¿Usted también o tampoco?

¿Usted también o tampoco?

Hoy, millones de mujeres del mundo tienen el coraje de romper el silencio cómplice del acoso.

03 de enero 2018 , 12:00 a.m.

El abuso de mujeres en los sitios de trabajo dominados por hombres era, hasta hace unos meses, una aberración enraizada, silenciosamente aceptada e intratable.

Hoy, millones de mujeres del mundo tienen el coraje de romper el silencio cómplice denunciando públicamente a sus acosadores, provocando la caída de poderosos depredadores y se vislumbra una nueva ola de revolución femenina o, por lo menos, una revolución en ciernes.

Un comienzo que, como todo en la vida, depende desde donde se mire.

En Estados Unidos, a pesar del presidente misógino, machista y acusado de abuso sexual, mujeres de todas clases, profesiones y colores mantienen la presión, continúan las denuncias, tumban políticos, jefes de empresa, magnates de los medios y la industria del entretenimiento, y logran no solo afectar el resultado de elecciones municipales, sino sembrar miedo hasta en las más altas esferas del poder, donde la pregunta es: ¿quién será el próximo?

Impulsadas por la indignación y la determinación de corregir el desequilibrio de poder, cientos de prominentes actrices, agentes, escritoras, directoras, productoras, ejecutivas del cine y de otros sectores acaban de lanzar una iniciativa ambiciosa para combatir el acoso sexual sistémico en Hollywood y otros lugares de trabajo del país.

El proyecto incluye un fondo de defensa legal, respaldado con millones de dólares en donaciones para ayudar a mujeres menos privilegiadas, como secretarias, enfermeras y trabajadoras de fábricas, restaurantes y hoteles a protegerse de la mala conducta sexual de jefes y colegas, y denunciarlos.

Es normal, en este punto de toma de conciencia internacional sobre el acoso, que las posiciones sean extremas. Hay que pasar por un gran trauma social para establecer nuevas reglas.

Igualmente, promoverán una legislación para penalizar compañías que toleran el hostigamiento persistente y para desalentar el uso de acuerdos de no divulgación para silenciar a las víctimas.

De otro lado, el torrente de denuncias contra acosadores sexuales que, gracias a internet y al movimiento #YoTambién, consiguió aglutinar y multiplicar las voces de mujeres abusadas hasta en los más lejanos puntos del globo es recibido con indiferencia, apatía y a veces desprecio en sociedades obstinadamente machistas, como la nuestra, en la que el acoso es tan común como los prejuicios contra las mujeres y la mayoría de ellas temen las repercusiones.

En estos países eminentemente patriarcales, los abusos se aceptan como algo normal, especialmente en áreas de alto perfil como los medios, la farándula, la política, donde las mujeres aparecen como objetos decorativos, escasa y provocativamente vestidas, y donde muchos hombres y mujeres mantienen estereotipos repetidos en la música, las telenovelas, la publicidad, que dividen a las mujeres entre madonas buenas que cuidan hijos y hogar y provocativas tentadoras que corrompen y usan a los hombres, sin mucho espacio entre los dos modelos.

Quien desafíe esos arquetipos es objeto de ataques virulentos en los medios, pero, sobre todo, en las redes sociales, pobladas por tantos hombres resentidos, frustrados y acomplejados.

La inocencia y la veracidad de las víctimas son puestas en duda y muchas son atacadas por no “haber dicho NO”, o por haber –de alguna manera– provocado el abuso, el acoso o la violación.

Es normal, en este punto de toma de conciencia internacional sobre la extensión del problema, que las posiciones sean extremas. Hay que pasar por un gran trauma social para establecer las nuevas reglas. Remedios como la educación de los niños, para que aprendan a respetar a las mujeres como iguales, es un proceso que tomará tiempo.

Y ahí vamos, indefectiblemente, con las mujeres definiendo el resultado de elecciones y ocupando más cargos en todos los sectores económicos. En algunas sociedades tomara más tiempo, pero esta revuelta debe continuar hasta poner fin al que parecía un monopolio impenetrable.

CECILIA RODRÍGUEZ

Columnistas

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