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Los libros amigos

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Diré que este año, se dice alguien, empieza bien. Entregado a los libros de los amigos.

    Imaginemos que es domingo por la noche y alguien debe escribir una nota para el periódico. E imaginemos que se echa en una hamaca a buscar entre las sombras del horizonte con un trío de estrellas un asunto que pueda interesar a los lectores y que a él lo entusiasme. Quizás, dice, debería escribir acerca de las barrabasadas de los tribunales que a veces parecen menos unos lugares para impartir justicia que para el reconcomio. O qué tal si tercio en la discusión de moda. ¿La sevicia que se ejerce con los pobres toros en las plazas es arte, manifestación cultural, payasada inútil o simple canallada? Pero tal vez deba expresar mi indignación contra los rufianes de las Farc. O contra el cinismo de los Nule que convierten su prisión en una burla con perfecto desprecio por todos nosotros. En fin, imaginemos que alguien se debate entre un montón de cosas malas y peores y desespera de revolcarse entre esas espinas. Y entonces junto a la hamaca de sus meditaciones ve los paquetes del correo de los últimos días. Y alguien se dice que entre los derechos de los ciudadanos cuentan el de no untarse cuando no les da la gana, y el de no dejarse amargar por las contingencias si no quieren. Y decide alabar la revista Aleph que publica Carlos Enrique Ruiz en la empinada Manizales, una publicación que recibe siempre con felicidad, pues para ser feliz se lee, y La orfandad de Telémaco, el último libro de relatos de Elkin Restrepo, escritos con una sobriedad envidiable que a él, alguien, le es desconocida por su proclividad a las frases complejas, y la antología de Óscar Hernández, un hombre entre dos mundos, un poeta dueño de un humor a veces salvaje, y la que le llegó en un sobre blanco, Del tiempo, un paso, de Lauren Medinueta, una barranquillera en Lisboa. Diré, dice alguien, que la poesía de esa mujer nos ahorra los atracos sentimentales y los suspiros de otras mujeres que escriben para exhibir penas. Diré, te encantarán la luz y el aliento sin llanto, la nostalgia tranquila de unos paisajes bajo unos cielos remotos. Y después, comentaré el primer tomo de las obras de Gustavo Álvarez Gardeazábal, Prisionero de la esperanza. Una muestra de la intrepidez del escritor vallecaucano que sin pelos en la lengua se atrevió a declarar un montón de cosas sobre la política colombiana, los problemas del narcotráfico y el matonismo de las hordas multicolores que desaparecen y se reproducen sin cesar hace años como los hongos en los sótanos y acerca de los modos posibles de enfrentarlos sin apelar al bizantinismo santanderista. De modo que se hizo insufrible para muchos que lo pusieron en la cárcel vestido de caqui. Diré, dice alguien, que me hizo falta en su repaso de la historia reciente una mención de los nadaístas aunque fuera somera. Pues fueron de capital importancia en el clima espiritual de la nación el siglo pasado como expresión de una sensibilidad nueva, por su contribución a la libertad de expresión y a la liberación sexual y hasta por el planteamiento franco del tema más espiritual que afrentoso de las llamadas drogas ilícitas, etc. Diré que este año, se dice alguien, empieza bien. Entregado a los libros de los amigos. Esto significa que contra las desmesuras y los que siembran de bombas los pueblos de los pobres para salvarlos y los que burlan la ley convirtiendo sus prisiones en hoteles de cinco estrellas y los tribunales descabellados y los toros descabellados, el país madura un alma para expresar su belleza recóndita un día, cuando los hombres de acción calmen sus alborotos, se serenen los avivatos de vientre insondable y la ridícula pasión por el poder de nuestros napoleones del rastrojo se amanse. Son un consuelo los libros de los amigos. Una esperanza a pesar de todo. Se dice alguien. Y deja la hamaca, camina al teclado y se sienta a escribir.

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