De aquí no se va nadie

De aquí no se va nadie

Estamos muy divididos y las discusiones a veces son agrias, pero las diferencias políticas entre los ciudadanos de a pie no son claras ni tajantes.

09 de octubre 2016 , 11:21 p.m.

Hasta hace pocos meses, los dirigentes más visibles de quienes se oponían al proceso de paz entre el Gobierno y las Farc acusaban al país de no tener memoria, de perdonar lo imperdonable, de ser un territorio habitado por ‘mamertos’ que no pueden ver la amenaza terrorista. Instaban a quienes no compartieran sus tesis a irse a vivir en sitios en los que sus supuestas ideas fueran dominantes. Los partidarios del proceso, a su vez, acusaban a sus adversarios de ignorantes, seguidores ciegos de un caudillo, lectores de un solo libro y de hablar de algo que desconocían por completo. E instaban a sus contradictores a irse del país, a un sitio en el que pudieran hacer y deshacer siguiendo las ideas y caprichos de su jefe.

Nadie se fue y hubo mesa de negociación Gobierno-Farc. Se completaron y firmaron los acuerdos, y se hizo un plebiscito en el que cada votante podía decir si quería o no refrendar los acuerdos alcanzados. La mayoría de los votantes se manifestó en contra de esos acuerdos. Por diversas razones y con distintas motivaciones, incluyendo algunas que en realidad no tienen ninguna relación con los acuerdos mismos, algo más del 50 % de los votantes dijeron no a los acuerdos. Ganó el ‘No’. Más o menos inesperado, pero ganó el ‘No’. Y hay que empezar a negociar de nuevo. Jurídicamente parece no haber otro camino.

Lo que pasa es que el resultado del plebiscito, además de las consecuencias jurídicas, produce hechos y consecuencias políticas. Hechos: 1. Los líderes políticos del ‘No’ han empezado conversaciones con el presidente Santos. Quizá los jefes de todos los partidos, fracciones, grupos y grupúsculos políticos que se oponían al proceso de paz lo acepten ahora introduciendo modificaciones; o quizá intenten que el país se devuelva hacia la guerra 2. Los comandantes de las Farc, si bien han dado la orden a los combatientes de replegarse hacia zonas más seguras para ellos, insisten en que su compromiso es participar en política sin usar más armas que la palabra y los argumentos. 3. Los partidarios del ‘Sí’ y algunos de los que votaron por el ‘No’ han organizado y llevado a cabo manifestaciones realmente multitudinarias para exigir que se destrabe el proceso de paz y se presenten propuestas concretas para negociar el fin definitivo del conflicto armado con las Farc. 4. En las redes sociales menudean los reproches y las discusiones entre partidarios del ‘Sí’ y los del ‘No’, como si aún no se hubieran cerrado las urnas y no se supiera el resultado; todavía se invitan unos a otros a abandonar el país.

Estos cuatro hechos nos permiten ver algunas consecuencias políticas de los resultados del plebiscito. La primera es que el país ha quedado dividido en dos mitades, cada una de ellas con presencia e influencia en todos los estratos, en todos los sectores económicos, en todos los segmentos poblacionales e incluso en todas las minorías.

Estamos muy divididos y las discusiones a veces son agrias, pero las diferencias políticas entre los ciudadanos de a pie no son claras ni tajantes. Quizá porque Estefanía Piñeres tiene razón: “La realidad es que nuestro país se divide en dos, pero, distinto a lo que nos enseñaron, no tiene que ver con buenos o malos, ni la izquierda o la derecha. Nuestro país se divide en privilegiados y no privilegiados”. Pero, agrego yo, como no somos conscientes de esa división realmente existente, nos apasionamos hasta la agresión con la división superficial, aparente y evidente, de haber votado ‘Sí’ o ‘No’ en el plebiscito.

La segunda consecuencia de estos hechos es que el actual gobierno y los líderes políticos del ‘No’, cada quien en representación de sectores económicamente poderosos, pueden estar creando una especie de frente nacional para sentarse como bloque homogéneo a discutir un posible nuevo acuerdo con las Farc (y quizá con el Eln). O para, simple y llanamente, imponer y darle legitimidad a un nuevo pacto entre las élites.

La tercera es que, pese a los resultados del plebiscito, es muy difícil ganar un masivo apoyo ciudadano para devolver el país hacia la guerra con las Farc. Sobre todo porque esta vez los altos mandos de nuestras Fuerzas Armadas se han mostrado muy comprometidos con el finiquito del conflicto armado por la vía de la aplicación de los acuerdos de La Habana, y porque la insurgencia de las Farc ni ha incumplido ni se ha intentado aprovechar de la situación para generar ventajas en el campo de combate.

La cuarta consecuencia es que cada vez resulta más claro para más personas que no se puede esperar que cese la polarización si se persiste en los insultos mutuos, el odio, el desprecio y las recriminaciones aun entre quienes no hemos estado en los frentes de batalla. No se puede esperar tampoco que el fin del conflicto armado y la paz estable y duradera lleguen como consecuencia de un pacto que deja por fuera a los no privilegiados.

En conclusión: más que otro Frente Nacional que asegure la repartija milimétrica de los cargos públicos y el usufructo ilegal de la riqueza nacional entre los políticos de profesión y sus adláteres, deberíamos hacerle caso al expresidente de la Corte Constitucional y refrendar o no los acuerdos de La Habana en calles, plazas, veredas y vecindarios, mediante la figura del cabildo abierto.

Hay que conversar, acordar sobria y distendidamente, porque de aquí nadie piensa irse.

CÉSAR TORRES

Columnistas

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