Sobre ‘¿El fin de la Historia?’

Sobre ‘¿El fin de la Historia?’

La democracia liberal necesita de constantes defensas intelectuales.

25 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

‘¿El fin de la Historia?’ es el famoso título del ensayo de Francis Fukuyama publicado en The National Interest en 1989. Todavía estaba en pie el muro de Berlín. Glasnost y perestroika, las políticas de Gorbachev, seguían su curso, pero el derrumbe del imperio soviético ocurriría en 1991.

Fukuyama, no obstante, se adelantó a proclamar el triunfo de la democracia liberal sobre el comunismo –sus éxitos contra el fascismo ya habían sucedido en la Segunda Guerra Mundial–. Esta doble victoria era “el fin de la Historia”: último destino de la “evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno”.

Desde su misma proclamación, ‘¿El fin de la Historia?’ fue recibido con escepticismo y críticas. Cualquiera haya sido su ‘luna de miel’, esta fue corta. Hoy, con frecuencia la expresión emerge en el debate para señalar las equivocaciones de lo que, en algunos círculos, aparece como una falsa profecía.

En efecto, las afrentas del terrorismo de corte religioso en sectores radicales islámicos, el ‘socialismo del siglo XXI’ en Venezuela, la sobrevivencia del gobierno comunista en China y, sobre todo, los más recientes eventos en los Estados Unidos servirían para demostrar qué tan errado estuvo Fukuyama.

Los eventos recientes sugieren entonces unos Estados Unidos en compañía de aquellas partes del mundo aún muy lejos del “fin de la Historia”. Y en compañía europea

Ante tales desarrollos, es precisamente oportuno repasar ‘¿El fin de la Historia?’, de Fukuyama. ¿Qué fue lo que dijo? ¿Dónde se equivocó? ¿Qué lecciones nos deja una nueva lectura de su ensayo?

Cuando se avecinaba el fin de la Guerra Fría, Fukuyama se propuso entender el más amplio significado de aquel suceso: algo “muy fundamental” había ocurrido en la “historia mundial”. La violencia ideológica propiciada por la confrontación de sistemas opuestos parecía perder su razón de ser. No era el “fin de la ideología”, sino la “victoria del liberalismo económico y político”.

Fukuyama advirtió que “el fin de la Historia” no significaba vida ausente de problemas. La victoria del liberalismo, según él, solo había ocurrido en el mundo de las ideas. No en el mundo material. Pero concibió el liberalismo como la bandera dominante en los progresos de la humanidad.

Sin embargo, mientras que el comunismo y el fascismo eran, según él, “amenazas muertas”, Fukuyama contempló los eventuales retos de la religión y del nacionalismo. Este último sería más serio en los territorios de la Unión Soviética, como resultado del “chauvinismo ruso”.

Importa reconocer las sutilezas de su argumento. Pero Fukuyama se equivocó al confinar los problemas del nacionalismo a la Unión Soviética y al tercer mundo, como lo muestran los resurgimientos nacionalistas, xenofóbicos y racistas en Europa y Estados Unidos.

Si el mundo se iba a dividir entre unas partes atrapadas en la historia y otras disfrutando de la poshistoria, como predijo Fukuyama, los eventos recientes sugieren entonces unos Estados Unidos en compañía de aquellas partes del mundo aún muy lejos del “fin de la Historia”. Y en compañía europea.

Quizás lo más notable del ensayo de Fukuyama es cierta complacencia y triunfalismo, desde un mundo occidental supuestamente poshistórico. Es aquí, creo, donde se encuentran los orígenes de sus mayores errores. Como el de dar por sentado un consenso intelectual alrededor de las bondades de la democracia liberal. O el de subvalorar el peso del relativismo cultural –enemigo de principios universales–.

Pero en esos errores se encuentra también la gran lección de una lectura actual de su ensayo, que debe repasarse con el libro que escribió sobre el tema, 'The End of History and the Last Man' (1992). La democracia liberal necesita de constantes defensas intelectuales.

EDUARDO POSADA CARBÓ

Columnistas

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