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Cristian Valencia

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Trabajar, trabajar, trabajar

Esta vez, hay que hacerlo con el corazón grande por delante.

Ahora que el espíritu del triunfo militar se apodera del país y que, según la mayoría, la guerra se ganó, es tiempo de empezar a trabajar, trabajar y trabajar.

Sería buenísimo que los departamentos más deprimidos de la Orinoquia de este país recibieran del Estado algo más que lluvias de balas y veneno. Sería bueno que el Ministerio de la Protección Social se pusiera en la tarea de erradicar la hambruna del Chocó y de parte del Cauca y de Nariño y de Putumayo y Vaupés y Guainía y Vichada. Estaría muy, pero muy bien, que el Ministerio de Transporte y sus funcionarios recorrieran ellos mismos las carreteras del país para que vieran esa realidad de trochas pantaneras que atraviesan el país como várices dolorosas. Y que quien tiene a su cargo la salud se preocupe en realidad por la salud y no por recolectar más plata de colombianos empobrecidos. Que mande a funcionarios espías a que sean atendidos en Uribia y en Riohacha y Quibdó y Tadó y en Guapi y en las Bocas de Satinga y en Puerto Valdivia, a ver qué tipo de atención reciben; y que ojalá hablen con médicos y usuarios para medir qué tan felices están con la ley 100: tal vez se den cuenta de que los médicos están doblados en trabajo por poca plata, y que aquello del paseo de la muerte existe. También sería bueno que la cartera de Agricultura tuviera censado ese pequeño puñado de campesinos -que, por fortuna, todavía existen-, y se decida de una buena vez una reforma agraria funcional; que ojalá piensen en el costo social y ecológico de los macrocultivos de palma, ese ganado vegetal que se apodera del país sin control alguno. Y también será tiempo de pensar en el corredor turístico de Santa Marta, que está siendo envenenado por el hollín del carbón que día a día se cierne sobre sus playas como una lluvia de mal agüero.

Ahora que dicen que el paramilitarismo se acabó, es tiempo de pensar en la reparación integral de las víctimas; y tiempo también de pensar en qué se hace con esa nube de desplazados que caminan por el país con la casa a cuestas; esos casi cuatro millones según las ONG; o tres, según el Gobierno, que fueron desterrados un día y que, bajo las actuales circunstancias, cada día ven más difícil la posibilidad de regreso.

Ahora es tiempo de oír a la gran mayoría de gente que hace el país, que posibilita el bienestar de unos cuantos, a ver qué necesidades tienen. Y que no se tomen decisiones faraónicas imposibles de discutir porque no hay canales de comunicación efectivos entre el pueblo y el Gobierno, salvo consejos comunitarios en donde todos tienen que decir lo apropiado por físico miedo; porque nadie dirá que todo está mal, que en realidad están pobres y no comen bien, que no tienen agua potable ni escuelas dignas para educar a sus hijos, y que están enfermos y no quieren perder el tiempo en filas laberínticas frente al puesto de salud, que por lo general terminan en una aspirina a las 5 de la tarde; y nadie dirá nada porque saben que si dicen algo, una vez se disuelva el consejo comunitario habrá pistolas invisibles con balas verdaderas apuntándoles al entrecejo. Y tal vez den en el blanco en una mañana soleada.

Es hora de hacer algo. De aprovechar ese clima de optimismo que se apodera del país, como una máscara con mueca de sonrisa eterna, para pensar que lo más importante de un país es su capital humano. Y habrá que comenzar por algún lado, digamos que se comienza por el Chocó. Y que todo el aparato superefectivo del Gobierno se meta en sus entrañas, y ponga a ese departamento a la altura de Antioquia o de Bogotá D.C. Que sea una política de Estado. Para que el nuevo gobierno que venga, si viene uno nuevo, se encargue de sacar otro departamento de la inopia, tal vez el Guaviare o Vichada o La Guajira -hay muchos para escoger-. Y luego otro y otro, hasta que nos pongamos al día todos.

Parece que ha llegado el tiempo de trabajar, trabajar y trabajar. Esta vez, con el corazón grande por delante.

cristianvalencia@yahoo.com

Cristian Valencia

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