Una mina para que aprovechen todos
Por: Daniel Samper Pizano | 7:30 p.m. | 16 de Octubre del 2010
El caso de los mineros chilenos debe servir para que Colombia revise lo que pasa en sus socavones.
¿Se imaginan lo que sintió el primer minero chileno rescatado cuando, al salir de la cápsula, lo atarzanó un tipo vestido de socorrista, con sonrisa de blancura perlática y casco de protección, que resultó ser el Presidente de la República? La escena en que Sebastián Piñera abraza al tiznado Florencio Ávalos ante mil millones de televidentes sintetiza cómo el socavón de San José sigue siendo y será una fabulosa mina abierta para el provecho de todos.
Primero, es obvio, para los 33 mineros y para sus familias, rescatados de una suerte que parecía ineluctablemente adversa. Segundo, para Chile, que dio notable ejemplo de eficiencia y solidaridad. Tercero, para su gobierno, que se esmeró por igual en sacar a los mineros y en obtener rédito político de la feliz aventura. Cuarto, para los medios de comunicación, que superaron la audiencia televisiva de la llegada a la Luna y el partido inaugural de la última Copa Mundo. Quinto, para todos los hombres optimistas del planeta, que han podido elaborar moralejas acerca de la importancia de la fraternidad. Muchos gobernantes que enviaron a Chile mensajes de felicitación subrayaron la importancia de la unidad por encima de las desventuras, pero mirando siempre con el rabillo del ojo a sus opositores.
Ahora, conjurada de manera impecable la que habría podido ser una nueva tragedia de la minería tercermundista, los rescatados enfrentan otro peligro devorador: el socavón del comercialismo, la trivialización, la exaltación desmedida y el olvido de quienes se hallan hoy en situación parecida a la que vivieron los mineros chilenos. Los resucitados serán objeto de una explotación mayor que la que antes sufrían, pues ya la descarada competencia comercial desplazó a los gestos simbólicos. Menciono un episodio concreto. David Villa, futbolista del Barcelona, hijo de mineros, envió su camiseta con un mensaje personal de apoyo a los compañeros sepultados. No bien lo supo el Real Madrid, quiso superar por goleada ese gesto espontáneo y ofreció camisetas para todos e invitación especial a un partido. ¿Qué tendrá que hacer el Arsenal para coronarse campeón de la caridad? ¿Ofrecer entradas a tres partidos?
Trasladen este ejemplo a otros terrenos y verán cómo los mineros ya no son pasto de las duras rocas sino de una fuerza aún más despiadada: el lucro. No caeré en la trampa de mencionar empresas, pero ya les han regalado viajes de playa a Europa, perendengues electrónicos, tiquetes a Taiwán y gordos cheques a cambio de entrevistas exclusivas, libros, derechos de cine... Muchos interesados quieren convertirlos en rentables figuras de la tele, hasta el punto de que ya los 33 lázaros crearon una agencia para manejar sus © y las reglas de juego entre ellos. No me extrañaría que grupos políticos anden en pos de Mario Sepúlveda, el más carismático de este equipo de oscuros hombres andinos. En fin: que ojalá se beneficien ellos más que quienes aspiran a enriquecerse a costa suya. Lo merecen.
Es posible, pues, que perdamos a los mineros en las cuevas del "Star System". Pero no debe ocurrir antes de que el mundo, y en nuestro caso, Colombia, revisen las condiciones de sus explotaciones mineras, a menudo arcaicas y mucho más peligrosas que las de Atacama. La prueba es que, en lo que va de año, han perecido en nuestro país más mineros -quizás el doble, ni siquiera se sabe la cifra exacta- que los salvados en Chile. En Amagá murieron entre 16 y 72 en junio; dos más en Boyacá una semana después, y otros seis en octubre en Santander. Cuando escribo esta nota acaban de morir dos y hay dos más cuya suerte se desconoce. Pero no solo son indignantes la devastación humana y la explotación laboral, sino los destrozos de la minería contra el medio ambiente y los contratos de que gozan las empresas.
Si Juan Manuel Santos quiere ser solidario con los mineros chilenos, no basta con enviarles mensajes. Debería revisar las condiciones oprobiosas en que operan nuestras minas, las concesiones leoninas otorgadas a sus explotadores y los problemas ecológicos que están creando.
Desde hace varios años, el autor del texto recibe comentarios a su columna en cambalache@mail.ddnet.es.
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