Majestad del Estado o poderes arrodillados

Majestad del Estado o poderes arrodillados

La separación de poderes parece haber sido olvidada por los altos dirigentes de la Nación.

05 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

La característica esencial del Estado de derecho colombiano es su organización a partir del principio constitucional de separación de poderes. Si bien es un Estado y un solo poder, el ejercicio de este último se hace por medio de órganos que pertenecen a lo que se conoce como ramas del poder público.

No es una forma original ni novedosa de estructura estatal. Desde la Grecia de Platón y Aristóteles, y luego con las teorías expuestas por Locke y Montesquieu, se fue perfilando la idea universalmente aceptada de que la mejor forma de preservar la libertad y garantizar los derechos ciudadanos es evitando la concentración del poder en una persona o en un solo órgano, a fin de prevenir así los abusos del poder.

Lo señaló Montesquieu en el ‘Espíritu de las leyes’: “Para que no se pueda abusar del poder, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”. De esta manera, y una vez identificadas las tres funciones más importantes del Estado (legislar, impartir justicia y administrar), se elaboró su arquitectura institucional.

Lo anterior es materia de una sencilla clase de teoría del estado o de constitución política, constituye lo mínimo que debe conocer una persona dedicada al ejercicio de la política y es el presupuesto del que debe partir cualquier gobernante. No obstante, parece haber sido olvidado por los más altos dirigentes de la nación colombiana.

No de otra manera se explica que haya quienes pretendan que los órganos de una de las ramas dejen de cumplir cabalmente su función para ceder su poder a otra. Es lo que defienden aquellos que buscan que el Congreso no delibere y más bien se convierta en una instancia aprobatoria del Ejecutivo. Estos últimos abogan por la aplicación del ‘fast track’ para las leyes que desarrollen y permitan implementar el acuerdo con las Farc.

Resulta indignante ver cómo dirigentes sin vergüenza clamen porque las ramas del poder y sus órganos desconozcan las más mínimas garantías de la democracia, del Estado de derecho y de las libertades

Por fortuna, precisamente porque aún prevalece la división de poderes y algunos la hacen respetar, la Corte Constitucional ha sostenido que “la separación de las ramas del poder público es inherente al régimen democrático y constituye uno de sus elementos procedimentales de legitimación” (Sentencia C-251 del 2002). Es sobre esta base que recientemente ha adoptado decisiones en el sentido de no permitir que los proyectos presentados por el Gobierno no sean objeto de debate y, consecuentemente, pasibles de modificación por el Senado y la Cámara.

Algunos intentan equiparar el principio según el cual los órganos del Estado deben colaborar armónicamente para lograr los fines del Estado, con la idea de que lo propuesto y pactado por una de las ramas deba ser avalado ciegamente por las demás. ¡Nada más peligroso para la democracia y para la preservación de las instituciones del Estado! La colaboración armónica no es para arrodillar a los poderes; el Ejecutivo no la puede exigir ni imponer al Legislativo o al Judicial con el falso pretexto de que está en juego un compromiso internacional.

Resulta indignante ver cómo dirigentes sin vergüenza, que han sido galardonados con el Nobel de la Paz, presidentes y expresidentes, o personas que posan de grandes juristas y que otrora fueran magistrados de la Corte Constitucional, fiscales generales de la nación y hoy fungen de asesores del Gobierno, clamen porque las ramas del poder y sus órganos desconozcan las más mínimas garantías de la democracia, del Estado de derecho y de las libertades.

(‘Déjà vu’: una columna con este mismo contenido podría haberse escrito hace 15 años en Venezuela. Es tarde para ello: el poder se concentró y el Ejecutivo cooptó todos los poderes. La democracia se esfumó y el Estado no protege ni garantiza los más mínimos derechos a sus ciudadanos).

CLAUDIA DANGOND GIBSONE

Columnistas

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