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Mis tiempos en EL TIEMPO

Por: DANIEL SAMPER PIZANO | 11:38 p.m. | 29 de Enero del 2011

Memoria de algunos personajes que construyeron un periódico centenario.

Juan Tomás de Salas decía que una publicación que se respetara era, esencialmente, "un loco y un proyecto". Al decir loco quería decir soñador y al decir proyecto quería decir un diario, una revista... Juan Tomás fue el loco que inventó Cambio16, aquel proyecto maravilloso que abrió el camino a la prensa democrática en España y se liquidó cuando él, quebrado, vendió la revista por una peseta y se sentó a esperar una muerte que tardó poco en visitarlo.

Varias de las más célebres empresas periodísticas del mundo han tenido su loco y su proyecto: el New York Times, Arthur Ochs Sulzberger; el Washington Post, Ben Bradlee; Time, Henry Luce; Le Monde, Hubert Beuve-Méry; El País, Juan Luis Cebrián.

Eduardo Santos fue el soñador de ideas republicanas, progresistas y demócratas que en 1913 adquirió EL TIEMPO y convirtió una modesta hoja bogotana en un gran diario internacional. Santos desdeñaba el negocio; su obsesión era un diario nacido para defender ideas liberales. Lo recuerdo como un hombre severo, "siempre de negro hasta los pies vestido", pero no tan ajeno al humor y la ternura como se cree. Mencionaba algunas cosas con nombres que les había dado a media lengua su hija, que murió siendo aún niña, y contaba frecuentes anécdotas personales y de figuras históricas.

En mayo de 1964 ingresamos a EL TIEMPO Enrique Santos Calderón y yo. Pocos meses después lo hizo Luis Carlos Galán. Éramos tres universitarios que, a tono con la época y plenos de razón, protestábamos contra el sistema y pedíamos un urgente cambio social. Todos nos sorprendimos cuando el venerable doctor Santos nos bautizó "los Arcángeles" y dio en la flor de convocarnos a almorzar para oírnos y, sobre todo, para que lo oyéramos. Al recibir la ocasional invitación corríamos a pedir corbatas prestadas y afeitarnos la barba incipiente, para golpear en la casona de la calle 67 lo menos impresentables que se pudiera.

Hoy, cuando cumple cien años este diario, me doy cuenta de que he recorrido el 47 por ciento de su primer siglo reporteando, investigando, escribiendo y editando para EL TIEMPO: casi la mitad de la vida del periódico, y dos tercios de la mía.

Sigo creyendo que Salas tenía razón. Solo que a veces no basta con un loco soñador, sino que se necesita un equipo de ellos. Por eso quiero evocar a algunas de esas figuras ya desaparecidas que fueron a la vez nuestros maestros y los cimientos sobre los que se edificó y creció el periódico.

Hermano del doctor Santos era Calibán, un gran columnista y un tipo divertido, informado y pintoresco. Lo traté poco, pero alguna vez me propinó un duro y justificado regaño por haber cortado a la hora de cierre una nota suya sobre cine a la que le sobraban veinte centímetros.

Era director en 1964, y lo fue durante muchos años, Roberto García-Peña, generoso y adorable, de quien dijo Alberto Lleras Camargo que era "un hombre grande, amable y tierno, cuyo corazón no le cabe en el pecho". Alentado por el doctor Santos, Roberto cometió la audacia de darnos juego a los tres adolescentes y correr el riesgo de nuestra inexperiencia. Nunca acabaremos de agradecérselo.

De Enrique Santos Castillo, padre de mi antiguo compañero de oficina y de revolución social y del actual presidente de Colombia, aprendimos que la noticia no solo exige trabajo y pilas, sino sazón y olfato. No he conocido un periodista con su talento para detectar lo novedoso, lo significativo, lo interesante. Pero evitaba hablar con él de política, pues era un reaccionario convencido y vehemente.

Su hermano Hernando compartió con Enrique la jefatura de Redacción a regañadientes. Lo noticioso cotidiano le aburría. Como director insistió siempre en la institucionalidad, la relatividad de las cosas, la tolerancia como valor indispensable y la vanidad y el rencor como veneno de los espíritus.

Es posible que al llegar EL TIEMPO a su centenario la gente vea en esta casa una institución impersonal y maciza. Yo veo seres humanos. Los que acabo de nombrar, y decenas más que han sido mis compañeros, mis amigos.

Desde hace varios años, el autor del texto recibe comentarios a su columna en cambalache@mail.ddnet.es

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