la democracia del Brasil. No creo que tanta alegría idiota les vaya a durar mucho. La indignación entre los demócratas del mundo por semejante ignominia de la ultraderecha neoliberal contra la democracia crece día por día y ya se están conformando grandes movimientos para exigir que Lula sea liberado y exonerado del cargo falso e impúdico con que Moro, el funcionario corrupto por antonomasia, contribuyó al derrocamiento del gobierno constitucional de Dilma Roussef, y al encarcelamiento del expresidente cuya inocencia brilla por encima de los titulares.

El Partido de los Trabajadores del Brasil ha reiterado que Luiz Inácio Lula da Silva es su candidato para las elecciones presidenciales de octubre. No obstante estar encerrado en una celda de quince metros, las encuestas lo siguen dando como el favorito para ganar esos comicios. Lejos de disminuirla, los barrotes han impulsado su ya inalcanzable ventaja.

Con razón ha confesado el expresidente: “Jamás imaginé que poner un plato de comida en la mesa del pobre pudiera generar tanto odio en una élite que tira toneladas de comida en la basura, todos los días”.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

Columnistas

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