La 7.a versus los funcionarios robot

La 7.a versus los funcionarios robot

¿Por qué la administración Peñalosa se empeña en llenarnos la ciudad con buses de diésel?

27 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

La denominada inteligencia artificial (IA) ya no es una amenaza a mediano plazo para el ser humano. Está aquí, en Bogotá. La administración Peñalosa, que no acierta una (hasta don Popo le recrimina el fracaso de Hip Hop al Parque), se anotó un ‘hit hot’ que le merecería, cuando menos, el Premio Nobel de Física: los funcionarios robot. Son máquinas con figura humana cuya inteligencia artificial les permite memorizar lo que su programador, el alcalde, quiere que repitan a cuanto se les pregunte en relación con la troncal por la avenida 7.a, (TM7), el metro elevado y la reserva ecológica Thomas van Der Hammen.

Si no me creen, los invito, por vía de ejemplo, a leer en EL TIEMPO, con su nuevo diseño deslumbrante, el informe ‘Cara y sello sobre la futura llegada de TransMilenio a la carrera 7.a’ (23 de octubre, 2017, pág.) y a cotejarlo con el debate sobre el mismo tema emitido por City el miércoles 25 de octubre, en su programa ‘Mejor hablemos’, conducido admirablemente por Claudia Palacios.

En el artículo de los pros y los contras se publican “los temores de quienes se oponen” al TM7, y las respuestas de los funcionarios a esas dudas y temores. A la duda fundamental de que en la 7.a no hay espacio para un transporte pesado del tamaño de TM, explica el IDU que “el corredor de la 7.a no es homogéneo”. Asombroso. ¿Cómo no se nos había ocurrido? Sin embargo, agrega el IDU, la estrechez del espacio no será obstáculo para zampar por ese corredor 21 estaciones y garantizar un tráfico de vehículos similar o superior al que ahora circula; ítem más: corredores para ciclovías, amplios andenes para peatones, jardines y juegos. Fantástico. El mago de Oz en acción, pues de otro modo no se explica uno cómo unos diseños lograrán semejante milagro. Unos diseños que ni siquiera existen.

No me referiré a las demás respuestas robóticas a las otras dudas ciudadanas, porque aquellas son todas por el estilo de la del IDU, como podrán leerlo en la edición citada quienes tengan interés en el debate.

La ciudadanía en masa se opone a que la avenida 7.a sea degradada a troncal de TM. El 87 por ciento de los ciudadanos desaprueban en su conjunto la gestión paupérrima del alcalde Peñalosa.

En el programa mencionado de City, participaron por la alcaldía don Miguel Uribe Turbay, secretario de Gobierno; el doctor Mauricio Rico Ospina, ingeniero planificador, miembro de Corposéptima (no sé si el único); y por los opositores al TM7 los doctores Antonio Sanguino, concejal de Bogotá, y Sebastián Rojas, ingeniero de la Universidad de los Andes y vocero del Comité Defendamos la Séptima. Escuché con la debida atención (incluso grabé el programa y lo vi tres veces) las exposiciones de cada uno de los cuatro. Las comenté con varias personas que también lo vieron, y sin dar mi opinión, oí la de ellos, que coincidieron unánimes con lo que yo pensaba.

Tanto el concejal Sanguino como el ingeniero Rojas expusieron tesis consistentes, basadas en criterios ponderados de ingeniería y conocimiento de lo que estaban hablando, sobre la absoluta inconveniencia, o mejor, sobre los resultados catastróficos que traerá lanzar por la 7.a un sistema de buses que la reventaría. No tengo sino aplausos para esos dos ciudadanos que piensan en su ciudad, y no en ver qué provecho personal le sacan.

Me sorprendió la jaculatoria del secretario de Gobierno, pues dice más o menos lo mismo que la respuesta del IDU. Es decir, no dice nada. De pronto, el doctor Uribe Turbay se montó en una alegre melodía: “Claro que el TM cabe holgadamente por la 7.a. No es sino tumbar unos edificios, correr unas aceras, quitar unos árboles, y como cosa de magia se abrirán ocho carriles por los que pasarán los buses de TM, que recogerán o dejarán miles y miles de pasajeros en las artísticas estaciones centrales; brotarán nuevos árboles frondosos, los andenes serán de lujo, y todos viviremos felices”. De nuevo el mago de Oz se dispone a hacer de Bogotá una ciudad mirífica, que solo funciona en la cabeza del mago charlatán y de sus funcionarios robots.

¿Por qué invertir 2,6 billones de pesos en meter por la 7.a un transporte inadecuado que no tardará menos de diez años en quedar obsoleto al mismo tiempo que es un contaminador de alto riesgo?

La realidad es otra. La ciudadanía en masa se opone a que la avenida 7.a sea degradada a troncal de TM. El 87 por ciento de los ciudadanos desaprueban en su conjunto la gestión paupérrima del alcalde Peñalosa. Por eso, sus protectores del CNE embolataron la consulta revocatoria, en abierta violación del orden constitucional. Meter el TM por la 7.a, así como aprobar para el metro elevado unas vigencias futuras sin que exista ingeniería de detalle ni estudios de factibilidad (el Concejo los solicitó en vano) conduciría derecho a un Reficar urbano de proporciones inimaginables, que afectaría negativamente a todos y a cada uno de los habitantes de la capital.

Las preguntas que deben formulársele a la Administración (y que seguramente no podrá responder sino con los chistes pendejos que le gusta hacer al burgomaestre) son muy simples y de pura lógica y sentido común (tan poco común en esta administración):

Primera. ¿Por qué invertir 2,6 billones de pesos, suponiendo que ese será el costo real, en meter por la 7.a un transporte inadecuado que no tardará menos de diez años en quedar listo y obsoleto al mismo tiempo, que es un contaminador ambiental de alto riesgo, cuando, con la mitad de esa suma, se puede construir el sistema del tranvía eléctrico, que prestará un servicio muy superior al TM, para cuya adaptación no es necesario romper nada, ni comprar cuatrocientas edificaciones ni dejar paralizada la ciudad? Además hay otros sistemas eléctricos igualmente aconsejables, como lo anota en su columna Cristian Valencia (EL TIEMPO, 17 de octubre, 2017, ‘Trolebús es el nombre del juego’) que así mismo costarían menos de la mitad que el TM, y no arruinarían la ciudad.

Segunda. A su vez, Juan Pablo Calvás plantea en su columna (EL TIEMPO, 24 de octubre, 2017, ‘Alzar la voz’) una pregunta que la mayoría de los ciudadanos se formula, quizá de manera inconsciente: “¿Se ha parado junto a una estación de TransMilenio en la Caracas? ¿Lindas, no?”.

Al recorrer la Caracas, en cualquiera de los dos sentidos, en taxi o en auto particular, el conductor o los pasajeros sienten una depresión severa, como si hubieran pasado por un gueto, un gulag, una ciudad muerta; pero no es solo la desventurada Caracas. La 10.a va tomando el mismo aspecto. La Jiménez ya no es un eje ambiental, no es nada, gracias a TM. Y no se diga el grave crimen urbanístico que se cometió en el sector del parque de los Periodistas, donde empotraron una ‘linda’ estación de TM frente al edificio de la Academia Colombiana de la Lengua. Y ese sector, que era uno de los atractivos turísticos de Bogotá, uno de los de mostrar, se volvió un lugar sombrío. El edificio de la Academia quedó oculto y a su alrededor solo hay puestos espeluznantes de fritangas, ventas de telas, de chorizos, todo muy apropiado para el estudio del lenguaje.

¿Será esa abominación lo que queremos para la 7.a? La ciudadanía tiene la palabra, y si no la usa, pronto será una ciudadanía muda, una ciudadanía robot, como los funcionarios de la Alcaldía.

Tercera. ¿Por qué la administración Peñalosa se empeña en llenarnos la ciudad con buses de diésel, cuando en Alemania y la mayoría de países miembros de la Unión Europea se están tomando ya medidas para eliminar el empleo del diésel en su totalidad?

ENRIQUE SANTOS MOLANO

Columnistas

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