Populistas e intelectuales

Populistas e intelectuales

Si, como algunos argumentan, los populistas se sirven del discurso antielitista para provocar cambios en el poder, una vez instalados nadie los puede sacar de allí.

24 de noviembre 2016 , 06:26 p.m.

‘El nuevo nacionalismo’ fue el titular de portada de The Economist, con Trump, Putin, Farage y Le Pen marchando al son de tambores, flautas y banderas. Una imagen paradójica y hasta contradictoria con el mensaje de las palabras, pues sugeriría una especie de ‘liga internacional’ entre líderes que quieren encerrar a sus países en sus propias fronteras.

The Economist distingue entre nacionalismo “cívico” y “étnico” –uno, conciliador y progresista; otro, agresivo y excluyente–. Este último es el de Trump, que la revista también identifica con el “populismo”. Nada nuevo en esta asociación. Como expresó el historiador John Lukacs, el populismo es “inevitablemente nacionalista”.

A Lukacs, un conservador que deploró hace una década el ascenso del populismo nacionalista en el Partido Republicano de los Estados Unidos, le preocupaban, como a Tocqueville, “la tiranía de las mayorías” movilizadas por figuras como Hitler, Mussolini o Perón, y sus apelaciones al miedo y al odio ('Democracy and Populism', 2005).

El nacionalismo populista, según Lukacs, servía para mostrar cómo las distinciones entre ‘derecha’ e ‘izquierda’ perdían sentido.

He repasado su libro tras las reacciones de algunos intelectuales de izquierda frente al triunfo de Trump. En vez de condenar el populismo, lo reivindican con más ahíncos. Nos dicen que el populismo oxigena la democracia, es su componente natural. Habría populismos buenos y malos: unos de izquierda, otros de derecha. Y para los buenos tendríamos que leer el libro de Ernesto Laclau On Populist Reason, 2005.

Es un viejo debate académico. La respuesta más lúcida que conozco contra quienes aducen que el populismo es la expresión democrática de la política se encuentra en un ensayo de Nadia Urbinati, profesora de Columbia (‘Democracy and Populism’, Constellations, 5:1, 1998).

Urbinati, estudiosa de las teorías políticas, se remonta a los escritos de Aristóteles sobre la demagogia para identificar paralelos contemporáneos con el populismo. Si, como algunos argumentan, los populistas se sirven del discurso antielitista para provocar cambios en el poder, una vez instalados nadie los puede sacar de allí. Si existen dudas, basta mirar a la Venezuela de Chávez.

Más que ser una expresión democrática, Urbinati advierte, el populismo es una “señal de malestar de las sociedades democráticas modernas”. El populismo suele surgir en momentos de transición económica y social, como en este producido por la globalización. Pero Urbinati apunta contra otra “transformación más profunda”: la de la percepción de la política y sus prácticas, donde juegan un papel importante los intelectuales. Este es el malestar que le preocupa: el desdeño de los intelectuales por la política.

Urbinati añade argumentos históricos contra la idea democratizante del populismo. No parece que la experiencia con el populismo hubiese beneficiado los desarrollos democráticos en Europa. Latinoamérica puede ofrecerle más ejemplos.

La discusión sobre el populismo, observa también Uribinati, se convierte en un debate sobre la democracia. El populismo desconfía de las instituciones representativas, es hostil a los parlamentos, enemigo de las libertades políticas y de la limitación del poder. “Si uno no quiere renunciar a una noción de la democracia” que incluya los anteriores elementos –nos dice–, estamos obligados a concluir que el populismo no es una expresión de la democracia”.

“¡Alpargatas sí, libros no!”, cantaban los peronistas. Nunca he entendido la fascinación de algunos intelectuales con Perón. Menos entiendo que, tras el triunfo de Trump, hayan seguido reivindicaciones intelectuales del populismo.


Eduardo Posada Carbó

Columnistas

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