De confusión en confusión. Así ha mantenido el proyecto de referendo reelectoral a la opinión pública colombiana, ya por largo tiempo. Lejos de aclararse, el panorama se enreda. En algunas ocasiones, son los mensajes ambiguos del presidente Uribe -incluidos sus silencios sobre el proyecto- los generadores de tanta incertidumbre. Pero el proceso mismo ha estado lleno de sorpresas y de episodios que confunden aún más, y rodeado de malos presagios -desde la misma redacción del 'articulito' hasta el reciente 'coletazo' del escándalo de las pirámides en su votación por la Comisión de la Cámara-.
Lo mejor que podría hacer el Congreso es archivar el proyecto. Abundan las razones. Desde las más variadas perspectivas -históricas, institucionales, políticas o filosóficas-. Las hay también pragmáticas, como los costos del referendo y hasta las dificultades de tiempo para llevarlo a cabo con suficiente antelación a las elecciones del 2010. Sin embargo, sus obstinados defensores las desprecian. Se han aferrado al recurso demagógico de la democracia plebiscitaria, apoyados en el peso de las encuestas de opinión, en vez de darles seria consideración a los argumentos que advierten sobre los nefastos efectos de la iniciativa.
Véanse, por ejemplo, las desastrosas experiencias de los vecinos -en el pasado remoto y cercano-, en Perú, Argentina o Venezuela. ¿Por qué no valoramos, en cambio, ciertas tradiciones políticas colombianas, que nos alejaron históricamente de la ruta caudillista y sus estragos en Latinoamérica? Esa es la tarea que debería esperarse de los partidos que dicen defender las tradiciones nacionales, como el conservatismo. (Podrían repasar los discursos de Miguel Antonio Caro contra las intenciones del general Reyes de perpetuarse en el poder: esta no era tierra para 'porfirismos' -decía Caro-, en alusión a Porfirio Díaz, quien se hizo reelegir tantas veces en México hasta provocar una verdadera revolución.)
Pero no. Los amigos del proyecto no quieren saber de historia. Tampoco quieren saber de las ideas liberales que han permitido la consolidación democrática en el mundo occidental. Por el contrario, el proyecto de referendo las atropella. Y las atropella, por lo menos, en dos aspectos. Primero, no se ocupa de integrar la posibilidad de una segunda reelección consecutiva (es decir, de mandatos eventuales de doce años -léase bien, 12 años- sucesivos) con el resto del aparato constitucional respecto del balance entre las ramas del poder. Segundo, el proyecto está específicamente concebido para beneficiar al mandatario que hoy se encuentra en el poder.
Y tampoco quieren saber de instituciones. El mismo proceso ha frenado cualquier posibilidad de fortalecer a los partidos -todo parece girar en torno al liderazgo del presidente Uribe-. Algunos piensan que la nueva reelección para el 2014 (como lo sería si se mantiene la redacción original del proyecto) podría ser un compromiso óptimo. Pero, como lo ha advertido John M. Carey, la fórmula reelectoral con período de descanso (con posibilidad reelectoral también para el sucesor) introduce un "incentivo perverso" en la lucha por el poder entre supuestos aliados políticos: plantea posibles "problemas morales para políticos ambiciosos y sus partidos". Así lo ilustraría la experiencia de Menem en la Argentina, quien parece haber decidido no apoyar a un sucesor de su propio partido en 1999 para fortalecer sus aspiraciones reeleccionistas desde la oposición en el 2003.
"¡Uh, ah, Chávez no se va!", expresó repetidamente el presidente venezolano en días pasados, al autopostularse como precandidato presidencial para el 2012 -a pesar de que la Constitución de su país no lo permite aún-. Se anticipa allí otro referendo, con miras a la reelección perpetua. El estilo del presidente Uribe no es el mismo. Pero de aprobarse aquí el proyecto de referendo, los parecidos entre ambos regímenes serían más próximos que lejanos.
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