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SuscríbeteDe frentes, partidos y crispación
Por: EDUARDO POSADA CARBÓ |
El recién anunciado frente contra el terrorismo en Colombia contrasta con el acuerdo antiterrorista español firmado en Madrid en el año 2000. Más aún, marchan en dirección contraria. En España se logró entonces una alianza entre los partidos del gobierno y la oposición para combatir a la Eta. Aquí, la propuesta del frente ha desembocado en un movimiento de oposición a las políticas del Gobierno, incluida la seguridad.
El discurso del expresidente Uribe en El Nogal oficializó lo que ya era conocido: su distanciamiento del presidente Santos, hoy formalizado en movimiento de oposición bajo el nombre de Puro Centro Democrático. Es uno de los hechos políticos más notables desde que se inició la administración actual, registrado por la prensa internacional con algo de sorpresa. 'La guerra entre los presidentes' fue el titular de Time, la revista internacional que en abril pasado dedicó su portada a los buenos éxitos de Colombia.
Como hecho político, el lanzamiento de un nuevo movimiento introduce otro elemento más de incertidumbre a un sistema de partidos que no acaba de reconfigurarse. Al anunciar una nueva "coalición de convergencia", Uribe se distancia de antiguos aliados, el partido de 'la U' y los conservadores. Sin embargo, esta propuesta de coalición entre "ciudadanos y partidos" no parece apuntar hacia la formación de otro partido.
Lo que se perfila es un movimiento de oposición alrededor de la figura del expresidente, por fuera del Congreso, y con perspectivas poco prometedoras para consolidar un sistema de partidos en crisis prolongada.
No se trata de cualquier oposición. En su discurso de El Nogal, el expresidente más popular de la historia reciente de Colombia se vino lanza en ristre contra las más diversas políticas de Santos.
Según Uribe, el Gobierno ha debilitado la seguridad; "impone frenos a las Fuerzas Armadas para actuar con contundencia contra el crimen organizado"; "paró por largo rato el apoyo al campo"; amenaza con paralizar al sector minero; promueve un "Estado derrochón con puestos públicos y gastos suntuarios"; "legitima una dictadura (la de Chávez) que da refugio a los terroristas colombianos".
El debate público ganaría poco si en vez de responder a las críticas del expresidente se dedica a descalificarlo. O se las ignora. Considérense, por ejemplo, sus acusaciones contra la política de seguridad del gobierno de Santos, las más duras y preocupantes de su discurso. Este es el terreno natural de Uribe. Paradójicamente, este es también el terreno donde -con argumentos, razones y cifras- el Gobierno podría ganarle el debate a Uribe.
Uribe ha planteado una alternativa entre dos pasados: aquel pasado anterior al suyo (al que supuestamente nos retrotraería Santos) y el pasado de su propio gobierno. Su actitud como expresidente defensor de su obra no es novedosa. Lo novedoso es que defiende un pasado más prolongado que el de sus antecesores: una obra de ocho años. Uribe insiste incluso en iniciativas de su gobierno ya derrotadas, como el unicameralismo.
Es falso plantear una alternativa entre dos pasados, pues lo que debemos es pensar en el futuro. No me encuentro entre quienes dudan de los avances de seguridad en los últimos años. Pero esos mismos avances sugieren reconsideraciones. Mal haríamos en quedarnos anclados en las políticas pasadas, como si las circunstancias no hubiesen cambiado. Implícitamente, el discurso de Uribe sirve para reiterar la defensa de la alternancia en el poder.
Urgen controversias más serenas, que abran espacios de diálogo. En la atmósfera dominante, lamentablemente, los líderes políticos parecen preferir la crispación a los acuerdos de estrategias para la paz y contra el terror.
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