La reforma

La reforma

En vez de meterle la mano al bolsillo al ciudadano de a pie, miremos cómo combatimos la corrupción, que se come 22 billones del pesos al año.

04 de noviembre 2016 , 08:44 p.m.

La nueva reforma tributaria me ha servido para descubrir –confirmar, mejor– que soy un hombre ordinario. Común más bien, como para suavizarlo. Van a gravar los huevos y el Netflix, los cigarrillos y la gasolina. También, el chocolate, el periódico, el café y las pastas, así como los planes de celular. De paso, va a subir la carga tributaria de los televisores, la cerveza y las compras por internet.

Pero si eso de arriba lo consume todo el mundo, dirán. Pues por eso digo que soy un hombre ordinario, como cualquiera. Están atacando al ciudadano promedio; a la clase baja que se las da de media, a la media con ínfulas y a la alta que, pese a consumir como cualquier hijo de vecino, mira al resto por encima del hombro. Levantarse por la mañana y leer el diario con una taza de café en la mano o invitar a alguien a ver Netflix con la esperanza de terminar teniendo sexo nunca volverán a ser lo mismo.

Otra cosa que me ha demostrado que soy bien del común es que van a gravar los libros, lo cual me tiene sin cuidado porque no suelo leerlos. Y lo digo con la arrogancia del ignorante, misma arrogancia del culto que se cree más porque sabe de literatura. Yo leo montones, todos los días, pero no libros. Columnas, reportajes, entrevistas, tiras cómicas, manuales de instrucciones y hasta estados de Facebook, lo que caiga. La ficción me aburre, y a la literatura le cogí fastidio desde niño. Y en Colombia la gente no lee libros, por eso me identifico con la mayoría a la que no le afecta que leer se vaya a encarecer entre 12 y 18 por ciento, según dijeron las editoriales.

Por otro lado, está el nuevo impuesto a las bebidas azucaradas, ese veneno que tanto nos gusta. Parece que ya nadie toma agua porque hay que meterles sabor a los líquidos. El Gobierno lo sabe y le va a sacar provecho a ello, escudado en que se preocupa por la salud de los ciudadanos. Que no aflojemos el bolsillo, eso es lo que le preocupa. Por eso va por las gaseosas, los jugos artificiales, los tés embotellados y todo ese combo. El Estado, por un lado, y RCN, por el otro, defendiendo lo indefendible porque su dueño produce todo tipo de bebidas con azúcar, además del azúcar mismo.

El azúcar es lo mejor que se han podido inventar, pero es una droga maldita. Un amigo se acostó una noche como si nada y la mañana siguiente despertó ciego. Preso del pánico, acudió como pudo al médico, quien le prohibió el dulce.

Antes deglutía helados y postres a diario; hoy, probarlos puede significarle la muerte. Otra amiga entró a trabajar a Coca-Cola. El primer día se le acercó una persona y a manera de advertencia le mostró la foto del carné que le habían tomado un año y medio antes. El joven delgado de la imagen era hoy un señor, no gordo, obeso, producto de tomarse seis gaseosas diarias. Menos grave es mi caso: yo bajé kilo y medio la primera semana que dejé de tomar gaseosa. Pasé de un litro diario a un par de latas a la semana porque igual me gusta y no pienso dejarla.

El mundo está adicto al alcohol, al azúcar, a internet y a las armas, pero son el cigarrillo y las drogas las que señalamos como malas. También está la adicción a la comida chatarra, producto de la grasa malsana que contiene. De eso también me declaro enfermo. A falta de la cocaína y el popper, la ginebra y el whisky, las Uzis y las Glock, me desvivo por el pollo asado, la Coca-Cola y la Jumbo Jet.

Yo digo que en vez de meterle la mano al bolsillo al ciudadano de a pie, miremos cómo combatimos la corrupción, que se come 22 billones del pesos al año, el triple de lo que espera recaudar el Gobierno con esta nueva reforma tributaria. La idea no es nueva ni original, se la oí a alguien por ahí y ahora la repito, como todo el mundo. Como dije, no obstante sentirme especial, soy apenas otro más al que le van a amargar el placer de consumir esos pequeños manjares que tanto le gustan.


Adolfo Zableh Durán

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