Con su dulce barba blanca, su melena canosa recogida atrás y sus grandes gafas de hombre ingenuo, el sanador, herbolista y escritor Dragan Dabic ofrecía un aspecto de Papá Noel bonachón: daban ganas de abrazarlo, de ser nieto suyo. Sus vecinos lo consideraban "ejemplar" y "místico"; los niños de su barrio en Belgrado afirman que era "el más simpático y el más interesante". Dragan Dabic tenía una fiel clientela que procuraba sus sabios consejos de científico marginal y un par de editores de revistas que esperaban sus artículos.
Por eso, el lunes de la semana pasada, cuando las autoridades lo capturaron por tratarse de uno de los criminales de guerra más buscados del mundo, ni los niños, ni los clientes, ni los vecinos ni los editores podían creer que llevaban año y medio conviviendo con un monstruo. Un monstruo cuyo verdadero nombre es Radovan Karadzic, ex presidente de la República Serbia de Bosnia durante la guerra de la antigua Yugoslavia y cuyo prontuario incluye genocidio, exterminio, persecución política y toma de rehenes. Un tribunal especial de La Haya lo cita por la muerte de 12.000 civiles durante el asedio a Sarajevo y por las terribles jornadas de la villa de Srebenica, cuando en tres días de julio de 1995 mandó asesinar a 8.000 musulmanes bosnios en un ejercicio de "limpieza étnica". Karadzic huyó durante 12 años; confiado en su invisibilidad, en enero del 2007 se instaló en un sector bohemio de Belgrado convertido en el bondadoso Dragan Dabic, con papeles de un soldado muerto en la guerra.
Amén de su disfraz, contaba con la protección de los servicios secretos serbios. Apenas ganó las elecciones una coalición pro europeísta, la Policía atrapó a Papá Noel y lo entregará al Tribunal que juzgaba a su cómplice, Slovodan Milosevic, cuando este murió de infarto. Se espera que pronto le haga compañía el general Ratko Mladic, actualmente huido.
Muchas cosas preocupan y abochornan en esta historia: para empezar, que en el corazón de la Europa civilizada, y a orillas del siglo XXI, se hubiera desarrollado una guerra tan atroz como la de la antigua Yugoslavia; que los cascos azules holandeses hubieran tolerado la masacre de Srebenica; que medio siglo después del nazismo hubieran surgido émulos de Hitler; y que, estabilizados los países balcánicos, Karadzic aún se diera mañas para permanecer 12 años emboscado entre su gente.
Desde la perspectiva de los ciudadanos que trataron con Dragan Dabic, lo más inquietante es que hubieran tenido de amigo y vecino a un monstruo adorable. En su maxinovela 2666, el chileno Roberto Bolaño escribe acerca de un asesino que se injertó de amable ciudadano: "¿Cómo podía una persona que cada día conseguía una flor para ponerse en el ojal ser un criminal de guerra?".
Adolph Eichmann, asesino nazi, era un silencioso y cumplidor mecánico en Buenos Aires, donde se había escondido tras la Segunda Guerra, cuando un comando lo secuestró en 1960 y llevó a Israel, donde fue juzgado y ejecutado. "Lo peor -dijo el jefe del comando- es que no era un monstruo sino un ser humano". Varios conmilitones suyos debieron de morir en Suramérica convertidos en mansos agricultores o benevolentes anticuarios.
John Wilmot, un pícaro noble condenado a muerte por Carlos II de Inglaterra en el siglo XVII, vivió disfrazado de excéntrico italiano que, como Karadzic, vendía hierbas y específicos.
¿Quiénes son nuestros vecinos? ¿Cuántos de esos señores de flor en el ojal y esas damas encantadores esconden un monstruo pequeño o grande?
Posiblemente, más de los que creemos. Compruébenlo. Miren la televisión y verán que, después de cada asesinato de una mujer y cada violación de un niño, sale uno de la cuadra que dice: "¡Pero si parecía tan educado, tan simpático!... Era un vecino ejemplar..."
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