Avenida 7.ª, sí. Troncal, no

Avenida 7.ª, sí. Troncal, no

Nadie discrepa de la necesidad de mejorar la movilidad por la 7.ª. Las diferencias están en el cómo. ¿Existen alternativas mejores y menos costosas que el Transmilenio pesado?

03 de noviembre 2016 , 05:49 p.m.

Volviendo al juego del plebiscito ¿sí o no?, se puede plantear el futuro de la avenida carrera 7.ª de Bogotá en esos términos. ¿Avenida sí, troncal no? O ¿avenida no, troncal sí?

La 7.ª, como le decimos familiarmente desde los comienzos del siglo 20, ha sido la calle emblemática de Bogotá (cosa requetesabida), el eje de la ciudad desde cuando los hispanos invasores se apropiaron de las tierras de los muiscas y fundaron Santafé en 1538-39. El primer nombre de la actual avenida fue el de calle Real, entre las calles 10.ª y 14, denominadas 1.ª, 2.ª y 3.ª calle Real. Más adelante, en el periodo colonial, cuando la ciudad se extendió hacia el sur, la 7.ª recibió, entre las calles 7.ª y 10.ª, la denominación de calle de la Carrera, dividida así mismo en 1.ª, 2.ª y 3.ª calle de la Carrera. Recibió ese apelativo porque en ella se corrían carreras de caballos.

Hacia el norte, desde la calle 15 hasta la 24, se llamó Camellón de Las Nieves, nomenclatura que conservó hasta la era republicana. A finales del siglo 19, el Camellón de Las Nieves se transformó en avenida de la República. La denominación global de carrera 7.ª, como hoy se la conoce, se adoptó a partir de los años 20 del siglo pasado, cuando en Bogotá comenzó una rápida e incontenible expansión hacia el norte. La carrera 7.ª es desde mediados de los 50 una avenida que empieza en la calle 1.ª en Las Cruces y concluye en la calle doscientos y pico en La Caro. Un trayecto de 20 kilómetros. Quizás pocas ciudades en el mundo tienen avenidas de esa longitud.

Sin embargo, su extensión a lo largo no se compagina con su anchura. Es una avenida más o menos estrecha, que cabría, por ejemplo, a lo ancho, tres o cuatro veces en la avenida de los Campos Elíseos de París. Hasta los años 60, la anchura de la 7.ª era la mitad que hoy, con dos calzadas (sur-norte, norte-sur) de apenas carril y medio cada una. Al anunciarse en 1965 la visita del papa Pablo VI para 1968, la administración Gaitán Cortes elaboró un plan de ampliación del ancho de la carrera 7.ª para duplicar su capacidad. Los estudios de factibilidad se hicieron a una velocidad vertiginosa y con una precisión impecable, gracias a la experiencia y el conocimiento del ingeniero Gaitán Cortés, alcalde de la capital (1961-1966). Los trabajos comenzaron a finales de 1965 y la ampliación de la 7.ª fue concluida por la administración de Virgilio Barco Vargas en 1967; la avenida quedó con dos calzadas de tres carriles cada una, tal como la vemos hoy. No se le amplió más el ancho porque física y económicamente era imposible.

¿Cuánto costaría ensanchar la 7.ª para adecuarla a troncal de Transmilenio? El Plan de Desarrollo de la administración Peñalosa calcula ese costo en un billón de pesos. En EL TIEMPO (27-09-2016) dice el Alcalde que “se busca que esa troncal (la avenida carrera 7.ª) tenga un subterráneo en la calle 72 para conectar con la calle 80 y la avenida Caracas, y otros interconectores en las calles 26, 100 y 70”. ¿No les suena fantástico? Además se precisarían por lo menos ocho deprimidos o, en su lugar, distribuidores de tránsito o interconectores (que son más útiles) en los distintos nudos que se forman a diario en la 7.ª: calles 45, 53, 67, 72, 100, 106, 150 y 170.

Agreguémosle a eso otros costos no menos significativos: compra de los 420 predios, o más; obras de adecuación de infraestructura, estaciones, etc. Y no es exagerado concluir que la troncal de la 7.ª saldría costando 15 veces la suma calculada. Un festín de Baltasar para los contratistas y una tragedia para los ciudadanos, que tendrán que pagarlo de su bolsillo y que del festín solamente probarán su desastroso desenlace.

¿Cuánto podría durar la construcción de la troncal que desaparecerá la avenida carrera 7.ª, como la troncal de la Caracas desapareció la avenida Caracas y arruinó su entorno? Observemos con cuidado el itinerario de distintas obras que se han realizado en Bogotá en los últimos años:

Troncal de la Caracas, dos años, con numerosos defectos de construcción, que han obligado a constantes y costosísimas reparaciones de las losas por las que transitan los articulados; deprimido de la 94, ocho años, aún sin concluir; parque Bicentenario, siete años, finalizado hace un mes; peatonal de la 7.ª, cinco años, terminado apenas el primer tramo (un 20 %), sin señas de que se inicien pronto las obras de los tramos restantes; subterráneo de la carrera 10.ª entre calles 26 y 32, cinco años.

Si cualquiera de las obras anteriores, o todas juntas, minúsculas ante la magnitud impresionante de la que se propone construir la Administración con la troncal de la avenida carrera 7.ª, han requerido lapsos tan dilatados (inexplicablemente) para su ejecución, ¿cuánto tiempo exigirá la troncal de la 7.ª? Seamos optimistas y digamos que nada más 10 años. ¿Aguantará la ciudad una década de colapso? Sin duda. Ya sabemos que Bogotá aguanta todo.

Nadie discrepa de la necesidad de mejorar la movilidad por la 7.ª. Las diferencias están en el cómo. ¿Existen alternativas mejores y menos costosas que el Transmilenio pesado? ¿Cómo debemos mirar la 7.ª hacia el siglo 21? No se pierda el último episodio de esta serie apasionante de intriga y suspenso urbano el próximo viernes.


Enrique Santos Molano

Columnistas

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