Corruptos y desintegrados

Corruptos y desintegrados

La lucha contra la corrupción debe entenderse como una obligación ineludible de los Gobiernos y de los ciudadanos que los eligen.

19 de enero 2017 , 05:12 p.m.

El grado espantable de corrupción en el que se encuentran hoy Colombia y el mundo –corrupción globalizada—ha prendido por millonésima ocasión las alarmas en los comentaristas y en las informaciones de prensa, y lo mismo en los grupos políticos que ya están retomando, otra vez, la lucha contra la corrupción como el eje de sus campañas para las elecciones presidenciales y de cuerpos colegiados en el 2018.

El escándalo desatado por la corrupción hace pensar a muchos, o para decirlo con claridad, a casi todos los ciudadanos, que se trata de un fenómeno nuevo, de una plaga circunstancial pero devastadora, como la langosta, que puede ser combatida con pesticidas o con medidas punitivas.

Sin embargo, a la corrupción podemos observarla como “la profesión más antigua del mundo”, más antigua que la prostitución, pues ésta es un producto de aquella. Dos mil quinientos años atrás, Eurípides puso en boca de Fedra lo siguiente: “Hace mucho tiempo que en las largas horas de la noche medité en las causas de la corrupción humana” (Eurípides: Hipólito, 428 a. C.). La infortunada Fedra está ella misma afectada por el cáncer de la corrupción, víctima de una pelea entre dos diosas, Artemisa y Cipris, que se disputan el amor de Hipólito, el hijo ilegítimo de Teseo, el marido de Fedra. El joven Hipólito las rechaza a las dos. Para vengarse, Cipris hace que Fedra se pierda de amor por su hijastro Hipólito, quien se rehúsa a profanar el lecho de su padre y le echa nones a su madrastra.La locura de amor lleva a Fedra a incurrir en actos corruptos que ocasionan el destierro del inocente Hipólito, aunque las acciones perversas de Fedra están inspiradas y manipuladas por la vengativa diosa Cipris. Finalmente, Fedra muere y deja entre sus manos un papel que culpa falsamente a Hipólito. Teseo, poseído por la ira, reniega de su hijo, no acepta su inocencia y lo aflige de tal modo que Hipólito muere también. Artemisa llora la muerte de su amado Hipólito, y como es común en la justicia, divina o humana, llega tarde para abrirle los ojos a Teseo y mostrarle cómo su hijo Hipólito era un ser puro, honrado y valiente. Teseo cae en la desesperación, y en sus ya tardíos e inútiles lamentos maldice: “Oh, región maldita de Hélade y de Palas. De qué hombre te ves hoy privada. Desventurado de mí, nunca, oh Cipris, olvidaré los males que me causas”.

Eurípides (480-406 a. C.) es el único de los tres grandes de la tragedia griega que se enfrenta a los dioses (léase poderosos). Los acusa de ser los causantes de la corrupción humana, y en consecuencia, de las desdichas de la humanidad. Sin duda, ese pensamiento euripidiano puede ajustarse a la corrupción de todos los tiempos, porque en todos los tiempos han sido y son los poderosos (los dioses) los corruptores exclusivos de la raza humana, desde los puntos de vista económico y moral.

Sin embargo, la corrupción no es un fenómeno humano ni tiene que ver con la moral. La corrupción es un fenómeno físico, está en el ambiente y ataca tanto a las cosas materiales como a las conciencias humanas. Eurípides en su reflexión, que emite por labios de Fedra, no atribuye la corrupción a factores que son propios de la atmósfera terrestre, y que solo pueden contrarrestarse mediante una labor de limpieza diaria e incesante. Por ejemplo, si en un edificio no se limpian con frecuencia las tuberías, el orín terminará por pudrirlas. Si el ser humano descuida el aseo de su tubería, es decir, de su conciencia, y lo limita a enjuagues parciales e inestables, si no hay una estrategia constante de higiene social, el ser humano, y la sociedad, se pudrirán inevitablemente, se desintegrarán, víctimas, como Fedra e Hipólito, del capricho, la soberbia y la prepotencia de los dioses.

¿Cómo combatir la corrupción? Lo primero es no convertir la lucha anticorrupción en leitmotiv de campañas electorales. La lucha contra la corrupción debe entenderse como una obligación ineludible de los Gobiernos y de los ciudadanos que los eligen. Tampoco hay que pensar que un conjunto de leyes anodinas será un instrumento eficaz para barrer y borrar la corrupción que hoy nos destruye, y acabar con ella. Tenemos un estatuto anticorrupción (Ley 1474 del 2011) que entró a operar hace cinco años. Y desde la vigencia de ese estatuto, la corrupción se ha centuplicado. Ahora viene a regenerar la vida de los ciudadanos un Código de Policía con medidas de tal severidad y extravagancia, que con seguridad será un disparador de la corrupción tan eficaz como la Ley 1474.

No debe pensarse tampoco que tres funcionarios de elevado nivel y comprobada honestidad, como el Procurador General, el Fiscal General y el Contralor General (ninguno de los tres es general de la República), podrán ellos solos efectuar la inmensa tarea de limpieza total de una herrumbre acumulada en años en la tubería general de la nación colombiana. En las mediciones internacionales se ha ubicado a nuestro país como uno de los tres más corruptos. Todo un honor.

No digo que no deba sancionarse a los corruptos, tanto al que paga por pecar como al que peca por la paga (sor Juana Inés de la Cruz), pero no pienso que esas sanciones tengan efectos disuasorios mientras subsista el motivo fundamental de la corrupción: la necesidad. El que peca por la paga no lo hace porque le guste pecar, sino porque precisa del valor de su pecado para cubrir necesidades que no alcanza a llenar con lo que le produce su trabajo honrado. Ahí no hay leyes penales ni castigos que valgan. Mientras las necesidades humanas estén por encima de su capacidad de solucionarlas, habrá compra y venta de pecados. Tres mil años de corrupción y de leyes y castigos incapaces de reducirla ni siquiera “a sus justas proporciones”, comprueban lo que digo.

Se necesita un inmenso pacto social de prolongación indefinida en el tiempo para acabar la corrupción. Una gran reforma educativa que permita enseñar a los niños, desde la primera edad, que la decencia y la honradez no son dos palabras incómodas, sino las mejores opciones de vida. Una gran reforma social que les garantice a los trabajadores un salario digno con el que puedan cubrir cómodamente sus necesidades y tener un sobrante para disfrutar de las bondades del bienestar. Una gran reforma política que le brinde a la democracia un escudo de protección contra la praxis corruptora de los poderosos.

Nuestro de por sí deleznable tejido social y democrático está siendo desintegrado por la corrupción en todas sus formas: el neoliberalismo depredador, los contratistas, los narcotraficantes, las autoridades venales, los legisladores al servicio del poder económico, el crimen organizado y la avaricia. Si no se logra ese gran pacto social para restablecer los valores democráticos, culturales y sociales, para recuperar la decencia, nos disolveremos en la podredumbre.

No obstante, en el pueblo colombiano, en “los de abajo”, se mantienen valores sociales que permiten mirar el futuro con optimismo. Una pequeña anécdota, que cuento por haber sido testigo, me mueve a afirmarlo. Una joven estudiante, que además trabaja, conoció en Bogotá, en determinado sitio de reuniones juveniles, a un muchacho francés que estaba en plan de viaje por Suramérica, con su cámara al hombro, un equipo de fotografía muy costoso.

Aquello fue amor a primera vista. Pasaron juntos las vacaciones, viajaron a distintos sitios del país y de Suramérica, y el joven francés hizo venir de Francia a sus padres para presentarles a su novia colombiana. Fueron los cuatro a recorrer el centro de la ciudad y resolvieron almorzar en un restaurante de la carrera 10.ª entre 20 y 21. Cuando salieron, el enamorado francesito dejó olvidada la cámara y no cayó en cuenta sino al regresar al apartamento.

A la mañana siguiente pasaron temprano por el restaurante, con la loca esperanza de que el valioso equipo todavía estuviera allí. El milagro se produjo. La dueña del establecimiento había recogido el equipo y lo guardó convencida de que el propietario regresaría por él. Se lo devolvió enseguida. El joven artista galo, agradecido, quiso darle unos billetes a la honrada dueña del restaurante. Ella, con un gesto amable de dignidad, rechazó el dinero y le dijo: “Muchas gracias, joven. Guárdelo. La honestidad no necesita recompensa”.

Cuando regresaron a Francia los padres del joven francés, y se despidieron de la novia de su hijo, le dijeron que se iban felices de haber conocido el mejor país del mundo.


Enrique Santos Molano

Columnistas

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