Por qué no hubo fiesta

Por qué no hubo fiesta

Nos duele pagarles la generosidad de perdonarnos la vida con la plata de nuestros impuestos. 

04 de julio 2017 , 01:56 a.m.

Fernando González dijo que aquí no estamos preparados aún para nada grande. Y por eso nos encanta alardear, para compensar el sentimiento de inferioridad. Fingimos que estamos haciendo historia, cuando tan solo podemos envanecernos, si acaso, de haber hilvanado en el tiempo una serie de anecdotarios pintorescos, a veces de una mezquindad aterradora. Porque no están escritos con los principios del honor, sino con vanidades de circo.

Alguien se quejaba porque el día del desarme de la horda ‘farciana’ la gente no se hubiera echado a la calle a celebrar, en un país que arma un zafarrancho con muertos a la menor incitación, por un gol, por ejemplo. Es que esta nación, aunque vive de tontería en tontería desde que la fundaron rompiendo un florero en un mercado de burros, ya se siente razonablemente cansada de la ociosa diatriba que ha sido su empeño secular. Y ya no nos causan gracia, ni siquiera poniendo caras estratégicas de buenos, con las manos desnudas, los comandantes guerrilleros con sus panzas oligárquicas.

Uno se pregunta por qué siguen ostentando en el pecho la cara del Che Guevara. Ese sicópata argentino que, ustedes recuerdan, aspiraba en los años sesenta a incendiar los cinco continentes. Y que le escribió una carta a su padre, era entonces el primer verdugo de Cuba, donde le dice que le estaba encontrando el gusto a eso de matar. Un médico muy raro. Si fueran sinceros, los comandantes deberían cambiar de paradigmas. Y olvidarse de estos personajes tragicómicos.

No son 53 años de guerrillas, como quieren hacernos creer los tergiversadores izquierdizantes de la memoria histórica. Son 200 años largos de canibalismos los que llevamos a cuestas, si no más, contando los sacrificios humanos de los templos pajizos de los precolombinos, sus guerras floridas hechas a pedradas, borrachos de chicha, y acabadas en un festín de corazones vivos.

Claro que son preferibles una paz coja y un desarme relativo a una guerra aunque sea imperfecta, como todas las nuestras, artesanales y viles, por los derechos de Cristo Rey y por los de las masonerías liberalizantes enemigas de los jesuitas, un tiempo, por el trapo rojo o el azul, después, o en fin, por el deseo torpe de trasplantar la tiranía esteparia de Lenin a un país ya mutilado dos veces: una cuando lo emascularon los primeros misioneros católicos, y la otra después del desastre de la independencia liderada por Simón Bolívar, un millonario venezolano dado a las depresiones, que escribió una página al margen de la historia del capitalismo, cuando se enfrentaron el dinámico imperio inglés y el imperio parasitario de los españoles, a quienes tanto queremos a pesar de todo. Pues, qué carajos, nos integraron a las poderosas tradiciones de la Europa cristiana. Síntesis intrincada del África y el Asia. Es decir, a la corriente de la gran historia humana.

Lo que parece más conmovedor es que la euforia de algunos convierta en histórico un pacto opaco entre la estulticia y la ignorancia, que son las palabras que mejor inscriben los círculos viciosos de nuestros anales. Un cronista ‘fariano’ dice que algunos guerrilleros se despidieron de sus fusiles moqueando. Y que se tomaron fotografías con su fierro para despedirse de este como de una novia. Cómo estarán de deformados. Quién les reduciría el cerebro de ese modo.

Gorbachov, casado con una experta en Shakespeare además, tuvo la sinceridad de reconocer la bancarrota de la esterilizadora escolástica de los bolcheviques. Pero por alguna razón, aquí la utopía gris sigue contando con devotos. Y al 50 por ciento de nosotros nos duele pagarles la generosidad de perdonarnos la vida con la plata de nuestros impuestos. Y sentándolos en el odioso parlamento burgués a devengar. Por eso la gente no celebró. Por fatiga. Porque el sainete está pasado de largo. Y lo que falta promete ser aún más tedioso e irritante.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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