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Eduardo Posada Carbó

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De gestos y discursos

Nunca había visto transmisiones televisivas de las convenciones de los partidos políticos norteamericanos. Las que acaban de terminar rompieron todos los récords de audiencia: los discursos de John McCain y Barack Obama acapararon cada uno la atención de casi 39 millones de personas. Cifras impresionantes. Superan el número de televidentes en Estados Unidos de los últimos juegos olímpicos y la entrega de los premios Oscar. Un director artístico comparó la convención demócrata con "un gran musical".

Sería simplista caricaturizar estos eventos -llenos de apasionamiento, en un ambiente de fiesta, de sombreros extravagantes y carnavalescos-, que impresionan además por el papel extraordinario que allí tienen los familiares de los candidatos.

Sus elaborados espectáculos no están hechos para definir candidaturas ni plataformas. Tampoco lo fueron mucho en el pasado -como lo muestran las descripciones de James Bryce sobre las convenciones del siglo diecinueve, en una visión menos idealizada que la de Tocqueville sobre la democracia en América-. Su objetivo es motivar los ánimos de los activistas, pero por supuesto también al electorado. Ese objetivo lo cumplieron ambas convenciones a plenitud, en otro avance de lo reñido que serán estas elecciones.

Después del discurso de Obama -su enérgico, inteligente y fresco mensaje de cambio- percibía en el ambiente una sensación de triunfo demócrata ante la figura cansada de McCain, asociada al continuismo, tras ocho años de gobierno republicano. Su convención modificó el escenario. Su discurso fue antecedido por un documental que destacaba su experiencia en Vietnam -un fuerte mensaje de patriotismo reflejado también en numerosos carteles que lo alababan como "héroe de guerra"-. Ya la campaña de McCain se había revitalizado con la escogencia de su fórmula vicepresidencial, Sarah Palin.

Desde que se anunció su nombre, el 30 de agosto, Palin se ha convertido en el centro de atención de la prensa. En ocho de estos doce últimos días, The New York Times le ha dedicado informes de primera página: sobre los más diversos aspectos de su vida política y familiar, con detalles en apariencia tan triviales como si abraza, besa o le da la mano a McCain en sus apariciones públicas. En las páginas de opinión del influyente periódico abundan también las columnas sobre ella.

La figura de Obama anticipaba quizá que los criterios étnicos tendrían algún papel definitorio en las elecciones. Seguirán importando. Pero la movida estratégica de McCain introdujo otra dinámica. El perfil de Palin busca apelar -además de a las mujeres- a los asalariados, a los religiosos, a los habitantes del mundo provincial. Y a los conservadores, claro. Súmese la retórica patriota explotada por los republicanos para componer una fórmula 'populista': Obama aparece así de pronto como el candidato de las élites educadas de clase media. Según Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times, Obama dejó ser el candidato más conectado con los sentimientos del elector promedio.

Es aún temprano para cualquier predicción. Todas las circunstancias apuntarían a la derrota republicana: crisis económica, desastres en Irak, el pertenecer al partido del presidente más impopular de la historia norteamericana reciente. No obstante, sobreviven, y con razón, los temores frente a las amenazas terroristas -elocuentemente descritos por Jeffrey Goldberg días antes de un nuevo aniversario del 9/11-. ¿Cuál de los candidatos podrá ganarse la confianza del electorado en el tema de la seguridad nacional? En una entrevista televisiva, le preguntaron a Obama: "¿Qué haría frente al mal?". "Lo confrontaría", respondió. Y ofreció luego una explicación racional sobre cómo hacerlo. A la misma pregunta, McCain expresó con gestos firmes: "A Ben Laden lo vamos a derrotar". El arte de la política hoy está más en la maestría de los gestos que en la inteligencia de los discursos. 

Eduardo Posada Carbó

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