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Bajo la ley del embudo

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Cuando el invierno hizo de las suyas en las carreteras y caminos fronterizos con Venezuela, a los consumidores cercanos les tocó comprar gasolina colombiana. Una de las cuatro más caras del mundo. Y se veían las muecas a las puertas de las bombas. Muecas que mostraban inconformismo, pero solo muecas, porque no existe una manera sensata de protestar contra esos costos, una que sea escuchada y atendida por los gobiernos de turno.

Cuatro meses después del invierno, Ecopetrol anuncia con bombos y platillos su buena salud financiera para que los colombianos compartamos esa felicidad, buscando conmover el orgullo patrio por semejante empresa. Y de repente aplaudimos sin saber por qué, como si fueran hechos totalmente aislados.

No se entiende por qué los precios son tan altos si el petróleo se vende tan caro. Como tampoco se entendió cuando el petróleo estaba por el suelo que los precios fueran tan altos. Que el petróleo suba o baje no tiene ninguna consecuencia en los precios que nosotros pagamos por la gasolina. Lo único que se entiende es que los consumidores locales hacen el agosto de la empresa de petróleo.

¿Por qué si a ellos les cuesta poco más de un dólar producir un galón nos la venden a más de cuatro dólares? Por la política de marras, pagamos un impuesto absurdo del 38 por ciento, donde encajan IVA, impuesto global, sobretasa a la gasolina, transporte y la obligación de mezclar la gasolina y el diésel con biocombustibles hasta en un 8 por ciento. Y ese biocombustible lo tenemos que pagar al precio que a los productores se les antoje. Ahí, creo, está otra explicación del alto costo.

Las empresas que producen combustibles verdes han tenido toda suerte de incentivos financieros para trabajar, entre ellos exenciones de impuestos, amparadas en la conservación del planeta, la ecología, el aire puro y un pocotón de causas nobles. Y, aparte de recibir esos beneficios, nos venden carísimo su producto, cosa que influye en el elevado costo de la gasolina, por un lado, y en la mala calidad de la misma.

Por eso, en la frontera prefieren siempre gasolina venezolana, aunque esté al mismo precio: dura más e impulsa mejor. Algunos creerán a pie juntillas el cuento de la ecología, aunque sepamos que los cultivos de palma arrasaron con lo que quedaba de las selvas del Carare y el Opón y están haciendo de las suyas en los Llanos Orientales: por allá en el departamento del Meta y en el Vichada. Al sol de hoy, no parece tan claro que a las empresas de biocombustibles les interese un rábano el planeta, la ecología, el aire, la gente.

Cuando uno mira esa ecuación financiera tan próspera, dan ganas de reeditar el viejísimo vallenato de Beto Zabaleta La ley del embudo: "Lo ancho pa' ellos, lo angosto pa' uno". Un negocio raro: dejamos que nos metan los dedos en la boca a cambio de que nos metan los dedos en la boca.

En los departamentos fronterizos con Venezuela, la gasolina se consigue entre 3.500 y 4.000 pesos legalmente, porque tenemos un convenio. Ilegalmente, a 3.000. ¿No sería posible que el Gobierno, Ecopetrol, las empresas de biocombustibles, consideraran una nueva fórmula para tener una gasolina que nos haga más competitivos?

Porque tampoco es que rinda mucho la gasolina transitando por la pésima estructura vial que tenemos: hay que parar, arrancar, parar, cosa que consume una barbaridad (resultan obvios los costos de los fletes del transporte de carga: gasolina cara, pésimas vías y carísimos peajes).

Incluso, los gremios han dicho que es necesario repensar la fórmula con la que se establece el precio del combustible. Claro que sí. Es urgente. Este es el momento de hacerlo; facilitaría muchos las cosas para reconstruir el país devastado por el invierno. Y se generaría un principio de bienestar y prosperidad nunca visto por estos lados.

cristianovalencia@gmail.com

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