Los encuentros esenciales

Los encuentros esenciales

Es extraño cómo los seres entran y salen de nuestra vida. No solo las benditas mujeres.

18 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Hace días, en una oficina a donde fui por unos de esos pormenores burocráticos a los que nos someten a los jubilados los torpes funcionarios del Ministerio de Hacienda, salió a recibirme una mujer de andar altivo, y me sonrió, y su sonrisa iluminó el mundo, y acercó su mejilla a la mía, y el contacto fue como una experiencia mística. Tantos años de andar para esto, pensé. Para esta nieve tibia. Me dije. Y la señora debió notar mi estupor porque me puso a cargo de la única persona que podía ayudarme, así me dijo con voz bien timbrada. Y desapareció. Y yo sentí que fracasaba una vez más en el amor. Y entonces escribí una columna sobre los nombres de las mujeres.

No soy un casanova tropical, como algunos ilusos creen por un error de percepción. Pero en este largo y ya claudicante camino de la vida, sin querer queriendo los dioses han convertido mi corazón en un hermoso cementerio de señoras, de alegrías podridas que una vez perfumaron, y que a veces vuelven en los embrujos de los sueños como fueron hace ya tanto que duele, sonriendo con sus dientes completos, y sus pechos erguidos en flor, antes de conocer la amargura.

El lector puede imaginar lo que quiera. Que la señora de la mejilla volvió a mi vida por una llamada telefónica equivocada, como a veces sucede. Y que pude comprobar que su espalda y sus nalgas eran tan bellas y tersas como su cara. O que solo volví a verla en la duermevela de un sábado, fantasma dorado de procedencia cibernética.

Los dioses han convertido mi corazón en un hermoso cementerio de señoras, de alegrías podridas que una vez perfumaron

Las mujeres pueden ser generosas hasta la abnegación, comenzando por la entrega del cuerpo que realizan abriéndose en cruz, acogiéndonos, y pariéndonos. Pero también hay mujeres como Clitemnestra y lady Macbeth. Para poner dos ejemplos populares. Y como la ‘fariana’ comandante Karina y como la Gaitana o las hermanas Fernández del Cono Sur, de larguísimas uñas multimillonarias. O como la que inventó el bloody Mary.

Consulten cualquier antología de poesía, las bibliotecas ahora las llevan a domicilio. Todas están llenas de trenos de amantes vestidos de mil maneras y deshechos en lágrimas de distintos calibres por las atrocidades que les inflige una dama. La mujer siempre triunfa. Sobre todo cuando se finge vencida.

La señora Florence Thomas glosó en este periódico mi columna sobre los nombres de las mujeres donde también hablé de un poema de Eliot. Y, claro, retorció mi reflexión arguyendo que las mujeres se quieren y se apoyan. Florence cae otra vez en ese feminismo, tan de ella, que resulta intolerable para la razón, porque es una falacia ideológica. Las mujeres no son buenas con ellas. Y todas lo saben, hasta las feministas que suelen despreciar a las bonitas. Y todas lo reconocen, menos las feministas, en sus momentos de honestidad, en las expansiones de verano, al tercer martini. Las mujeres son tan corruptas e implacables como los hombres. Basta abrir el periódico para probarlo.

Las mujeres pueden ser espléndidas. Y también, crueles. Sobre todo con ellas. Hace días alabé los ojos de una que pasaba en una reunión de restaurante con señoras, y tres corearon: lástima las piernas. Y batieron la aceituna del coctel como si lo hubieran dicho sin darse cuenta.

Es extraño cómo los seres entran y salen de nuestra vida. No solo las benditas mujeres. También los amigos, que son como almas de repuesto. Y hasta las mascotas. Y los virus que hospedamos. Y es aún más extraño que algunas personas al salir de nuestro espacio vital apenas se noten después. Mientras otras dejan un vacío que retumba insistentemente en adelante como si formara parte de nuestro destino. Freud dijo que cuando le decimos adiós a una persona, no valía la pena conocerla. Pero Freud se equivocó en tantas cosas...

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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