Siempre he tenido un especial interés y sensibilidad por el asunto de la toma del Palacio de Justicia. Cuando ocurrió la toma, que después terminó en tragedia, yo estaba en un lugar privilegiado como responsable de la seguridad de Álvaro Fayad, entonces comandante del M19. Poco antes, una circunstancia fortuita me colocó por fuera del comando que realizó la toma. De alguna forma, pues, soy un sobreviviente de la toma del Palacio.
Para mí, el hecho es crucial por dos razones: marca un punto de quiebre en la reflexión que hacíamos sobre la toma del poder por las armas y en relación con los temas de la construcción de la democracia y la paz. La otra razón es más personal y tiene que ver con el perdón y la reconciliación. Lo primero puso al M19 en una lectura crítica sobre las armas, lo cual, a pesar de la guerra cruenta que siguió, nos llevó finalmente al Acuerdo de Paz. Lo segundo me ha hecho pensar que el Holocausto del Palacio es el hito desde el cual los ex combatientes del M19 podemos reivindicar el valor de la vida, aceptar con grandeza nuestro error y con generosidad pedir perdón.
Mi aproximación al tema ha sido siempre esencialmente esta última; la que podría abrir la posibilidad a un proceso de reconciliación alrededor de un hecho puntual pero trágico como ningún otro. Cuando alguna vez me atreví a plantear lo de pedir perdón, esta discusión ni siquiera tenía espacio; era un tema ensombrecido por el temor, el orgullo, la duda y el calculo político. El asunto del perdón como condición para la reconciliación incorpora a todos los involucrados, y por su dimensión, en este caso, a la sociedad. Pedir perdón unilateralmente tiene gran valor, pero no es suficiente.
Asumir las responsabilidades que quepan es un esfuerzo que demanda generosidad, grandeza e integridad. Vale tanto para nosotros como para el Estado. Hay responsabilidad por la tragedia en el M19 como en el esfuerzo militar del Estado en la retoma. No ayuda que, del otro lado, se apele al argumento fácil y peligroso que reduce los hechos a una alianza "narcoterrorista"; justifica todavía los excesos de la fuerza pública; entorpece la acción de la justicia con declaraciones de "solidaridad de cuerpo"; y "enaltece" la acción del Estado en "defensa" de la democracia.
Hay cosas que no son ciertas como parecen. ¿Que tuvimos relaciones con narcotraficantes? Eso no se puede negar. Las hubo de distinto tipo (personales incluso) y ocasión; pero jamás en el asunto del Palacio. Esta fue una operación "político-militar" -injustificable, insisto- para demandar violentamente por un proceso de paz incluso, y no un "mandado" torpe de Pablo Escobar para quemar expedientes de los que había, por lo demás, copia en otros lugares.
Si la plata del narcotráfico hubiera financiado la toma, el comando que se tomó el Palacio hubiera podido resolver un problema crucial: el uso de armas antitanques para impedir el ingreso blindado del Ejercito. Y el desenlace hubiera sido el planeado: una crisis institucional que reconfigurara el escenario del poder político en Colombia, como parte de una negociación de paz.
Como testigo excepcional de ese momento, puedo dar mi palabra sobre el impacto que el desenlace de la toma tuvo sobre la dirigencia del M19. No era una amargura solo por los combatientes perdidos y una operación fracasada, sino una insondable inquietud y una auténtica tristeza por lo que supimos había sido un gran, monumental y trágico error, superado solo por el día en que decidimos con grandeza pactar la paz.
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