"Latinoamérica ha tenido muchas 'revoluciones', pero muy pocas reformas." La distinción es fundamental. Y forma parte del argumento central del libro reciente de Michael Reid, Forgotten continent. The battle for Latin America's soul. Es un excelente volumen, escrito con agilidad periodística y curiosidad académica, que desafía numerosos estereotipos sobre la región. Reid vivió en Lima entre 1982 y 1990 y de allí pasó a ser corresponsal en México de The Economist, donde ha sido el editor de la sección 'Américas' en los últimos diez años. Su libro combina con elegancia las observaciones del testigo contemporáneo de los eventos con las reflexiones de un acucioso investigador.
Le preocupa el destino de la democracia liberal en Latinoamérica y su posible impacto en el desarrollo del continente. Es un tema que se enfrenta a formidables barreras intelectuales. Reid las capea con destreza, en sus atinadas críticas a quienes señalan como culpables de nuestros males a fuerzas externas o a un legado cultural autoritario. Mejores explicaciones para nuestro errático destino podrían encontrarse en la adopción de malas políticas, las instituciones o la legendaria desigualdad. No hay respuesta simple. Pero el mensaje de Reid se dirige a superar los fatalismos y a apreciar las posibilidades que se han abierto para la región en las últimas décadas.
A las barreras intelectuales se suma el modelo rival que le ha surgido a la democracia liberal en el continente desde el fin de la Guerra Fría: la "revolución bolivariana", liderada por Hugo Chávez. Reid advierte que su gobierno ha sido "menos democrático, abierto y pluralista que sus predecesores". Con ello no libera de responsabilidades a los dirigentes que lo antecedieron. Pero hay que tener claridad sobre la naturaleza del régimen actual -una "autocracia elegida"-, cuyos pilares han sido el ejército, las capacidades comunicativas de Chávez y el apoyo cubano -todos afincados en las alzas del petróleo desde el 2001-. Chávez echó atrás uno de los grandes éxitos del régimen anterior: el haber alejado al ejército de la política. Y los resultados económicos y sociales de su ya larga gestión arrojan un balance negativo.
Reid llama la atención sobre los mejores resultados que demuestra la ruta reformista de las democracias liberales. Chile es el mejor ejemplo. Un país conducido por una coalición de socialistas y demo-cristianos, presidido hoy por una mujer, donde la pobreza bajó del 45 por ciento, en los años 80, a un 13,7 por ciento en el 2006. La economía ha crecido allí un 6 por ciento anual en las últimas dos décadas. Un socialista, Ricardo Lagos, firmó el tratado de libre comercio con los Estados Unidos, en una señal más de esa visión pragmática que confía en el mercado, pero le asigna al Estado un papel regulador esencial. Reid destaca también las políticas sociales de Brasil y México, cuyas perspectivas de reducir la desigualdad y la pobreza son "más sostenibles que el populismo venezolano".
Una y otra vez, Reid insiste en que no hay complacencia en su análisis. Así lo muestra en sus observaciones sobre los deplorables niveles de desigualdad social, los abismales atrasos educativos y los serios problemas de seguridad en la región. Importa reconocer, sin embargo, que la democracia liberal en Latinoamérica ha podido superar enormes desafíos en las últimas décadas. Y ha gozado de significativos progresos, ignorados de manera persistente "por parte de muchos académicos, periodistas y políticos, de dentro y fuera de la región".
Michael Reid ha producido un libro refrescante contra el derrotismo, y una defensa excepcional del reformismo democrático. Sus páginas cierran con una frase de Juan Bautista Alberdi, que debería servir para blindarnos de tantos revolcones y afanes revolucionarios: "Las naciones, como los hombres, no tienen alas; hacen su viaje a pie, paso a paso".
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