Es una barbaridad la orden de arresto contra el ex ministro Juan Manuel Santos, dictada por un juez ecuatoriano, y Colombia hace bien en oponerse a ella. Por esa vía, todo juez de todo país al que acometa un súbito ataque de importancia podría decretar prisión contra el alto funcionario extranjero que se le ocurra; luego verá cómo cuadra los considerandos. ¿Por qué no un juez penal de Usiacurí contra Hugo Chávez por supuesta apología de la guerrilla? ¿O, ya metidos en gastos, un promiscuo de Nemocón contra Nicolás Sarkozy por su secreto intento de rescatar secuestrados?
No es posible, sin embargo, sostener la causa contra semejante adefesio esgrimiendo una doctrina internacional tan deleznable como la que defiende a capa y bombazo el Gobierno colombiano en el sentido de que cualquier Estado puede actuar militarmente en territorio extranjero en caso de que, por sí y ante sí, se considere amenazado. Tal doctrina, aplicada por Bush, trajo la invasión de Irak y a nosotros nos tiene metidos hasta el cuello en el caso 'Raúl Reyes', cuando nuestro Gobierno sustituyó instancias militares bilaterales y tratados americanos por una decisión guerrera que produjo frutos estratégicos inmediatos, pero que, reconozcámoslo, fue un atentado contra el sistema jurídico internacional y un atroz viraje respecto a la tradición diplomática nacional.
Pagando estamos con el Ecuador el atrevido desparpajo, aunque la actuación del juez vecino represente un esperpento jurídico y una tosca maniobra. Otra cosa es que sea grave error tildarla, como hizo Uribe, de formar parte de "una guerra que desde sectores internacionales adelanta el terrorismo". No confundamos estupidez con terrorismo, porque encontraremos poco apoyo entre los países amigos que condenaron la inconsulta acción de Colombia. Si mañana la aviación de Chávez ataca en el Arauca colombiano a una banda armada que cobra 'vacunas' en Venezuela, ¿con qué argumento podemos repudiar semejante intervención en nuestro patio? La doctrina del ataque unilateral ya inspiró a don Hugo la amenaza de invadir Honduras con su tropa, cual Teddy Roosevelt criollo. No le demos cuerda.
El problema es que nuestro Gobierno hace rato redujo la compleja situación a una lucha entre el Bien y el Mal, donde el Bien habita en la Casa de Nariño y todo lo demás forma parte de una alianza con el terrorismo. Desde semejante óptica, no solo se vuelve legítimo y patriótico adelantar incursiones militares en jurisdicción extranjera, sino, con mayor razón, montar reelecciones a punta de sobornos y violaciones de la ley; acusar falsamente a magistrados; sindicar a periodistas, intelectuales y opositores políticos de complicidad con la guerrilla; 'chuzar' teléfonos para chantajear a sus críticos y tender trampas sucias como la que denuncia el comentarista Ramiro Bejarano que urden en contra suya la Procuraduría y abogados afectos al Gobierno.
ESQUIRLAS. 1) Reconforta la censura general al golpe de Estado hondureño. Pero no conviene olvidar que la forzada reelección de Manuel Zelaya es causa de la crisis institucional tan mal resuelta. 2) El reputado periodista Tomás Eloy Martínez critica el "cesarismo democrático en América Latina" y dice: "Figuras como Alberto Fujimori o Álvaro Uribe han visto en la perpetuación presidencial el vehículo para modelar sus países a la medida de sus deseos". Según él, nuestras tierras "han sido fértiles en autócratas de gran popularidad" y siguen produciendo "más caudillos que soluciones institucionales". 3) Pasadas las dictaduras militares y los regímenes neoliberales, los autócratas mesiánicos son la nueva peste latinoamericana. 4) ¿Qué está ocurriendo en el proceso contra el almirante Gabriel Arango Bacci? Testigos que se retractan, falsas huellas digitales, hechos cuestionados. Aquí hay mar de fondo.
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