¿Involuntariamente célibes?

¿Involuntariamente célibes?

El centro de la ‘ideología’ del movimiento es que las mujeres les han negado sexo injustamente.

14 de mayo 2018 , 01:15 a.m.

La palabra ‘incel’ no existía en mi vocabulario hasta hace unos días, cuando empecé a verla y escucharla en noticieros, diarios y revistas, foros y debates.

Lo que atrajo atención sobre ‘incel’, la sigla para celibato involuntario, un movimiento en expansión compuesto casi exclusivamente por hombres, fue el caso reciente de violencia terrorista en Toronto, que dejó 10 muertos, cuando un hombre que se autoidentificó como ‘incel’ condujo un auto sobre una multitud, como represalia contra las mujeres por negarle el derecho a fornicar que creía merecer.

El centro de la ‘ideología’ del movimiento es que las mujeres les han negado sexo injustamente porque no son atractivos o son socialmente torpes y en las redes atacan a los ‘chads’ (hombres atractivos) y ‘stacies’ (mujeres atractivas), a quienes culpan de su propia miseria, al tiempo que celebran acciones violentas cuyas principales víctimas son las mujeres.

Básicamente, los ‘incels’ no pueden tener sexo y detestan a cualquiera que pueda. Naturalmente, su ‘oficina’ es internet, donde tantas comunidades de hombres rabiosos y resentidos se dedican a incitar la violencia contra las mujeres, y el nacionalismo, el fanatismo y la misoginia patriarcales encuentran fértil caldo de cultivo, anónimo, cobarde.

Esa mezcla de victimización y misoginia ha llamado la atención de investigadores y expertos, y las teorías abundan. Una particularmente interesante equipara la injusta distribución económica que caracteriza al mundo con la distribución sexual. Si tanto nos preocupa la desigualdad económica, ¿no deberíamos también defender algún tipo de redistribución sexual, dado que quienes tienen menos acceso a sexo sufren de manera similar que quienes tienen bajos ingresos?

Semejante propuesta, desde luego, no ha sido bien recibida. La misma idea, desde un ángulo filosófico, fue planteada en un ensayo de la profesora Amia Srinivasan, de la Universidad de Oxford: ‘¿Es el sexo un derecho de todos?’.

El argumento es que la discusión debe incluir no solo a hombre como los ‘incel’, sino a otros grupos como los de personas obesas, discapacitadas y tantos otros considerados poco atractivos por la mayoría, que no pueden encontrar pareja y son objeto de desprecio y burlas en nuestras sociedades, todavía prisioneras de reglas de deseo sexual patriarcales, racistas, sexistas y homofóbicas.

Utópica u ofensiva, la idea de una redistribución de la actividad sexual es parte del esfuerzo por entender lo que está ocurriendo en las sociedades de nuestros días, en las que la revolución sexual, así como la revolución económica y la tecnológica, ha creado ganadores y perdedores, privilegiando a unos y relegando a tantos a vidas de soledad y frustración.

Varios analistas encuentran paralelos entre el asesino de Toronto y muchos otros hombres jóvenes dedicados al terrorismo, como los yihadistas, que, insatisfechos e indignados, están listos a cometer actos de terrible destrucción para compensar la frustración y la vergüenza de no tener contacto sexual con una mujer.

En el caso de los ‘incels’, esa queja personal es convertida en una subcultura en línea dedicada a racionalizar la vergüenza del fracaso sexual y redirigir la culpa en las mujeres.

Ellos son parte del tóxico mundo digital conocido como la ‘manosphere’ —machosfera—, donde viven desde los ‘activistas de los derechos de los hombres’ hasta los ‘trolls’ anónimos que navegan Twitter, Reddit y las secciones de comentario de los periódicos, amenazando y hostigando a cualquier mujer que se atreva a dar opiniones que no les gusten. Al menos hay un aspecto positivo alrededor de los ‘incel’: una luz ha sido dirigida sobre su existencia, y nuevos movimientos están pidiendo controles y regulación para hacerlos desaparecer de internet.

CECILIA RODRÍGUEZ

Columnistas

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