Bienvenidos al populismo

Bienvenidos al populismo

Decir que el populismo es la otra cara de la democracia se ha vuelto atractivo entre académicos.

17 de noviembre 2016 , 08:02 p.m.

El populismo no es novedoso en los Estados Unidos. Allí se originó el término. Populista fue el nombre dado al partido de William Jennings Bryan, derrotado en la campaña presidencial de 1896. Fue entonces la expresión política de un movimiento agrario en oposición, el partido de una población rural que se sentía abandonada por la modernidad.

Suelo contar esta anécdota en mis clases sobre populismo en Latinoamérica con el fin de ilustrar su universalidad. Hay más. “Un fantasma persigue al mundo: el populismo”: con esta frase, Ghita Ionescu y Ernest Gellner abrían un libro sobre el tema en 1967. Incluía capítulos sobre Rusia, África, Europa oriental, Estados Unidos. ¿Y Latinoamérica? Lo añadieron a última hora “para complementar el examen de la materia”.

A la vuelta de los años, sin embargo, Latinoamérica se convirtió para el mundo académico en la tierra del populismo: la “tradición política” más querida de la región. Como si el fenómeno nos fuese exclusivo. Hasta hace poco, los textos repetían el estereotipo, magnificado por el surgimiento de Hugo Chávez. La prensa le hizo eco, también repetidamente, al lugar común.

No obstante, mientras el chavismo reforzaba el estereotipo, otros desarrollos fuera de la región, casi simultáneos, motivaron cambios en la percepción internacional. Berlusconi (Italia), Le Pen (Francia), Farage (Inglaterra)... ahora, Donald Trump. Hagan el ejercicio en Google: ‘Trump populism’. A la tecla siguen los titulares de The Economist, The New York Times, Newsweek... “Donald Trump, el populista perfecto”, lo llama la revista Politico.

Trump no ha sido el único norteamericano bautizado ‘populista’ desde la aventura de Bryan y sus partidarios en la década de 1890. Wallace, McGovern, Buchanan figuran entre los más notables de la familia. Una diferencia entre todos ellos y Trump es que este último ha llegado al poder, dándole más visibilidad al fenómeno.

En estos días le escuché decir a un colega que la elección de Trump le hará un gran favor a la rama de la ciencia política conocida como “gobierno comparativo”, donde suelen hacerse comparaciones entre un enorme número de países, excepto con los Estados Unidos. ¡Adiós a la excepcionalidad! ¡Bienvenidos al populismo!

No es que los estudiosos de la política norteamericana ignoren el fenómeno y su presencia histórica en los Estados Unidos. Los libros sobre el tema abundan. Algunos confinan sus análisis a sus manifestaciones en los Estados Unidos. Otros, como John Lukacs, extienden comparaciones con Europa –en su libro Democracy and Populism (2005), el peronismo recibe escasamente atención en una nota de pie de página–.

En efecto, las reconsideraciones académicas sobre el populismo (otorgándole connotaciones positivas) surgieron quizás primero en los Estados Unidos. El libro de Michael Kazin The Populist Persuasion se publicó más de una década antes del de Ernesto Laclau (On Populist Reason), el autor argentino que le otorgó al populismo valores normativos. En artículo reciente para The New York Times, Kazin vuelve a exponer sus postulados con motivo de Trump y Bernie Sanders: el populismo sirve de saludable corrector de las deficiencias democráticas.

Quizás. Pero introduce al tiempo otra serie innumerable de graves problemas. Decir que el populismo es la otra cara de la democracia se ha vuelto atractivo entre académicos. Prefiero la explicación de Nadia Urbinati, para quien populismo y democracia son antitéticos, provienen de tradiciones fundamentalmente distintas.

Un resultado seguro tendrá la elección de Trump: proliferará la discusión sobre el populismo, y Latinoamérica no será ya su hogar natural y único.


Eduardo Posada Carbó

Columnistas

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