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El vacío de la libertad

Por: EDUARDO ESCOBAR | 5:42 p.m. | 05 de Septiembre del 2011

    Carlos Fuentes, en una nota que circula en la Red, acepta su perplejidad ante el estado del mundo. Que no entiende lo que está pasando. Dice. Y mitiga el asombro sincronizando estos tiempos de revueltas universales en Jerusalén, Siria, Londres, Madrid, Barcelona, Libia y Bolivia, y al voltear la esquina, con un ilusorio 1848 y un hipotético 1868 de grandes cambios. Las fechas corroboran el talante de romántico tardío del escritor mejicano, dado a los miriñaques y a recrear las mitologías de la burguesía cultivada.

    Fuentes obvió los años sesenta, fructíferos y confusos, cuando empezó su fama y aparecieron sus primeras novelas. Entonces la Tierra palpitó en un entusiasmo fabuloso pletórica de nobles proyectos y una juventud arisca, la del haga el amor y no la guerra, corrió las calles de las ciudades cristianas, diademas de flores, barbas, cabelleras proféticas, sandalias de santo, coreando baladas de protesta contra el orden inicuo. Y ocuparon las universidades capitalistas. Y se hicieron destripar por los cañones ateos del estalinismo en Budapest y Praga.

    Fuentes acude con frecuencia en sus últimos escritos al nuevo paradigma del principio de incertidumbre. Ese dogma de las ciencias posmodernas surgido en la física sofisticada de las partículas elementales. Que para los críticos marxistas somatiza el estado de ánimo del capitalismo decadente, para el Papa arrastra la humanidad a la dictadura del relativismo, y justifica en el escritor laico la tolerancia, el asombro y la humildad de aceptar sin rubor que nada es traslúcido.

    El siglo XX no fue más apacible que el que nos corre pierna arriba. Las masacres de hoy, santificadas por el ideal democrático que encubre mal la sed de petróleo de las regiones industrializadas del mundo, se parecen a las de Indochina, que indignaron los años sesenta. Los torturadores de Guantánamo guardan una macabra simetría con los sádicos militares que maceraban los cuerpos de sus semejantes en los sótanos de las brigadas latinoamericanas en la guerra fría. Pero aquellos días contaron con una ventaja. Aún el horror era prometedor de una decencia futura, formaba la parte oscura del combate justo, tributaba al porvenir. Las protestas y los anhelos mantenían una coherencia irrebatible. Y un colegio de sabios consagrados en quienes se confiaba, apoyados en Marx y Freud, inspiraban las consignas de las marchas millonarias. El ambiguo Sartre, el venerable Bertrand Russell, Adorno y Herbert Marcuse racionalizaban la fe en la tarea de humanizar la vida y explicaban los procesos.

    Al fin todo se derrumbó. Realidades y sueños. El Paraíso socialista lo heredaron intrincadas bandas de mafiosos avezados en el viejo mercado negro. La comuna de Mao paró en un inmenso campo de trabajo, en una simbiosis pánica de capitalismo y despotismo. Y los niños de las flores se aburguesaron y regresaron a su hogar a prepararse para dirigir las corporaciones que se esfuerzan en completar el desastre ecológico y convierten en una industria obscena las guerras vengativas y las preventivas.

    Ahora, los movimientos sociales carecen de rostro. Masas anónimas privadas de la gracia de esos líderes ilustres, pintorescos y apasionados, son convocadas por las llamadas redes sociales. Y los intelectuales como Fuentes reconocen que no saben qué está pasando. Y disminuyen con los espejismos de la esperanza la sombría certeza de que los hombres apenas influimos en las cosas que nos incumben a través de series de errores recalcitrantes, desde Edipo, y que cada conquista y cada cruzada ahondan la catástrofe.

    Fuentes mantiene el optimismo en la incertidumbre por el resabio romántico del viejo refinado que mira con un coñac en la mano cómo se acrecienta el desorden. Mientras ejerce la admirable modestia de aceptar que no sabe lo que pasa. Pero nadie sabe. O quizás estamos en la antesala del infierno. Y fingimos que lo ignoramos.

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