El país de la miseria

El país de la miseria

Cada día un venezolano muere de hambre, y otro es asesinado por un delincuente con o sin uniforme.

27 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

No hay evidencia más certera que la Venezuela del 2017 para demostrar con hechos que la incompetencia de un gobierno se traduce en la miseria de un pueblo. Este país se hundió en el fango por primera vez un domingo de diciembre de 1998, pero en ese entonces todavía se respiraba el aire de la Cuarta República; 18 años después, el régimen que Hugo Chávez dejó como herencia y que tiene a Nicolás Maduro como albacea da fe de que no hay nada tan caro como ser pobre. Víctor Hugo nos llamaría ‘miserables’.

El mundo sigue girando más allá de este pedazo de tierra suramericano, eso es evidente en el precio del dólar. Cada día que pasa, un venezolano muere de hambre mientras otro es asesinado por un delincuente con o sin uniforme. Los recolectores de basura no son otros que los pobres desgraciados que solo consiguen alimento rebuscando en los desperdicios de quien a duras penas puede llevarse un pan a la boca. Las madres indigentes traen al mundo niños que nacen para ser mendigos.

La vida continúa y las personas que mueren de hambre no descansan en paz porque un funeral cuesta dos millones de bolívares

La situación en Venezuela es tan deplorable que en un país petrolero no hay gasolina y quien antes lucía elegante anda por la vida con ‘jeans’ rotos y zapatos agujereados porque debe decidir entre comer o vestirse.

Lo que sucede en las calles del interior del país no es algo que se escuche en los discursos políticos de los líderes de ninguno de los dos bandos, porque unos creen en el principio de supresión, que con negar que existe un problema este desaparece, y los otros tienen una lucha interna entre quienes apoyan y quienes se oponen a las elecciones regionales, por lo que nadie fija la mirada ni por un segundo en los niños de 10 años que cazan palomas en las catedrales ni en las mujeres que a la hora del almuerzo tocan timbres con un bebé de cabello amarillento a cuestas.

Mi país se ha vuelto tan deprimente que el sentimiento que domina a los venezolanos no es el de superación ni la esperanza de una salida democrática, lo que más desean los habitantes de este país es dejar de ver, así sea por unos pocos minutos, a Venezuela tal cual es; tristemente, no es momento de negarse a aceptar la realidad.

La vida continúa y las personas que mueren de hambre no descansan en paz porque un funeral cuesta dos millones de bolívares en el país de las miserias.

ELLY HERNÁNDEZ
* Estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello, Venezuela.

Columnistas

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