‘Cambiar el futuro’

‘Cambiar el futuro’

El libro de Pizarro, ‘Cambiar el futuro’, cuenta la historia de un país negado a la modernidad.

15 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

No suelo leer los libros dedicados a la coyuntura, los políticos y los estafadores de moda, siempre tan cerca; los ladrones de cuello blanco y club por cárcel, y los violentos de pistola al cinto que se la juegan en la calle. Sé que todo eso no es más que la superficie de lo que está sucediendo de veras, la espuma de los hechos más brutales y decisivos de las profundidades de las cosas. Pero alguien me regaló el libro de Eduardo Pizarro, 'Cambiar el futuro', y llevado por la bibliofagia invencible acabé leyéndolo. Se presenta como la historia de los procesos de paz en Colombia entre 1981 y 2016. Pocos para una crónica tan conflictiva como la nuestra. Muchos para un siglo en cualquier parte.

Colombia se ha pasado haciéndose la paz entreguerras, desde antes de Uribe Uribe. Hasta la actual paz de Santos cada presidente cargó con la tarea de reconstruir la concordia en ruinas. Barco, Belisario, Gaviria, López, Pastrana, Uribe, Turbay, nombran la vieja frustración: el caos biológico que ya nos aquejaba cuando desembarcaron los primeros europeos con los primeros burros, la primera pólvora, y el primer devocionario: la guerra y el sermón contra la guerra suelen ir de la mano.

Un amigo que amé mucho decía que la anécdota es la anemia de la historia. El libro de Pizarro deja la mala impresión de que esta comunidad que conformamos ha sido incapaz de construir un hogar racional, unas instituciones y unas normas más allá del papel y el palabrerío. En Colombia la inteligencia linda muchas veces con la mera malicia. Para rematar en lo obsceno. El libro cuenta el pordioseo de los actores del conflicto por las cortes de los países más razonables que nosotros o más afines en la tontería, para que vengan a ayudarnos a resolver nuestros problemas.

Colombia ha sabido mantener el grotesco latinoamericano en unos límites, un desorden más o menos artesanal. La mediocridad tiene ventajas

El libro quiere encontrar una maduración, culminante en los actuales acuerdos de paz, después de un montón de intentos vanos por inventar un propósito nacional distinto de matarnos por esperanzas envenenadas en iglesias podridas. Expresa el milagro al revés de una nación débil, de gobernantes temerosos de su poder, enfrentados a variopintas pandillas de héroes de alfandoque. La política es la religión laica. Y, como en las religiones de la prehistoria, para nosotros todo acaba una y otra vez en una borrachera de corrupciones, o como ahora en la decadencia del sentido del honor que es la forma del respeto por uno mismo. Pero el honor ya es en todas partes otro fósil en el museo de las abstracciones. Como el culto de la virginidad.

Le queda a Colombia hasta hoy el consuelo de no haber conocido la brutalidad sistemática de las dictaduras militares del Cono Sur, ayer, ni el sainete del socialismo del siglo XXI, hoy. A pesar de las vilezas evidentes, Colombia ha sabido mantener el grotesco latinoamericano en unos límites, un desorden más o menos artesanal. La mediocridad tiene ventajas. A veces protege de la desmesura.

Coda. El despelote del vecindario nos contagió la aftosa que habíamos erradicado. Pero la amenaza no es solo para las vacas. Es la espeluznante probabilidad de que el loco Maduro, en un ataque de megalomanía bolivariana, se desmadre. Últimamente le dio por profetizar el año cuando Venezuela liberará otra vez a Latinoamérica como hizo Bolívar. Por qué la izquierda colombiana se niega a condenar la fantasía deplorable del socialismo siglo XXI. ¿Por falta de criterio? La acrítica señora del turbante batiendo pestañas postizas dijo que ella no lo juzgaría ni siquiera si eso le diera votos.

El libro de Pizarro cuenta la historia reciente de un país negado a la modernidad. Plagado de supersticiones. Exportador de bandidos, payasos, mitómanos, decoradores y gimnastas, cuya principal actividad económica sigue siendo el comercio de tierra cernida como en años de Carlos V, cuando Popayán estaba más cerca del Pirú que de la lanuda Bogotá.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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