Algunas ñoñerías

Algunas ñoñerías

Las corrupciones en las cortes son tan viejas como las cortes.

26 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

El mito de Luzbel está mal contado. Este no retó la soberanía divina al negarse a adorar a Adán por envidia de sus cualidades, sino porque detrás de la perfección aparente, de la armonía de las proporciones, semejantes a las del Creador, del nuevo ser, Luzbel advirtió los ácaros camuflados, las gusaneras del corazón, los deletéreos gases estomacales, el peso del saco intestinal, plaga de bacterias, y la malicia para desdoblar las palabras de la verdad en las del hipócrita.

No sé quién entre los grandes hombres consagrados lleva exento de miserias el ajuar de sus virtudes. Me dirán que Jesús. Pero Jesús no fue piadoso consigo mismo. Y nos hizo trampa: morir por nosotros para volver no es jugar limpio. Cuando a nosotros solo el absurdo de la fe nos garantiza que su resurrección redimió nuestros límites. Tal vez todo no fue más que una broma pesada.

Que el mundo fue y será una porquería canta el tango. Las corrupciones en las cortes son tan viejas como las cortes. Pablo dijo que la ley hace el pecado. El poder es una desgracia para los que mandan y los que acatan. Ríos de dinero corren bajo las mesas en los despachos de los beneméritos que la sociedad nombró para que nos representen, desde los tiranos griegos que rebajaron a sus madres a amantes de algún héroe hediondo y los romanos que se endiosaban por decreto. Y todo acaba siempre en las mismas crisis cíclicas del honor. En el imperio de la sinvergüencería. Como hoy.

Pablo dijo que la ley hace el pecado. El poder es una desgracia para los que mandan y los que acatan

Dicen que nos representan los mejores. Pero yo dejé de creer hace tiempos en los que juran morir por mis derechos. La inercia del progreso de las técnicas traza la línea de nuestro destino. No el moralista. Caínes hubo siempre. Y Judas que venden a sus amigos. O que secuestran un vecino por una frutería inventándole una novia canalla. O lo hacen matar por quedarse con su mujer, como hizo el santo rey David. La Biblia, el libro estructural de la civilización que habitamos, está tejido sobre urdimbres de negocios chimbos, y el cuento de tramposos se apoderó del corazón del mundo por afinidad, de las mentes de las manadas humanas que corriendo desde los cromañones se aglomeran hoy en sus torres de vidrio y corren las calles y matan y roban y estafan. Dicen que los libros nos salvan del susto de las cosas presentes. Pero la memoria no basta para comprender lo que está sucediendo. Y el asco es inevitable en las corruptelas del día, ante las ñoñerías de los ñoños, sabandijas incomparables con los grandes saurios que invitaba Petronio a sus festines, que al fin y al cabo gozan del encanto de las antiguallas.

Bolívar, el genio criollo reeducado en las cortes europeas de los malos modales tropicales, temía dos cosas: que no estuviéramos preparados para la libertad, y la mezquindad de los que entienden el Estado como una vaca sobre la cual cumplen el papel de las garrapatas según las jerarquías del deshonor. Nada que ver con Hegel.

En los tiempos de mi infancia el personaje más respetado de la tribu de mi padre era un juez. El doctor Osorio era casi sagrado. El que tenía la clave del orden, el equilibrio, la última palabra de la sanción social. Y era pobre. Vivía en una casa pequeña pero limpia. Ser el dueño del veredicto sobre los hechos era entonces una carga honrosa y trágica. Pero a estas horas ya no tiene valor el juicio porque tiene precio. Cuando en algún momento de la historia los hombres comenzaron a confundir el éxito personal con la riqueza, todo comenzó a joderse.

Pasan los dignatarios ante las manadas humanas bajo las banderas, con togas y morriones, baten tambores, se hacen cruces bajo los palios, protestan contra la disolución de los principios, y muchos tienen esta noche una cita sombría para partir una marrana. Mientras más adornos, cintajos, músicas halagüeñas y pompas de palabras, peor la sospecha de que hay una porquería emitiendo un hedor bajo la alfombra.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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