La chica gay de Damasco

La chica gay de Damasco

Las redes sociales tal vez propician nuevas maneras de hacer novelas.

31 de julio 2018 , 12:00 a.m.

El blog de la joven siria combinaba relatos de su país en llamas con llameantes confesiones lésbicas. Y despertó la curiosidad de los transeúntes de las autopistas virtuales. Las agencias de noticias descuidaron el holocausto sirio, las ciudades en escombros, los bombardeos, la grotesca carnicería multinacional, para centrarse en su experiencia, que mezclaba hábilmente detalles sobre sus fruiciones sáficas con agudas consideraciones políticas y vívidas crónicas de la vida bajo la tiranía de Bashar al Asad. 

Las revelaciones sensuales y la enumeración de las desgracias de la libertad reprimida por las soldadescas incluso hicieron que otra jovencita, canadiense quizás, se enamorara de ella fatalmente sin saber que Amina era un espectro. Y que iba a sufrir cuando lo descubriera, que le iba a doler hasta el ilíaco. Olvidé muchos pormenores de la anécdota. Además, llegué tarde al relato. El hecho es que un día inesperado para sus ya innumerables admiradores, corrió la red por caminos sesgados de primos y amigos, una noticia: Amina, escapando de Damasco con ayuda de su padre, había sido secuestrada por la dictadura.

Una cosa así debía levantar el clamor planetario no solo entre los militantes de las heterodoxias sexuales. En Facebook, entre los ruiseñores de Twitter, por WhatsApp e Instagram, el anuncio, como suele decirse, se viralizó. ¡Amina, secuestrada por la policía! Lo más probable era que la torturaran. Que, en venganza por sus inclinaciones sexuales, la violaran muy premoderna, machística y espantosamente los sádicos del régimen antes de arrojarla en la fosa común. Había que salvarla. Tenía ciudadanía norteamericana. Eso ayudaba. Había que recurrir a las más altas instancias de los organismos internacionales que defienden los derechos humanos.

Y si los youtubers son los Homeros de ahora, por insulsos que sean. Madame Bovary soy yo, dijo Flaubert. Tom MacMaster, creador de Amina, sabe que esta lo supera.

Pero un suspicaz se pregunta por la sustancia de Amina. Rastrea sus huellas en la telaraña virtual, en las circunvoluciones del gran cerebro universal de internet. Revisa registros de universidades y defunciones. Vínculos ocasionales de apariencia banal, fotografías, videos. Y descubre que Amina no puede haber sido secuestrada. Pues no existe. La muchacha homosexual raptada en Damasco es un gringo heterosexual viviente en Edimburgo. Y las fotografías del blog son las de una croata de 20 años, como Amina, ignorante de que es obligada a participar en una minuciosa patraña. Autor de novelas que las editoriales desecharon, el inventor de Amina, según entendí, desenmascarado, solo siente ganas de vomitar. Y confiesa: soy un novelista frustrado. Y me pareció divertido. Y me he vuelto un extraño para mí. Hoy soy Amina. Amina vive en mí y habla por mí. Y es mejor que yo. Más inteligente e íntegra. No lo lamenta. Sin embargo.

Las redes sociales, más allá de las injurias de que algunos lectores cagajoneros hacen objeto a los articulistas de los periódicos, cacógrafos con una pobreza léxica y conceptual abrumadora y una ignorancia enciclopédica casi siempre; y más allá de los inesperados contertulios que pegan en tus muros la foto de una abuela en Cartagena y te preguntan si quieres ver otras; y de los corresponsales de Hotmail que te dan consejos espirituales con palomas volando en un fondo crepuscular ‘fotoshopeado’, tal vez propician nuevas maneras de hacer novelas. Como esta donde los lectores convertidos en personajes de la obra enriquecen la trama con sus vivencias y se relacionan con sus protagonistas reales e inventados de tú a tú. Y si los youtubers son los Homeros de ahora, por insulsos que sean. Madame Bovary soy yo, dijo Flaubert. Tom MacMaster, creador de Amina, sabe que esta lo supera. Y que hasta los amigos que le inventó son más interesantes que él. Pero ¿MacMaster no será una suplantación fraguada por una directora de películas ingeniosas? Uno se siente con el principio de identidad embolatado. Como un origami que pliega un desconocido en otra dimensión. “Yo soy tu perro, Señor. Pero ¿cuyo perro eres tú?”. Preguntaba un filósofo en Envigado.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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