La involución bolchevique

La involución bolchevique

Las penas del pueblo ruso solo empeoraron con la revolución que se dio hace 100 años. 

24 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

En el centenario de la llamada Revolución de octubre, es hora de preguntar si fue una revolución o la involución de un proceso. La primera revolución, llamada de febrero, realizó con retraso las ideas de la Revolución francesa: puso fin a la autocracia, canceló el fósil feudal de la servidumbre, proscribió los castigos corporales en el ejército e instauró un reino relativo de libertades: la libertad de prensa, de opinión, de movimiento, para comerciar.

Y arrancó al zar el derecho a la formación de organismos representativos de la sociedad donde esta pudiera participar en la solución de sus problemas y la planeación del porvenir. El suelo, los cuerpos y las mentes dejaron de ser propiedades del zar. Se inauguró un nuevo orden, semejante al de las naciones que en Europa habían derribado los ídolos y los mitos medievales.

Un montón de partidos identificados en la ilusión colaboraron en el intrincado movimiento, que, en un país monstruoso como Rusia por el tamaño y el espíritu, constituyó algo como un cataclismo geológico. Socialistas, liberales, anarquistas, campesinos, soldados y popes arrostraron la tarea de reinventar la justicia. La facción minoritaria de los bolcheviques acabó asaltando el poder por la fuerza, y valida de la capacidad para la intriga de su líder, un pelirrojo con una inmensa malicia para desunir, aterrorizar y poner a sus enemigos contra sí mismos.

Un paso más allá de la revolución burguesa de Kerenski, el demonio esperaba a Lenin del brazo de Trotski para una sórdida tarea.

Lenin cayó en la obsesión de injertar el marxismo en un país plagado de miserias, aunque era la quinta economía del mundo y aunque su padre, un parásito al que alguien llamó “rentista de la revolución”, había ideado la fantasía para un capitalismo maduro, como última transformación necesaria de la industrialización. Y el híbrido recreó el infierno. Un paso más allá de la revolución burguesa de Kerenski, el demonio esperaba a Lenin del brazo de Trotski para una sórdida tarea.

Desmontado el aparato zarista como una mariposa de trapo, entre los tres, Lenin, Trotski y el demonio del Bulgákov de 'El maestro y Margarita', trajeron el caos primero y después una tiranía implacable como no había visto la humanidad. Luego de la hambruna, la guerra civil y todo el poder para los sóviets, los zares fueron baleados como perros en un oscuro sótano. Y lo demás fue la esterilización del alma de la patria de Tolstói y Dostoievski y Malévich.

La censura se hizo más gravosa. La policía empeoró. Todos los ciudadanos pasaron a ser delatores de su vecino. Cubrían sus radios para charlar, temiendo que tuvieran orejas y ojos. El lema de ‘la tierra para el que la trabaja’ resultó significando que la tierra era del Estado bolchevique, como antes había sido de Nicolás. La servidumbre fue cambiada por la esclavitud. Los campos de Siberia se llenaron de poetas, periodistas y simples lengüisueltos que osaron una crítica, y muchos fueron obligados a desviar ríos a pico y pala. En los juicios multitudinarios, miles de intelectuales, aún adictos a la farsa, clamaron de rodillas en los tribunales convertidos en escenarios para el examen de la conciencia de clase y el escarmiento como espectáculo, y a veces se culparon de pecados que no cometieron contagiados por la paranoia. La prédica de los archimandritas había sido reemplazada por la mística revolucionaria de los comisarios.

Las penas del pueblo ruso solo empeoraron con la revolución. Iván el terrible volvió a vivir al Kremlin con Stalin. Y en vez de la igualdad surgió la aristocracia de los burócratas del arrevesado edén, la nomenclatura. Extraña que ese humanismo gansteril plagara el planeta de devotos. Un poeta griego comparó a Lenin con Cristo y Buda. Luis Tejada hizo su loa en Calarcá. E incluso Bertrand Russell se llenó de entusiasmo. Hasta que en una entrevista con Lenin, este le contó cómo puso a los campesinos pobres contra los ricos, que colgaron de los árboles. Russell recordaría la risa que soltó después: me heló la sangre. Escribió.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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