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Historia y ficción

Por: EDUARDO POSADA CARBÓ | 3:57 p.m. | 08 de Septiembre del 2011

Tanto la literatura como la historia recurren a la imaginación.

    ¿Puede "la novela... contar la historia mejor que la historia?" La pregunta, nos advierte el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez, la formuló recientemente el novelista español Javier Cercas. Ambos han incursionado con buen éxito en la novela histórica. Y ambos han ofrecido interesantes reflexiones sobre las relaciones entre la historia y la literatura, tema de discusión eterna.

    La pregunta de Cercas me parece mal formulada. Alcanza a preguntarse si la novela puede sustituir a la historia. Historias y novelas pueden contar bien o mal la historia. Unas y otras pueden ser excelentes, mediocres o pésimas. Son géneros distintos, con objetivos diferentes, como el mismo Cercas lo reconoce. Ninguno puede sustituir al otro. Cercas también lo reconoce. Ambos son necesarios en toda formación humanista. Ambos sirven para entender nuestra naturaleza y nuestro pasado.

    Según Cercas, la historia y la literatura se diferencian porque persiguen distintas y hasta opuestas "verdades" -la una, concreta y particular; la otra, abstracta y universal-. Quizás. Pero no es claro que todas las novelas vayan tras la verdad. Mucho menos que toda la literatura esté interesada en el pasado. Existen, además, otras diferencias fundamentales entre la historia y la literatura, en sus formas de proceder y en sus resultados.

    Entre los historiadores que han reflexionado sobre estos temas, Bernard Bailyn -profesor emérito de Harvard- me ha llamado siempre la atención por su claridad y sencillez. En un breve libro, 'On the Teaching and Writing of History', Bailyn aprecia el valor de las novelas históricas y señala las "profundas" diferencias entre la historia y la ficción.

    Tanto la literatura como la historia recurren a la imaginación. En la primera, lo es casi todo: allí domina la "imaginación sin fronteras" -así debe serlo, insiste Bailyn-. La "imaginación histórica", por el contrario, tiene límites: los que trazan la "documentación", "la evidencia que ha sobrevivido", "la obligación de ser consistente con lo que se ha establecido previamente".

    Hay otra distinción fundamental, expuesta de forma magistral por Bailyn: "Si es historia, puede refutarse. Usted no puede refutar una novela, pero sí puede refutar la historia; y esa me parece toda la diferencia en el mundo". No hay historia definitiva porque, observa Bailyn, siempre surgen nuevos interrogantes, nuevos documentos, nuevas interpretaciones. Por eso, la tarea de las nuevas generaciones es reescribir la historia.

    Hay que insistir en que, si bien son dos géneros diferentes, la historia y la literatura no se excluyen mutuamente. 'Lincoln', por ejemplo, es una excelente novela de Gore Vidal -uno de los volúmenes de su serie 'Narratives of Empire'- que también ofrece fascinantes relatos sobre el pasado norteamericano. Pero, por más virtudes, la lectura del 'Lincoln' de Vidal no puede sustituir la de las múltiples biografías sobre el presidente Lincoln, ni los voluminosos trabajos sobre la Guerra Civil y la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.

    En 1952, mucho antes de que Gabriel García Márquez la emprendiera contra la "historia oficial", Germán Arciniegas escribió: "La novela latinoamericana es en lo general un documento más exacto que la historia".

    Es una falsa contraposición, error en el que incurren quienes insisten en encontrarle valores superiores a un género sobre el otro. La cita de Arciniegas es, además, paradójica y paradigmática: proviene de quien fuera presidente de la Academia de Historia de Colombia por más de una década, y refleja muy bien el desprecio que por la historia y el trabajo de los historiadores ha tendido a predominar entre sectores importantes de la intelectualidad latinoamericana.

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