El revolucionarismo literario

El revolucionarismo literario

Los intelectuales deberían ser más cautelosos. A veces afilan el cuchillo para su propio pescuezo.

01 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Muchas personas que pasan por inteligentes, y se lo creen, y a veces incluso escriben de lo más bonito, a estas alturas aún tienen la desfachatez de declarar sin reírse (falsos testigos), figurando con la boca el culo de la gallina cuando se sienten obligadas a poner rosarios de huevos tautológicos, que la revolución de los hermanos Castro redimió al pueblo cubano y que Hugo Chávez fue un gran líder que inauguró la equidad en Venezuela. No se dan cuenta de que la palabra ‘equidad’ pertenece a la clase de las ambiguas. De las abstracciones poliédricas. Y no saben que nombró una funeraria en Manizales.

Equidad es un sinónimo imperfecto de la noción de igualdad, que encierra tantas posibilidades de caer en la injusticia. Yo no soy de los que creen que los pobres tienen siempre la razón. Y más bien pienso que es imposible ser razonable e indigente al mismo tiempo. Los intelectuales deberían ser más cautelosos. A veces afilan el cuchillo para su propio pescuezo.

Uno se pregunta por qué, si son tan sabios como posan, ciertos intelectuales no han sido capaces de ver el engaño patente en los libros de historia política contemporánea. Un amigo mío mamerto de toda la barba me pregunta cada vez que nos vemos que por qué odio a Lenin. Y siempre le contesto lo mismo. No lo odio, hombre, le digo, lo que pasa es que con Lenin uno no tiene que hacer demasiados esfuerzos para repudiarlo. No se bañaba. Y las dos cualidades protuberantes de su personalidad fueron la cobardía y la hipocresía, es decir, la capacidad para ocultar entre palabras lo que pensaba. Y al fin inventó un infierno mientras anunciaba un paraíso. Entonces mi amigo se desata invariablemente en una apología de la URSS de antes de Gorbachov.

Uno se pregunta por qué, si son tan sabios como posan, ciertos intelectuales no han sido capaces de ver el engaño patente en los libros de historia política contemporánea

En mi juventud atolondrada yo también pensé que Lenin era otro Cristo. Como muchos en mi generación, abandoné la Iglesia católica para militar en las capillas del comunismo y cambié los evangelios por los axiomas de Marx. E interesándome en Lenin acabé por descubrir la torpeza en la gran construcción ideológica que envenenó la vida de Occidente durante un siglo y lo arrastró a los peores desgreños morales. Los comunistas representaron para Occidente el papel de los bárbaros. Y amenazaron las conquistas que la civilización cristiana construyó en medio de enormes fatigas y terrores indecibles.

Mario Vargas Llosa dijo en entrevista reciente que Gabriel García Márquez era un hombre que despreciaba las ideas. Que, como muchos poetas, era más emocional que racional. Y por eso pudo ser amigo de Fidel Castro tanto tiempo sin sentir asco. Nadie ha notado que cuando amagó el cáncer, corrió a ponerse en manos de los médicos gringos. Chávez, más bruto, y más paranoico, se confió a la medicina cubana. De vudú y alacranes azules y moringas de fantasía. Y le fue como le fue.

Algún chistoso dijo que es bueno tener grandes sueños siempre que no nos dé por ponerlos en práctica. Por la experiencia de muchos amigos como tengo a la izquierda, me asiste el derecho de suponer que, engolosinados en sus obcecaciones, no son conscientes de que empollan con las irresponsabilidades del revolucionarismo literario un desorden letal que atenta contra el espíritu humano que deberían cultivar. La gran ofuscación del socialismo asiático tiene a Cuba convertida en un limbo de muros descascarados, y a Venezuela sumida en un caos ridículo muy latinoamericano, además. Alguien dijo también que no debemos atribuir a la maldad lo que puede achacarse a la estupidez. Le faltó agregar que esta a veces no es otra cosa que la vanidad de empeñarse en tener la razón contra los hechos. Pero mejor me voy. Antes de que empiecen a gritar. Y a acusarme de derechista. Porque reconozco desvergonzadamente mis decepciones.

Ahora brilla una estrella enorme y azul en el horizonte. Como si estuviera enamorada. Es cosa suya.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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