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86 años del monje loco

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Era dueño de una risa gloriosa que solía abrir como sus carpas los circos a la menor provocación.

Cuando nací, en una familia modesta de longevos, no se me ocurrió pensar que un día iba a encontrarme un amigo que llegaría a la edad de esas personas que celebraban mi alumbramiento rodeando mi cuna y que habrían de ayudarme a crecer. Lo encontré en el Metropol, un salón de billares que parecía un hangar de aeronaves de recreo más que un lugar de muchachos en plan de echarse a perder.

El patrón, Herbert Gaithner, era un alemán con aspecto de Don Juan retirado en la inocencia del ajedrez y en el dulce papel de abuelo de Aura Cristina, la actriz de la televisión que te revuelve la almeja que tienes por tu alma. Elmo había arribado a Medellín a contactar al núcleo original de los nadaístas, trajeado con una camisa caleña de pianista de orquesta tropical, pantalones donde cabían tres, y unos zapatos levantados en la punta, chatos, anchos, de suelas sobresalientes como las plataformas de su lanzamiento a otra dimensión, unos zapatos que Amílcar Osorio consagró en un texto amoroso como los más feos del mundo.

Era dueño de una risa gloriosa que solía abrir como sus carpas los circos a la menor provocación. Como si la parquedad de su vida que después conocimos no le pareciera en absoluto seria ni pesada y apenas lo tocara como un chiste de Dios. Ya nos habíamos enterado de su genio. Habíamos leído en los periódicos El poema pasaporte para viajar a la ciudad de los gatos, Extraña visión, El ángel y el robot. Y para completar el encanto, Elmo tenía una historia de la que no hablaba, en el Nueva York de su cuento maestro, donde aparecían fugazmente entrevistos los poetas beat y un músico anónimo de jazz.

Su padre lo había enviado a USA a que estudiara ingeniería electrónica, una ciencia aún incipiente. Y Elmo encontró en cambio la poesía. Al volver, el padre descubrió con fastidio que ante un teléfono roto su hijo solo pensaba en someterlo a su extraño modo de hacer metáforas. Y solo se lo perdonó porque en vez de sentir remordimiento soltaba el trapo de la carcajada.

Gonzalo Arango adoraba esa risa. Y rogaba que nunca se le fuera a acabar porque la necesitábamos para mantenernos saludables cuando la pandilla de poetas hipersensibles se marchitaba en el ambiente estéril de un país dado al desafuero, codicia y violencia. Una sola vez vi a Elmo opaco. Cuando murió Luis Ernesto, el niño de la calle que adoptó, bajo las ruedas del auto deportivo de una bestia borracha. Pero pronto se recuperó igual que los magos chinos reparan el espíritu después de las desgracias, los magos chinos o que se hacen. Esto explica por qué Elmo quiso montar una disidencia del nadaísmo, suave herejía que llamó Nadaísmo Zen, y por qué predica que debemos masticar cada grano de arroz diez mil veces. La cosa fue que en adelante vivimos muchas cosas, autoferros, aviones, democráticos buses, que hicimos conjuntas lecturas de poemas en Popayán, Manizales, Caracas, nos emborrachamos, la gozamos.

Él más, porque yo era el que pagaba los hoteles, las cervezas y hasta las galletas que les llevaba a las muchachas que cortejaba. No importa. El hecho es que siempre pensé en Elmo como en un mortal corriente hasta cuando se me apareció en una visión lisérgica como uno de esos sabios que todos tratamos en vidas anteriores, inodoros, incisivos, y después olvidamos. Y que entonces, no diré que supe que pasaría los 86 años como mis bisabuelas, pero entendí que somos inmortales como ellas, que todo lo que existe ya existía y seguirá insistiendo siempre, que el presente ostenta el aspecto temporal de lo eterno. Olvidaba decir que una noche vi al Diablo en la casa de Elmo, en Cali. Cortocircuitaba las instalaciones eléctricas. Como hace siempre en la casa de los ingenieros que no ejercen la gracia contrariando la voluntad paterna.

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