Bogotá, para dónde vamos

Bogotá, para dónde vamos

Para evitar un posible colapso de la 7.a, es vital que se le conserve su carácter de avenida.

28 de abril 2017 , 12:00 a.m.

No es difícil vaticinar el futuro inmediato basados en cómo se están dando las cosas en el presente. En el caso de Bogotá, al enunciado del programa Bogotá Cómo Vamos habría que añadirle el de Bogotá, para dónde vamos.

Necesariamente hay que tomar como base, para predecir el futuro de Bogotá, el Plan de Desarrollo presentado por la administración Peñalosa y aprobado sin debate, y a toda marcha, por el ‘Concejo admirable’ (según lo califica encuesta del programa Concejo Cómo Vamos). Ese programa de desarrollo no costará sino noventa billones de pesos, más que menos, y sus tres pilares son: la implementación de ocho o diez troncales más de TransMilenio pesado (TMP) (entre ellas, la carrera 7.ª desde la calle 34 hasta la 200); un metro elevado, del cual no existen más estudios que los del metro subterráneo, y no se le conoce ingeniería de detalle; la urbanización (destrucción) de la reserva Van der Hammen), y su supuesta conversión en un ‘central park’, añadido de última hora porque, si no estoy equivocado, de eso nada se dice en el plan aceptado ‘fast track’ por el Concejo admirable.

Esta semana que ya termina se presentaron varios elementos que nos permiten vaticinar con noventa por ciento de exactitud para dónde va Bogotá en el futuro.

Uno. Las siete propuestas para el TMP por la carrera 7.ª. Dos, el debate en el Congreso entre ambientalistas y el acalde Peñalosa sobre la reserva Van der Hammen; y tres, los artículos publicados en este diario por Jacques Mosseri (‘Peatonalización fracasada’) y por el azuloso Andrés Villamizar, director ejecutivo de la Fundación Azul Bogotá (Revoquemos la revocatoria’).

Los actuales articulados movidos por diésel asesinarían la séptima del mismo modo como asesinaron la Caracas.

Las siete propuestas para el TMP por la 7.ª fueron presentadas al señor alcalde mayor por la Alianza Construyendo Nuestra Séptima, que lideran el programa Bogotá Cómo Vamos, la Universidad Javeriana, la Cámara de Comercio de Bogotá, la Universidad El Bosque, Corposéptima y la Veeduría Distrital, y son el resultado de “son el resultado de “cinco talleres con la ciudadanía y una mesa técnica con expertos” (EL TIEMPO, 25 de abril, 2017). Siete propuestas bien meditadas, desde un punto de vista humanístico, es decir, que considera a nuestra arteria madre como un espacio que debe estar al servicio de los ciudadanos y no de un sistema de transporte.

De ahí que sea fundamental, para evitar un posible colapso de la vía emblemática, que se le conserve su carácter de avenida, como lo tienen en París los Campos Elíseos, y se evite a toda costa su modificación equivocada a troncal, lo cual significaría condenarla a un desastre peor que el de la Caracas, dada la menor capacidad de la séptima para un transporte pesado. El único transporte amigable con el medioambiente es el eléctrico (tranvía, buses trole o buses de gas). Los actuales articulados movidos por diésel asesinarían la séptima del mismo modo como asesinaron la Caracas. El alcalde, al recibir con la debida displicencia las propuestas ciudadanas, dijo que “las tendrá en cuenta”. Qué generoso de su parte tener en cuenta a la ciudadanía. Tal vez no ha caído en cuenta el buen alcalde Peñalosa de que la ciudadanía es la dueña de la ciudad, y que el funcionario no es otra cosa que un servidor de la ciudadanía.

Si la actual administración se empeña en meter por la 7.ª el TMP, y volverla una troncal, preparémonos para diez o quince años caóticos en esa vía, y por consiguiente en el resto de la capital. Y no se habrá solucionado ningún problema de movilidad. Ya en quince años de prueba se ha demostrado que el TM es un sistema frágil, peligroso, inestable, propenso a accidentes graves y constantes, y que se ha ganado el repudio ciudadano. No porque no sea un sistema útil en vías adecuadas (como es el caso de la 30, o lo sería en la Boyacá y la 68), pero deletéreo si se le riega por la ciudad y se pretende priorizarlo sobre el resto de los sistemas que conforman el transporte multimodal, en el cual el metro subterráneo es el eje.

Una vía destinada para los peatones ha fracasado cuando no hay peatones que la utilicen. Y la Séptima es la vía más concurrida de la ciudad.

Al debate con los ambientalistas en el Congreso, el alcalde Peñalosa asistió “esta vez obligado, después de que la corte Constitucional le ordenó ir”, según cuenta Laura Dulce Romero en su crónica (El Espectador, 26 de abril, 2017). Y hasta razón tenía el burgomaestre en no querer ir, pues no ignoraba el papel lamentable que iba a representar por causa de su intemperancia, su falta de argumentos sólidos para rebatir a sus críticos y su abundancia en frases gaseosas, como decir que va a “construir la mejor Van der Hammen posible”, para provocar enseguida una ola de indignación al calificar de “poco expertos a los expertos” que valoraron en el 2000 la importancia ecológica de la reserva Van der Hammen.

Esos “expertos poco expertos” eran unos pobres sabios, reconocidos y acatados a nivel nacional e internacional, como el biólogo Thomas van der Hammen, el arquitecto Rogelio Salmona, el ecologista Julio Carrizosa, el también ecologista, y exministro del Medio Ambiente, Manuel Rodríguez, y otros de igual talla. Ellos son para el alcalde los “expertos poco expertos”. El único experto bien experto es él. Experto en decir sandeces. Ante las duras críticas que le hicieron por su intervención floja, que reveló su carencia de conocimiento acerca de lo que es una reserva ecológica (el r. Germán Navas “le recordó que una reserva no se fabrica, como Peñalosa asegura, sino que se conserva, y lamentó la falta de respuestas claras” del alcalde), Peñalosa optó por guardar silencio. Hizo bien, y debería seguir en esta actitud para evitar que se le acumulen más frases célebres.

Don Jacques Mosseri considera que la peatonalización de la séptima es un fracaso, y cita en su apoyo la opinión de una señora muy respetable sobre la falta que le hace la séptima vehicular, para movilizarse por el centro en su carro particular. Sin embargo, solo se debe considerar que una vía destinada para los peatones ha fracasado cuando no hay peatones que la utilicen. Como habrán podido observar Jacques Mosseri y doña Esperanza Tejada, por la séptima peatonal caminan a diario ríos de peatones. Es la vía más concurrida de la ciudad.

Así, las opiniones respetabilísimas de Mosseri y Tejada son apenas dos opiniones adversas a la peatonalización de la 7.ª contra los más de cincuenta mil peatones de ambos sexos y todas las edades que transitan felices por ese tramo histórico de la ciudad, entre las calles 24 y 10. Los defectos que le anotan el señor Mosseri y la señora Tejada quedarán solucionados cuando se concluya (probablemente en el 2019) la totalidad del proyecto peatonalizador, iniciado en buena hora por el alcalde Gustavo Petro, y en buena hora continuado y terminado, eso esperamos, por el alcalde Enrique Peñalosa.


Andrés Villamizar, director ejecutivo de la Fundación Azul Bogotá, creada para defender, mediante grandes debates con la ciudadanía, los logros de la administración Peñalosa, “sin estigmatizar a nadie que piense diferente (a nosotros)”, inició su cruzada con un artículo que propone revocar la revocatoria establecida por la Constitución, con argumentos jurídicos muy interesantes para asumir ese empeño en el futuro, pero inválidos por ahora, e inútiles como propósito de detener el proceso revocatorio del alcalde Peñalosa, por cuanto para suprimir la acción revocatoria establecida por la Constitución, se requiere una reforma constitucional, que no podría surtirse antes de dos años.

De modo que, por este año, toca ceñirse a lo establecido por la Constitución y continuar con el proceso revocatorio. De malas, don Andrés. Será la ciudadanía la que decida en las urnas si el alcalde Peñalosa se va o se queda. La democracia no se dejará aplastar por el leguleyismo.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

Columnistas

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