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Y del abandono de los medios

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Tal vez nadie lo recuerde ya. Tal vez muy pocos, tal vez un par de historiadores y un pocotón de costeños na má. Pero Colombia, este país que nos avergüenza un tanto y nos enorgullece mucho, fue campeón mundial de béisbol ¡Mundial! De un deporte que mueve y ha movido tanto billete como el fútbol. Cada año y no cada cuatro. Un negociazo y un espectáculo al tiempo. Pero a Colombia le tocó ser grande cuando los medios de comunicación no eran esta marea brava.

Quizá nadie lo sepa, pero el béisbol fue el primer deporte de conjunto que practicamos como nación. Que llegó por colombianos que venían de Cuba y República Dominicana. Se instalaron en Cartagena a enseñar y a jugar. Allá donde está la gorda de Botero en la Plaza Santo Domingo bateaban imparables que se estrellaban contra las ventanas. Y en el barrio El Cabrero, ahí frente a la casa del señorito Núñez, tan viajao y tan regenerao él, también se armaba. Para el recuerdo están los muchachos de la familia Segrera, que llegaban de viajes de Panamá y Cuba, y se la jugaron por la pelota caliente. Pero, ajá: cosas de política y guerra como siempre, el deporte paró mientras nos matábamos en la vergonzante guerra de Los Mil Días.

Pero el béisbol regresó para triunfar y fuimos grandes en los 40, en los 50, en los 60. Lo fuimos. Luego vino lo de siempre: una burocracia que se apropió del éxito para pasarla bueno mientras administraban con desidia, transmitiendo desde una hamaca, repartiendo órdenes torpes y viviendo del sudor del jonronero, el short stop, el catcher. Tengo pruebas de esa federación de #%&*.

En el verano de 1986 viajaba una ruinosa selección de béisbol amateur a disputar el mundial en Holanda. No sé cuántos burócratas viajaban con ellos, viaticando como siempre, hospedados de otra manera, claro, mientras los Spikes del onceno (esos zapatos beisboleros) deslucían huecos deshonrosos por allá en Ámsterdam. Diego Arellano, por ejemplo, tenía esta patria en la cabeza cuando tenía en su mano el guante de segunda base. Patria, digo, como algo abstracto, pero la patria era su gente, ese Caribe, su barrio, su mamá, y sus muertos, su esposa, los hijos que tendría, las palabras en la tienda, la esquina y el parque. La palabra Colombia metida en su cuerpo y su memoria, como un "buenos días, mamá", porque de eso se trata la Patria. Y cuando en el partido contra Japón, a un corredor colombiano se le rasgó el pantalón, no había uniforme de repuesto, y le tocó a un cachaco meterle esparadrapo pa' no pasar vergüenzas.

El cachaco era un muchacho que supo desde España que estaría la gloriosa en Holanda y viajó como pudo. Y por su gracia o por su adolescencia conoció gente importante que resultó donándole a nuestra selección guantes y bates y uniformes y spikes, porque sí, porque nuestra selección cayó simpática aunque perdiera casi todos los partidos (ocupamos el puesto 10 de 12). Y los burócratas del béisbol fueron a poner quejas a la radio, y un locutor costeño se atrevió a decir que los muchachos estaban pidiendo limosna en Holanda. Y ahí sí la cosa fue noticia: porque pobres y corruptos sí, pero que no se sepa afuera.

En ese 86, Édgar Rentería tendría 11 años. Quién sabe cuántos de jugar al béisbol en las calles de Barranquilla. Rentería, que a lo mejor sufrió con ese mundial de Holanda, porque seguro seguía cada partido. Ese Rentería, el deportista que más palmarés ha tenido en la historia de este país. Lleva 15 temporadas en las Grandes Ligas, campeón de la Serie Mundial del 96 con un hit de oro bateado por él. Dos veces guante de oro, cinco veces elegido para el juego de las estrellas, tres veces Bate de Plata, y alcanzó la cifra de 2.000 hits en las grandes ligas, superando al mítico Joe DiMaggio. Pero toda esa gloria parece poca para los medios de este país, donde sólo hay cámaras para el fútbol. Aunque sea malo.

cristianovalencia@gmail.com

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