Educación pública y posconflicto

Educación pública y posconflicto

Cada joven con acceso a educación pública de calidad es una razón menos para la guerra.

01 de agosto 2016 , 05:36 p.m.

Aumentar de forma significativa la inversión en la universidad pública, en conjunto con la puesta en marcha de una ambiciosa política para expandir su oferta en todas las regiones del país, en especial en aquellas mayormente afectadas por la violencia, puede ser la apuesta más estratégica para asegurar una paz duradera.

No es secreto que uno de los más grandes desafíos que tenemos para lograr sostenibilidad en la meta de cerrar por siempre la era de subversión terrorista en Colombia es que seamos exitosos en la fase de posconflicto que se avecina. Existen numerosos antecedentes históricos que nos muestran que un mal manejo de dicha etapa se convierte en caldo de cultivo y escenario para nuevas fases del conflicto. Adicionalmente, de manera independiente a la ideología y principios que las Farc pudieron o no tener, es evidente que las causales de nuestra guerra eterna incluyen, entre otros, los fenómenos de inequidad, injusticia y corrupción.

Según Jay Snyder, fundador y director de Open Hands Initiative, influyente organización internacional dedicada a promover el entendimiento y amistad entre pueblos y naciones, una de las formas de lograr el éxito antes mencionado es a través de victorias tempranas que permitan mostrarle a la sociedad, en especial a aquellos que padecen condiciones desfavorables, que el contexto del posconflicto le conviene y que es real la promesa de un mejor futuro.

Lo anterior no es sencillo. Son tantas las brechas que enfrentamos y tan complejas sus causas, que resulta equivocado e ingenuo pretender que las soluciones llegarán como consecuencia lógica o inmediata del acuerdo final. Las oportunidades de empleo y ascenso social, la garantía de atención médica de calidad, el acceso a vivienda digna y a servicios públicos domiciliarios, las condiciones de seguridad en las ciudades, la protección del medioambiente, el desarrollo de infraestructura que nos permita competir en un mundo globalizado, y la limitada capacidad institucional de los entes del Estado son desafíos que teníamos en tiempos de guerra y que seguiremos teniendo en tiempos de paz.

La diferencia es que la esperanza de un país sin conflicto interno genera una expectativa que antes no teníamos. Ciertamente, somos mejor sociedad al ser más exigentes y esperar más para nuestras vidas, y esa es una de las más interesantes implicaciones de la paz. Pero esto viene acompañado del peligro de que la esperanza se convierta en frustración y la ilusión en desconsuelo. Y con ello, el riesgo de estar generando renovadas razones para la ira y la justificación de la violencia como herramienta de reivindicación. Esto en medio de una tradición y cultura en las que somos propensos a las vías de hecho y en donde centenares de miles de jóvenes enfrentan dificultades para encontrar su lugar en el aparato productivo nacional.

Ojalá que la firma del acuerdo final la hagan en la sede de la Universidad Nacional y ojalá venga acompañada del lanzamiento de una nueva era de formación superior, en la que el presupuesto que se dedicaba a la guerra se destine ahora a dar oportunidades de capacitación técnica y formación profesional a todos los jóvenes del país. Esto, en un ejercicio conjunto con el empresariado productivo para asegurar que las competencias y habilidades por desarrollar sean consistentes con las necesidades de los diferentes sectores de la economía.

Transformar nuestra sociedad es algo que tomará largos años, pero siempre nos será posible encontrar las mejores maneras de dar los primeros pasos. Cada joven con acceso a educación pública de calidad es una razón menos para la guerra y un peldaño más que habremos escalado para que lo acordado en La Habana se traduzca efectivamente en una Colombia en paz.


Eduardo Behrentz
@behrentz

Columnistas

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