Un paralelo provocador

Un paralelo provocador

Dos hombres que se ganaron los corazones de muchos, el uno inventando baladas y el otro echando bala

10 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Estos días los medios se acordaron una vez más de dos personajes emblemáticos para mi generación, destacables entre las grandes personalidades trágicas del siglo XX. El uno fue un inglés angelical que aprendió a tocar la guitarra y acabó escribiendo algunas de las canciones más bellas de su época, lo cual no es poca cosa. El otro fue un argentino sombrío que esparcía odios como otros avientan trigos, y siempre estaba imaginando el modo de herir a alguien, aunque tuvo el privilegio de graduarse médico. A su padre le dijo en una carta cuando abandonó la medicina para hacerse verdugo: le estoy cogiendo el gusto a esto de matar. Y también dijo que ambicionaba incendiar el mundo. Mientras el primero cantaba, el otro escribía manifiestos en elogio de las ametralladoras.

El inglés pasó por el colegio de mala gana, sus padres eran de la clase obrera inglesa, pero siempre estaba de buen humor, aun cuando protestaba contra la guerra con payasadas, dejándose fotografiar en cueros con su mujer, o paseando un estrambótico sombrero de campesino de los años de Shakespeare detrás de unas gafas de miope. El argentino asistió a la universidad que sus padres pudieron costearle. Y se sentía un condotiero. Lo cual demuestra que fue un romántico atrasado. Y en vez de ganarse la vida aunque fuera poniendo inyecciones se fue a buscar camorra donde nadie lo estaba llamando. Una vez sacó una muela ya entregado al tropel homicida que tanto le gustaba. Fue lo más cerca que estuvo de ser un sanador del mundo. De resto, siempre anduvo interesado en el terrorismo dinamitero, como se desprende del más famoso de sus libros, que siguen usando como manual los peores asesinos de ahora.

Mientras el primero cantaba, el otro escribía manifiestos en elogio de las ametralladoras

Es extraño que estos hombres tan diferentes, el uno inventando baladas y el otro echando bala, hayan ganado los corazones de tantos muchachos sanos aquellos maravillosos y terribles años 60, de la guerra de Vietnam, el paraíso químico del LSD, la lucha por los derechos de los negros, y Charles Manson, el hijo del hombre, uno cuyo goce consistía en descuartizar ricos en California.

Es casi seguro que el ‘Che’ Guevara jamás tarareó un aire de John Lennon, porque es posible que entre sus odios contara el odio al inglés imperial, tan simple era. Y además fue asmático, y le gustaban los tangos sentimentales y mediocres, como La pastora que lo retrata. Siempre se soñó arreando rebaños de hombres a su redil ideal. Pero apostaría que el hijo del proletario inglés se puso un día una camiseta con su cara, en algún festín con aperitivos de mescalina y postres de marihuana.

Por alguna razón incomprensible, el argentino fue casi un santo para la generación de los nadaístas y los jipis. Como un nuevo Jesús. Fueron años felices y despistados. Cuyo despiste se prolonga hasta hoy. Sin la felicidad. Pues el dandismo de Lennon pasó de moda. O si aún se usa parece más un impostura que un gesto de autenticidad. Lo mismo que el cataclismo universal que buscaba el otro en su estulticia.

Lennon leía a Blake y a Joyce, a quien imitó en sus textos abstrusos e intraducibles. El otro, a León Felipe. Me acuerdo que yo le escribí un horrible poema lacrimoso el día cuando lo emboscaron en Bolivia, como él había emboscado. Y después lo acribilló un sargento borracho como él había acribillado a otros. Y ahora el lugar es un destino turístico tasado en dólares. Qué paradoja.

Por años conservé la fotografía de su cadáver en un lavadero boliviano, descalzo, sin nada en los bolsillos. Pero la eché a la basura cuando descubrí la trampa de su falsa belleza y me liberé de su influencia macabra. El muchacho inglés también fue tiroteado por un admirador de mala suerte, en el recibo del edificio Dakota de Nueva York. Pero sus canciones se siguen cantando. Mientras el Che es desplazado hacia los vertederos de la historia como un sol podrido con su aureola de hojalata y su retórica de pacotilla. Amén.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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