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Eduardo Posada Carbó

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50 años en democracia

¿Por qué no conmemoramos, como se debería, el regreso a la democracia?

Hace 50 años -el 7 de agosto de 1958- Alberto Lleras Camargo prestaba juramento como Presidente de Colombia en el Capitolio Nacional. Se inauguró entonces el regreso a la democracia, tras una década de quiebre institucional que había desembocado en la dictadura del General Rojas Pinilla. El nuevo mandatario tomó posesión del cargo ante el presidente del Congreso, Laureano Gómez, en un acto lleno de simbolismo: los líderes del liberalismo y del conservatismo sellaban así oficialmente la paz acordada en los pactos de Sitges y Benidorm, refrendados por un plebiscito popular en diciembre de 1957.

Derrocar una dictadura e instalar simultáneamente un sistema democrático es, en cualquier parte, un hecho político de enorme significado. Su ocurrencia suele conmemorarse por los valores que representa. En la Colombia de mi generación, sin embargo, la transición a la democracia en 1958 dejó de ser una referencia importante, hasta convertirse en motivo de vergüenza. En vez de apreciar el regreso a la democracia por lo que fue -con sus logros, limitaciones y posibilidades-, se elaboró un discurso absolutista que negó y sigue negando su existencia. Y que ha minado la ruta reformista.

El contraste con otros países es aleccionador. Obsérvese el caso de España, donde año tras año se conmemora con orgullo el advenimiento democrático. La más reciente iniciativa fue el establecimiento de la Fundación Transición Española, inaugurada en junio pasado, con el propósito de fomentar "la memoria histórica de la transición española [Y...]conservar, divulgar y defender los valores y principios que la inspiraron". Es una iniciativa promovida por académicos y protagonistas del proceso de transición, que cuenta con el apoyo del sector empresarial. Entre otras tareas, la Fundación se propone recuperar archivos personales de quienes se destacaron en la transición, e impulsar varios proyectos de investigación.

¿Por qué en Colombia no se conmemoran como se debería los aniversarios del regreso a la democracia? En parte, la respuesta se encuentra en las frustraciones ante la perseverancia del conflicto interno armado y otros problemas, atribuidos equivocadamente al carácter limitado del Frente Nacional. Y en parte también en el mismo contexto histórico en que ocurrió nuestra "transición" -el término sólo se popularizó en las últimas décadas, aunque más que todo para referirse a la "ola" democratizante mundial que se inauguró con España-. Hace 50 años, la "transición" colombiana coincidió con el inicio de un período de contracción democrática en la región. Los regímenes militares se imponían en uno y otro país del continente, mientras la dictadura castrista en Cuba difundía valores revolucionarios contrarios a la democracia liberal que ganaron amplia aceptación intelectual y política.

La excepcionalidad democrática colombiana de aquellos años -acompañada sólo de Costa Rica y de Venezuela-, tendría que ser motivo suficiente para revalorar nuestra experiencia. Como lo tendrían que ser también sus logros. En su biografía de Alberto Lleras, Leopoldo Villar Borda sugiere un balance "desventajoso" del Frente Nacional pero reconoce, no obstante, que el "restablecimiento de la convivencia fue un logro mayúsculo". Y destaca la tarea de Lleras Camargo -ante la dictadura y los arraigados sectarismos- como "una proeza brillante y salvadora".

En vez de celebrarse, el regreso a la democracia se encontró muy pronto sometido a la implacable crítica, por los arreglos excluyentes del Frente Nacional. Y muy pronto también se fue quedando sin defensores intelectuales. Alberto Lleras Camargo fue uno de sus últimos defensores. Pero en Colombia, la "transición" nunca contó con una Fundación que promoviera su estudio ni que propiciara la reflexión sobre sus valores. Medio siglo después, deberíamos estar dispuestos a reexaminar desapasionadamente lo ocurrido. Las reformas a la democracia encuentran su mejor camino cuando se saben reconocer sus conquistas.

Eduardo Posada Carbó

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