Desvaríos de constituyente

Desvaríos de constituyente

La constituyente de Maduro choca contra principios básicos de la democracia moderna.

02 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Desde el ángulo que se la mire, la constituyente convocada por el presidente Maduro en Venezuela es un desvarío. Por su concepción filosófica. Por sus dificultades prácticas. Por el momento de su ocurrencia. Y hasta por sus contradicciones con una de las criaturas más queridas de Chávez: la Constitución que hoy supuestamente rige los destinos venezolanos.

En su concepción, el proyecto de Maduro tiene tonos premodernos por sus llamados a la representación estamental.

De los 540 constituyentes, 174 serán elegidos por los llamados “sectores”, clasificados en “trabajadores, campesinos y pescadores, estudiantes, personas con discapacidad, pueblos indígenas, pensionados, empresarios, comunas y consejos comunales”. Los demás tendrán origen territorial: dos por cada “municipio-capital”, con excepción de Caracas.

A primera vista, parecería una concepción incluyente. Pero mirada con detenimiento, pronto se descubren sus ilusiones y falsedades. Basta identificar la imposibilidad práctica de representar debidamente a cada uno de los “sectores” y la inequidad relativa de la representación “territorial”.

Si Maduro busca relegitimarse, su constituyente mina cualquier credencial de legitimidad que le quedase a su gobierno

¿Todos los “sectores” son acaso respectivamente homogéneos? ¿Dónde cabe entre dichas categorías el sector informal? ¿Los comerciantes? ¿Quién postula a los candidatos? ¿Con qué criterios? ¿Cómo puede ser justo que Caracas, con millones de habitantes, tenga siete constituyentes mientras que el estado de Amazonas, con menos de 200.000, elige ocho?

La constituyente de Maduro choca, por lo menos, contra dos principios básicos de la democracia moderna: la noción universal del ciudadano (que nos remite al postulado de “una persona, un voto”) y el pluralismo. Importa advertir la naturaleza corporativa de la asamblea propuesta por el Gobierno venezolano, evocadora de experimentos pasados desastrosos, tiempos históricos que parecían superados.

Lejos de incluyente, se trataría de una asamblea de acólitos del régimen. Las solas dificultades de poder contar con verificables criterios de selección, tanto para candidatos como para votantes (particularmente en el caso de los “sectores”), anticipan arbitrariedades y abusos de unas autoridades electorales dependientes del Ejecutivo.

El momento de la convocatoria es otro gran desvarío. Expone, por supuesto, las verdaderas intenciones del Gobierno: distraer la atención, nacional e internacional, de la severidad de la crisis. Pero al hacerlo frente a sus bajísimos niveles de popularidad, tras suspender procesos electorales y las críticas del Secretario General y países de la OEA, cuando la oposición se mantiene movilizada en dimensiones extraordinarias, reclamando que cumpla con la Constitución vigente, la constituyente de Maduro apenas servirá para intensificar la gravedad de la crisis.

Si Maduro busca relegitimarse, su constituyente mina cualquier credencial de legitimidad que le quedase a su gobierno. Esta resta, de manera paradójica, en la Constitución de 1999, que la convocatoria de la constituyente busca reemplazar. La misma Constitución con la que Chávez proclamó su república bolivariana y que enarbolaba donde iba como un texto ejemplar para el mundo.

Abandonada, al parecer, por el gobierno de Maduro, son hoy los de la oposición quienes la defienden. “Es un fenómeno social”, dice el historiador Elías Pino Iturrieta al recordar los esfuerzos de Chávez por divulgar la Carta del 99. Por ello se volvió “un documento excepcional (...), un código que no permaneció en el aire”, que se “metió en la sensibilidad colectiva” (El Nacional, 29/5/2017).

Enterrar la misma Constitución que le dio origen al régimen es, más que un desvarío, el reconocimiento de su estruendoso fracaso.

EDUARDO POSADA CARBÓ

Columnistas

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