En los jardines frontales de las casas de South Bend se repiten los carteles políticos con un solo mensaje: "Obama para presidente".
No en todas las casas, por supuesto. Ni lo que he visto a vuelo de pájaro en esta ciudad de Indiana, sede de la Universidad de Notre Dame, puede tomarse como representativo de las tendencias electorales en Estados Unidos. La disputa por la Casa Blanca será tan intensa como en años anteriores, llena de incertidumbres hasta el mismo conteo final de los votos. Pero esta semana, cuando la convención demócrata en Denver proclama oficialmente la candidatura de Barack Obama, los carteles de South Bend reflejan el espíritu del momento.
El momento es de Obama, quien además lleva la delantera en las encuestas. Su carrera política ha sido sin lugar a dudas espectacular. Hace unos cuatro años su autobiografía, Dreams from my father, se destacaba entre los best-sellers que las librerías suelen promover en sus vitrinas. Entonces su nombre ya tenía cierta fama, sobre todo después del discurso con que sorprendió en la convención demócrata del 2004, donde demostró no sólo sus calidades oratorias sino su capacidad para inspirar en su auditorio la posibilidad de un futuro con ideales renovados. Su propia vida ha servido para darle nuevos aires al "sueño americano". Dos años atrás, sin embargo, su candidatura presidencial estaba lejos de asegurada. Su juventud, falta de experiencia y sus raíces africanas arrojaban dudas sobre la receptividad que podría tener entre los votantes.
Los demócratas han dado ya su veredicto en una de las más reñidas elecciones primarias que se recuerden en la historia contemporánea estadounidense. El triunfo de Obama dejó algunas heridas entre los seguidores de su contrincante principal, Hillary Clinton. La intervención de la senadora Clinton en la convención demócrata había despertado expectativas, precisamente por la necesidad de unificar ahora al partido frente a una campaña que recién comienza en plena forma. Un editorial de The New York Times advirtió esta semana lo que estaba en juego. El discurso de Clinton este martes, pidiéndoles a sus militantes cerrar filas alrededor de Obama, ha calmado temores divisorios. Pero los celos de los Clinton quizás permanezcan: el ex presidente Bill Clinton resiente el que Obama no haya reconocido los valores de su administración.
Con la proclamación oficial de Obama por la convención demócrata, la atención se concentrará en la competencia con el candidato republicano John McCain. Difícil encontrar en la historia de este país otra campaña presidencial de tan abiertos contrastes. Aunque hasta ahora han sobresalido más las diferencias entre las respectivas personalidades, pronto los debates ofrecerán oportunidades para destacar sus confrontaciones programáticas. A Obama le han criticado que sus cualidades retóricas ocultan falta de sustancia. Sus discursos, según James Fallows -ex asistente de Jimmy Carter-, nos dicen más sobre su forma de pensar que sobre sus políticas concretas sobre, por ejemplo, cómo enfrentar los problemas económicos, la criminalidad o los cambios climáticos. Pocos dudan, sin embargo, de sus capacidades intelectuales. Si Obama gana, concluye Fallows, los norteamericanos habrán elegido un "presidente pensador".
Lo que se avecina, quizá, es la intensificación de una "campaña negativa", en la que proliferan ya mutuas descalificaciones personales. "Cada día produce un tamboreo de ataques de un lado contra el otro", observó Ronald Brownstein en The Atlantic, al examinar las posibilidades de lograr los acuerdos bipartidistas que Estados Unidos estaría necesitando para superar sus más difíciles problemas -en las áreas de la salud, inmigración o la guerra en Irak-. El discurso de Obama ha sido particularmente insistente en su visión de una sociedad menos dividida. Pero McCain tendrá el mismo reto: buscar consensos políticos tras el legado polarizante que dejará la administración Bush.
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