¿Unas elecciones revolucionarias?

¿Unas elecciones revolucionarias?

Estas circunstancias se confunden en parte con lo mucho que está en juego: la paz y el pluralismo.

25 de mayo 2018 , 07:52 p.m.

Las elecciones son eventos políticos con peso propio. Acarrean consecuencias más allá de los cambios de gobierno, de por sí hechos de enorme significado. Pero algunas elecciones tienen más impacto que otras. Y el impacto de unas u otras solo puede saberse tras sus ocurrencias.

‘Elecciones críticas’ fue el término acuñado por el politólogo norteamericano V. O. Key, en 1955, para referirse a aquellas elecciones que, en los Estados Unidos, produjeron realinderamientos de largo plazo en el electorado. Allá, las elecciones de 1896 y 1928 habrían sido ‘críticas’, según Key. Aquí lo sería por lo menos la de Uribe en 2002, por sus efectos duraderos en el sistema de partidos.

El impacto de las elecciones no se limita a los alineamientos partidistas. Las elecciones pueden ser también profundamente transformativas de las sociedades donde tienen lugar. Véase aquí la de 1849, que selló el fin de la esclavitud. En Argentina, con la de 1880 se consolidó el orden nacional. La trayectoria mexicana cambió de rumbo de manera radical tras las elecciones de 1910.

El efecto transformador de algunas elecciones puede ser tal que amerita llamarlas “revolucionarias”. Esa es la expresión que, con Andrew Robertson, historiador de los Estados Unidos, hemos sugerido utilizar en un libro colectivo de ensayos sobre una serie de elecciones importantes en las Américas durante el largo siglo diecinueve.

Algunas elecciones terminan siendo de suma importancia histórica, tanto que exigen atención especial.

Llamarlas revolucionarias no significa que hubiesen estado acompañadas de violencia, como lo estuvieron la argentina de 1880 o la mexicana de 1910. Thomas Jefferson llamó así a su propia elección en 1800: al producirse por primera vez una alternación pacífica en el poder por medio del voto, se había producido una revolución en el sistema de gobierno. Eso fue lo que ocurrió en las elecciones venezolanas de 1835, o en las de la Nueva Granada en 1836-1837.

Llamarlas revolucionarias tampoco significa que su impacto deba ser siempre “progresista”, cualquiera sea el sentido del término. Las “elecciones revolucionarias” de Chile en 1829 desembocaron en el orden conservador formalizado en la Constitución de 1833. Con la de 1876 en Estados Unidos se abrió allí una etapa de contrarreformas políticas en el sur norteamericano.

Si algo claro puede dejar este recuento es que algunas elecciones terminan siendo de suma importancia histórica, tanto que exigen atención especial.

Este largo preámbulo sirve apenas para destacar el significado considerable y extraordinario de la elección presidencial de este domingo.

“Muy diferente”, ha observado Fernando Cepeda Ulloa en uno de sus agudos análisis en El País de Cali: “Realmente, este proceso electoral se parece muy poco a los que conocemos”. En particular, Cepeda Ulloa señala las características casi excepcionales de la campaña: el papel de las consultas, los movimientos de los candidatos y de los partidos. Sí, todo muy diferente. Habría que añadir las circunstancias en que han transcurrido. Y, sobre todo, lo que está en juego.

La circunstancia inmediata más singular está dada por el fin del conflicto con las Farc. Las dimensiones de lo logrado son al parecer insospechadas por muchos sectores domésticos. No así en amplios círculos internacionales que reconocen las posibilidades abiertas para este “nuevo” país. La otra circunstancia, de larga gestación, es la transformación del sistema partidista con rasgos de crisis que han permitido el surgimiento de alternativas populistas.

Estas circunstancias se confunden en buena parte con lo mucho que está en juego: la paz y el pluralismo, como mínimo. ¿Elecciones revolucionarias? Al caer el domingo comenzaremos a saber la respuesta.

EDUARDO POSADA CARBÓ

Columnistas

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